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La vuelta al hogar

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Por Leonor Benedetto. 

El hogar era el lugar en el que en la infancia nos esperaba la leche tibia y el pan con manteca a la salida del colegio. El alivio de la seguridad, el beso de mamá de bienvenida, y la protección de las amenazas del afuera. El momento del juego antes del baño, la alegría de papá volviendo del trabajo, y el sueño, cerrando la mansa rutina cotidiana. 

Esta construcción de nuestro fértil imaginario infantil se fue difuminando con la realidad contrastada de la adultez, avara en sueños, el devorador de esperanzas al que llamamos tiempo, las ausencias. 

Ese hogar protector se disolvía en los murmullos del recreo, al compartir las discusiones de mamá y papá que irrumpían en medio de la noche, la economía en los llamados tiempos difíciles, todos lo son, y la juventud y la adultez inclementes, asegurando que el hogar siempre fue mentira, que nunca existió el fuego al que acercarse para entibiar el alma entumecida. 

Yo tuve un hogar que construyó mi padre con amor, con piedra y madera, con paciencia y empecinamiento. Pero él se fue y se lo llevó consigo. A ese hogar imaginario de la infancia no vale volver e intentar recobrarlo. Volver es perderlo definitivamente. 

El único deber del ser, tal vez no el único pero el irrenunciable, es construir el propio, y ofrecerlo. Papá, mamá, los nenitos y el humo de la chimenea en la casita dibujada de la niñez han sido desechados de la lista de deseos por la enorme goma de borrar de la llamada realidad, que no es tan distinta de la original, aunque parezca. En los hogares que habitamos hoy no hay chimeneas con leños encendidos, ni reglas fijas para construir familias. 

Un lobo estepario con un perro pueden vivir en comunidad y ser familia. La mala noticia es que el sueño primordial no existe. La buena es que está, en cada uno de nosotros, la posibilidad de existir en plenitud, sea lo que sea que ocurra en cada vida. 

La historia de la humanidad es la historia de infinitos viajes de infinitos seres en busca de sí mismos, para concluir, incuestionablemente, que el hogar, el núcleo, el fuego, está adentro, en todas partes o en ninguna. Preguntar a Homero, a James Joyce, a Christopher Nolan o a Mafalda.

P/D.1) “La plenitud es regocijarse en la verdad”. San Agustin.

P/D.2) “He trabajado mucho para sentirme interiormente libre, pero he disfrutado plenamente el viaje”. Matthieu Ricard.

P/D.3) “La felicidad sucede en esos instantes en los que sentimos que todo es posible”. André Compte-Sponville.

P/D.4) Harold Pinter escribió “La vuelta al hogar” en 1965.

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