El Saludo

Publicado el

Por Daniel Posse.

Del libro La romería de los incautos.

— ¿Por qué saludás? A vos te digo, ¿por qué la saludás? ¿La conocés? Seguro que sí. ¿De dónde la conocés?

—Nada que ver, Iara. No la conozco de ningún lado. La saludé por pura educación; cruzamos la mirada y fue un reflejo. Termínala, por favor. Siempre es lo mismo.

Las palabras de Patricio se disolvieron en el aire de la tarde sin lograr mitigar el impacto. El silencio se instaló de inmediato entre los dos, denso y corpóreo, como un tercer pasajero que se interponía en la caminata. Ese mutismo no los distanció; al contrario, operó como una fuerza invisible que los obligó a mantener una distancia simétrica, ríspida y perfectamente equidistante. La acera, de repente, pareció volverse más angosta bajo sus pies, forzándolos a rozar sus hombros a pesar del rechazo que irradiaban. El sol, que minutos antes entibiaba las veredas de la tarde primaveral, se ocultó de golpe detrás de un espeso colchón de nubes grisáceas, tiñendo el barrio con una luz mortecina y fría.

Llegaron a la esquina y el aroma dulzón y penetrante de las flores de un paraíso antiguo los asaltó. El árbol, enorme y con el tronco surcado de huecos negros como heridas viejas, parecía custodiar el cruce. Una abeja despistada zumbó cerca del rostro de Patricio. Él intentó ahuyentarla con un gesto torpe de la mano y aprovechó el movimiento para mirarla de reojo. Iara continuaba con la vista clavada en el cemento, ensayando una indiferencia artificial que no engañaba a nadie. Su quijada estaba tan apretada que la línea de la mandíbula parecía tallada en piedra, endureciendo sus facciones juveniles. Detrás de sus ojos oscuros se adivinaba una profundidad áspera, un abismo rabioso que procesaba el saludo inocente como una traición imperdonable.

Patricio sintió que la decepción lo invadía por completo. Era una sensación conocida, una rampa resbaladiza por la que caía una y otra vez. Siempre albergaba la secreta esperanza de que esa escena fuera la última, de que el laberinto de reproches y sospechas infundadas encontrara una salida definitiva. Sin embargo, conocía de memoria la dinámica del ciclo: el estallido injustificado, el posterior repliegue del silencio, las lágrimas de ella, el perdón forzado, la justificación psicológica y la frase idéntica de cada mes: «No lo voy a volver a hacer, perdóname». Saber con total seguridad que la secuencia se repetiría inexorablemente, tarde o temprano, lo dejaba vacío, desprovisto de fuerzas, exhausto de un amor que mutaba en condena.

A medida que avanzaban los últimos metros, el silencio mutó en su consistencia. Dejó de ser una masa pesada y se transformó en una vibración liviana, casi suspendida. El viento sopló con una brisa seca que arrastraba el polvo de las calles residenciales. Seguían caminando en paralelo, tan cerca que Patricio alcanzaba a percibir el calor áspero que emanaba del cuerpo de Iara. Desde la esquina divisaron la fachada de la casa, ese refugio que hoy se sentía como una celda compartida.

Mientras buscaba las llaves en el bolsillo, Patricio intentó evocar el rostro de la muchacha que había desencadenado la tormenta. Fue imposible. Ni siquiera recordaba sus facciones, el color de su pelo o la ropa que llevaba; su mente había estado por completo ocupada en anticipar la respuesta violenta de Iara. Recordaba, eso sí, que la transeúnte parecía apenas una adolescente, una niña que regresaba del colegio, lo que volvía toda la escena aún más absurda y dolorosa.

Aceleró el paso, adelantándose dos zancadas. Llegó al frente de la puerta de entrada, encajó la llave en la cerradura con un clic metálico que resonó en la cuadra y empujó la hoja de madera. Entró sin mirar atrás y dejó caer su cuerpo pesado, rendido, sobre el sofá de la sala. Cerró los ojos, buscando un apagón mental.

Iara entró detrás de él como una sombra. Cruzó la sala sin emitir un solo sonido, esquivando la figura de Patricio, y se encerró en el baño. Abrió la canilla al máximo y dejó que el agua helada corriera entre sus dedos antes de llevársela a la cara. Se lavó repetidas veces, buscando ahogar la quemazón de las mejillas, y luego se secó con una toalla de felpa mediante movimientos frenéticos, casi agresivos. El contacto del agua pareció devolverle una aparente capa de cordura.

Apoyó las manos en el borde del lavatorio y se miró al espejo. Volvió a pensar en el saludo. La sola imagen mental de Patricio reconociendo la existencia de otra mujer en el espacio público le hizo arder las entrañas. Un miedo compulsivo, abrumador y obsesivo la dominaba cada vez que creía detectar una señal de amenaza, el más mínimo peligro de que alguien pudiera arrebatarle el afecto de Patricio. Sus celos no eran una simple inseguridad; eran un instinto de supervivencia deformado. No estaba dispuesta a permitirlo. Lucharía de forma ciega, destructiva si era necesario, para asegurarse de que él le perteneciera en exclusividad.

Inspiró y expiró el aire con lentitud deliberada, forzando a sus pulmones a recuperar el ritmo. Poco a poco, la tensión muscular de sus pómulos cedió y la calma regresó a su rostro. Sirvió un vaso de agua y bebió el líquido a sorbos espaciados, sintiendo el recorrido fresco por su garganta, buscando estabilizar los latidos desbocados de su corazón.

Afuera, la tarde continuaba con su marcha monótona. El sol seguía jugando a las escondidas entre cúmulos de nubes grises, y el aire de la calle llegaba amortiguado a través de las ventanas, acompañado por el trino ensordecedor y caótico de las aves urbanas, alteradas por el estallido de la primavera. Adentro de la vivienda, sin embargo, se consolidaba un silencio elocuente. No era una paz real; era la calma tensa que precede al derrumbe de una estructura.

Iara pensó en ir al dormitorio a cambiarse de ropa para estar más cómoda. En ese instante notó la presión del jean ajustado contra sus muslos, una incomodidad física que reflejaba su estado mental, pero desistió de la idea; lo haría más tarde. Salió del baño, retomó el pasillo oscuro y desembocó nuevamente en la sala de estar.

Lo vio ahí, indefenso, recostado a lo largo del sofá con los párpados cerrados y un brazo cayendo hacia el suelo. Iara se detuvo a contemplarlo. Lo miró con ese amor desmesurado, posesivo y gigantesco que sentía por él, un sentimiento tan grande que a menudo no cabía en su pecho y se desbordaba en forma de violencia. En la quietud de la sala, reconoció para sí misma que sus celos la enceguecían, que transformaban la realidad en una galería de fantasmas amenazantes. Pero la justificación psicológica acudió de inmediato: el dolor de la mera idea de perderlo era un territorio inhabitable para ella.

Caminó con pisadas de algodón hasta quedar suspendida justo frente a él. Al verlo dormir con esa vulnerabilidad tan propia de los niños, un sabor rancio a arrepentimiento le llenó la boca. La culpa la invadió, transformándose rápidamente en una ternura ascendente y cálida. Lo amaba; de eso no tenía la menor duda. Su vida entera estaba construida alrededor de la existencia de ese hombre que descansaba en el sofá.

Se inclinó un poco más para escuchar el compás regular de su respiración. Sintió el impulso urgente de abrazarlo, de sepultar su rostro en el cuello de Patricio para que el proceso del perdón mutuo comenzara antes de que él despertara, para disolver la hostilidad del día en un abrazo definitivo.

En ese preciso milímetro de cercanía, Patricio, atrapado en el sopor del sueño profundo, se movió levemente y emitió un sonido casi imperceptible con la garganta. Un susurro vago, una exhalación modulada que a los oídos enfermos de Iara le sonó, nítida y perfectamente, como un saludo afable. Como si él estuviera reconociendo a alguien más en su propio mundo privado.

El hilo de la ternura se cortó en seco. La descarga de la rabia regresó instantáneamente, no como un goteo, sino con la fuerza devastadora de una avalancha que arrasa con todo rastro de razón. La calma se evaporó. Sin pensarlo, con un automatismo ciego dictado por las entrañas, Iara estiró el brazo hacia la mesa ratona, aferró con fuerza el cenicero de acero macizo que descansaba sobre la madera y, descargando todo el peso de su cuerpo, lo incrustó con un golpe seco en la cabeza de Patricio.

                                          

                                                                                

 

26 COMENTARIOS

  1. Una historia muy bien narrada. El diálogo introductor de la pareja hace pensar en todo el proceso de lectura, el final. Es tan fuerte esa primera tensión que es imposible no estar pendiente de lo que pasará. Esos celos enfermizos cobran un fuerte protagonismo. Tanto, que dan un gran empujón hacia un desenlace trágico.
    Felicitaciones!!! Muy buena escritura!!!

  2. Es un cuento sólido, inquietante y muy bien construido, con una eficaz progresión psicológica y un final brutal que resignifica todo lo anterior. Su mayor virtud es convertir un gesto mínimo —un saludo— en el núcleo de una tragedia. Le vendría bien algo de poda: menos explicación psicológica y más confianza en el silencio y en el lector.

  3. Amores tóxicos que se suceden con ira y melancolía; más en esa torpeza irreparable, es impresionante como suscitan a pesar de todo. Excelente Daniel, como siempre, me inspiras y me permites recrearme a mí mismo.
    Gracias amigo.

  4. La palabra inicial es iuna piedra arrojada a las aguas,generando la violencia de los celos,en círculos concéntricos…
    Pasión enfermiza escalonada en imágenes nítidas,gradúan,
    la exoectacion,acertadísimas

    Buenísimo Daniel!

  5. Muy buen cuento y la temática excelente. Esos amores obsesivos y el miedo a la pérdida de la protagonista están bien logrados. Un simple saludo que termina en una tragedia pero se entiende que es una correlación de sucesos que deberían haber terminado antes. Felicitaciones Daniel! En cuanto a narrativa porque conozco a mis alumnos en particular tanta descripción los podría hacer dejar de leer.

  6. Una vez que comencé a leer no me detuve por la necesidad de llegar al desenlace. Puede que sea porque describa una situacion de las tantas que viví en mi derrotero del amor. Temática ideal para deleitarse leyendo pero me sale el docente que sobrevive a la jubilación y piensa en lo lindo que sería leer este material en clase y cuestionar por qué las cifras del femicidio son mayores que las del «masculinicidio» (si el efecto del golpe del cenicero fuera fatal, desde luego). Me imagino en clases preguntándole a otro grupo de alumnos si está bueno pedir perdón por algo que nunca hiciste ni pensaste hacerlo. Bueno… abandonando el «utilitarismo pedagógico» vuelvo al relato y a vos, Daniel, y te digo que no suelo leer porque mi permanencia ante la pantalla es tal que evito hasta ver tele y pelis. Pero este relato quise leerlo, por vos, y realmente me cautivó. Hermoso, atrapante… Gracias por compartírmelo, mi estimado.

  7. En el diálogo inicial configuraste y echaste a andar a los personajes, y con ello dinamizaste la historia. La morosidad en el relato fue ampliando la expectativa y sostuvo el interés en la lectura. Excelente narrativa la tuya, querido Daniel.

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