Por Guido Brotto.
El punto cero.
El flujo se detiene. La conciencia deja de reaccionar para volver a contemplar. La imaginación recupera el derecho de discernir qué merece existir sobre la hoja en blanco.
Del otro lado, la hiperrealidad.
Jean Baudrillard la definía como un universo de imágenes sin referente, “más reales que la realidad”, capaces de sustituir al mundo por su representación. Ya no importa aquello que las imágenes muestran. No importa quien las genero y por que, solo su producción y consumo.
Entre ambos extremos se juega una disputa silenciosa.
Por eso la frase del Indio Solari en Ken Kesey parece señalar el centro del problema: “Darle valentía a tipos indignos, eso es cobardía, mi amor.”
Porque rendir la conciencia a la producción incesante de la hiperrealidad consiste, precisamente, en entregar a otros la fabricación del sentido. Es renunciar lentamente a la soberanía.
La hiperrealidad organiza el consumo desenfrenado de un ojo que ya no encuentra límites. Cada imagen promete la satisfacción definitiva y, al mismo tiempo, garantiza que nunca llegue. La atención salta de un estímulo a otro sin detenerse jamás. Poco a poco, la vida termina adaptándose a las condiciones del dispositivo que la contiene.
Y el punto cero queda relegado.
Allí la domesticación encuentra su forma más perfecta. La obediencia ya no necesita imponerse porque comienza a sentirse natural. El sujeto contemporáneo deja de ser gobernado por la fuerza para ser gobernado por sus propios hábitos. Confunde disponibilidad con libertad y conexión con presencia.
Sin embargo, la vida salvaje comienza a insinuarse precisamente allí donde el sistema parece haber triunfado.
Resulta paradójico que una época que ha perdido la confianza en sí misma deposite su esperanza en los mismos mecanismos que producen su alienación. Cada palabra, cada búsqueda, cada duda y cada gesto alimentan un sistema cuya capacidad para comprendernos crece en proporción a nuestra disponibilidad.
¿Qué ocurriría si dejáramos de alimentar ese circuito?
Como un gesto de interrupción.
Como la decisión de recuperar un espacio donde la atención vuelva a pertenecernos antes de convertirse en información, mercancía o consumo.
Ese es, quizá, el punto cero.
El lugar donde el sentido deja de producirse para nosotros y vuelve, finalmente, a ser producido por nosotros.

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