InicioCuentoEL ALARIDO

EL ALARIDO

Publicado el

Por Daniel Edgardo Petasne. 

El grito atravesó las paredes del nosocomio, surgiendo de las profundidades del edificio y elevándose por los pisos hasta la luna de sangre. Se repitió todavía una vez más después de lo cual nadie pudo quedar indiferente. Sin embargo, pasado el momento de parálisis y terror, cada uno siguió haciendo sus tareas cuidando sus espaldas con miradas cómplices. El único indefenso a cualquier capricho del maligno fue Horacio. Él, como todas las noches se tapó los oídos con las manos y cubrió su cabeza con las sábanas mugrientas. Tardaría en conciliar el sueño. El grito lastimero se repetía ahora con menos fuerza como un eco en las salas y salones del hospital para enfermos mentales, a once kilómetros del puerto. Los quejidos se potenciaban por una capacidad vocal que no era humana. 

-Tranquilo – dijo Bloom a Greenberg -. Tarde o temprano dejará de existir.

Pero esto ya llevaba meses y el monstruo que habían encerrado hace años en el subsuelo no había muerto.

– ¡No merezco esta maldita herencia! – completó Bloom refiriéndose al director anterior. 

-Tendremos que formar un equipo de hombres armados y bajar a los pisos inferiores- opinó Greenberg-. Si lo ordena, puedo reclutar quince hombres de la zona, bien dispuestos, señor.

-¡No sea estúpido Greenberg! ¿No se da cuenta que, si él muere y su familia se entera, perderemos el pago a perpetuidad?

-Con todo respeto, señor, nadie de su familia se ha acercado aquí en años. Y los que constituyeron el fideicomiso han fallecido. El banco dispone automáticamente en forma mensual.

El director pareció dudar. Perder el dinero de la familia Hopkins no era una opción. Al hospital psiquiátrico siempre lo mantuvieron las familias poderosas que no querían que la vergüenza de un deforme mancillara el linaje. Ahora los mantenían a ellos dos.

El hospital era un edificio de tres plantas, y en su época de gloria llegó a tener una población de quinientas almas, con enfermos, médicos y enfermeros que durante el día laboraban o sufrían en él. Pero poco a poco, la nómina había ido decreciendo.

El negocio empeoró cuando el personal médico huyó con motivo de la guerra. Los enfermeros Bloom y Greenberg, quedaron dueños y señores de un palacio en ruinas, disfrutando de una renta vitalicia pagada por varias familias. Falsificaron documentos e identidades. Abandonaron la asistencia general sanitaria y se volvió al electroshock, la lobotomía o la insulina. Los pacientes que no sobrevivían eran enterrados en el cementerio aledaño, cuyas tumbas desaparecían rápidamente ocultadas por la vegetación del bosque tenebroso. 

El aviso a los parientes nunca llegaba por errores administrativos. Mientras tanto se seguían abonando las cápitas. Funcionarios venales hicieron la vista gorda y el negocio miserable de vidas humanas siguió adelante mientras el hospital se deterioraba a pasos agigantados. Tanto fue el abandono que finalmente terminaron por olvidarlo y Bloom y Greenberg quedaron solos.

– ¿Dónde irás cuando todo esto termine? – se animó a preguntar Greenberg, fumando despreocupado, apoyado sobre el marco de la puerta de la dirección. Llevaba puesto un delantal que antiguamente había sido blanco. 

-Pienso ir a algún lugar tranquilo …sin locos. – contestó Bloom.

Ambos rieron. Por un momento, Bloom, pensativo, sentado en el escritorio del director, dejó de tomar su whisky, apoyó el vaso en el escritorio y luego continuó.

-Antes tenemos que terminar el trabajo y lo haremos solos, como siempre.

Algo había en la mirada asesina de Bloom que a Greenberg no le gustaba. Quizás fuera esa mueca que se formaba en la comisura izquierda de los labios de su compañero cuando tenía una sonrisa sarcástica.

El hospital se terminó de construir en 1940. Su estructura había soportado bastante bien los ataques, salvo dos alas destruidas por los bombardeos en aquella horripilante noche de mayo. Nadie se preocupó en reconstruirlo ni buscar sobrevivientes entre los escombros. Pero esas bombas no conmocionaron sus cimientos, y de hecho los tres subsuelos, que databan de su fundación en 1880, estaban intactos.

En el tercer subsuelo la quietud era absoluta, ni siquiera el respirar de una rata la interrumpía.  El aire era tan seco que parecía polvo. Todavía funcionaba la electricidad de obra y las celdas de castigo con sus puertas abiertas, que se extendían vacías a lo largo de los pasillos, estaban eternamente iluminadas. Si por eternidad, entendemos un tiempo mayor a la vida humana. 

En los pasillos, las camillas y biombos estaban desparramados como si hubieran sido atropellados por una estampida. Los baños eran letrinas y los camastros quedaron con sus colchones deshechos. Las paredes manchadas o con dibujos extravagantes, irregulares y sin orden aparente eran mensajes del pasado que nadie comprendía. Los techos se descascaraban al menor roce y el revoque esparcido por el piso no hacía sino acentuar la soledad de este lugar sin dios.  Allí Bloom había llevado inconsciente a Lautaro Hopkins, hacía ya veinte años.

Durante la administración anterior, Bloom había sido el encargado de suministrarle subrepticiamente ropa, alimentos y en general todos los elementos que los otros internados dejaban al morir. ¿Caridad cristiana, culpa, obediencia debida? ¿Qué lo había llevado a Bloom durante todos esos años a cuidar de Lautaro y por qué ahora quería deshacerse de él? 

A escondidas lo observaba crecer y, en algún momento, sintió un cierto orgullo al verlo sentado leyendo o escuchando los discos de pasta en un viejo tocadiscos. Lautaro no era un bruto, pero había nacido en el tiempo y en el cuerpo equivocado. Después vino la guerra y todo cambió.

Cuando Lautaro despertó aquella primera noche en el sótano inmenso, pensó que había muerto. Sus problemas respiratorios lo habrían llevado a este final inesperado, especuló, sin darse cuenta que no podía. Todavía recordaba la cara de repugnancia de sus padres al lado de la cama mientras sufría y expulsaba saliva por sus labios como un animal. Por lo menos aquí no tenía que verlos. Si este era su infierno o alguno de los círculos ocultos del Dante, ya no importaba. Fue suficiente soportar las burlas y el desprecio de las personas durante sus primeros y únicos diez años de vida. Estaba acostumbrado a arreglárselas sólo y así lo seguiría haciendo. 

Observó cada detalle de su celda y con el tiempo descubrió que todas eran iguales. Decidió organizar cada día como había aprendido en los Boys Scouts. Lo primero fue buscar agua y alimento. La temperatura era confortable y eso le generaba alguna contradicción al recordar los calderos del inframundo. Aceptada que fuera esta realidad ilógica como principio o que el agua saliera de una canilla o que él pudiera caminar, tenía el mismo resultado injustificado, mas al no haber nadie con quien discutirlo, qué importaba. Pero, llegar a esta conclusión le llevó bastante tiempo. 

Encontrar la comida en cualquier lugar era lo que más le excitaba. Una vez estaba en el pasillo A, ora en el F, ora en el Z. Arriba de una cama o sobre una pequeña mesita de luz destartalada. Detrás de una silla desvencijada o encima de un paredón. Pensaba que el genio que gobernaba este lugar hacía esto para mantenerlo entretenido. 

Un día, en uno de los recovecos, encontró una baldosa rota. En ella figuraba un nombre, fecha y lugar que para él no tenían sentido. Por un momento pensó que el genio le estaba jugando otra broma, un acertijo quizás y que la muerte después de todo, no era tan aburrida. También pensó que, en esta nueva vida muerta, donde se había liberado de sus padres, no tenía que comportarse como en la anterior, y la mejor forma de empezar era cambiándose el nombre. Su deformidad lo condenó a estar postrado en aquel báratro paterno.  Ahora no habría más Lautaro de acá ni Lautaro de allá. Se llamaría Vicente. Sí, Vicente Batistessa como el nombre en la baldosa.

Y como, al fin de cuentas, no había otra persona en esta tierra de nadie, él mismo decidió autoproclamarse “rey del agujero”. Así llamaba para sí mismo esta necrópolis con una sola tumba, sin ejército de terracota, acróbatas, funcionarios ni animales, sin joyas ni ornamentos.  Había sólo una escalera prohibida pues de niño, nunca creyó merecer subirlas y ahora menos, porque seguramente lo conducirían al cielo del cual estaba excluido. Claro que estaba el genio y algún día debería arreglárselas con él. 

También pensó que, como rey, debía tener su reina. Pero ¿cómo hacerlo en un mundo habitado por una sola persona? ¿Las almas en pena merecían un reino? ¿Era él una persona? ¿Traería a este mundo una progenie deforme? Imposible comprobarlo. Volvió a la pieza de los libros y comenzó a revolverlos. Su intuición le decía, como tantos otros diálogos que mantenía consigo mismo, que en ellos encontraría la respuesta. Que él no habría sido el primero en quedar perdido en el tiempo entre el cielo y el infierno. Este trabajo le llevó años, hasta que un día encontró un trozo de un libro sin tapas.

En él, el autor describía a una hermosa y joven criatura. Su cabello era oscuro como sus pensamientos y su rostro blanco como la muerte. Sus profundos ojos azules y sus pestañas negras le otorgaban ese aire siniestro capaz rendir a sus pies a cualquier hombre que quisiera imponérsele. Vicente quedó deslumbrado. Las abstracciones literarias leídas durante tantos años, se corporizaron en su mente y tomaban sentido. Ya no eran solo palabras. 

Enfurecido arrojó el libro y corrió hacia el final del último pasillo. Ayudándose con un hierro derribó los ladrillos que tapiaban la arcada, para tan sólo encontrar nuevamente una pared de tierra. Se dio cuenta entonces que este estar vivo y muerto a la vez no era un juego, y si lo era, resultaba ser un juego despreciable y perverso. Que estar enterrado en este lugar, sólo, era su verdadero y eterno castigo. Que el genio que lo alimentaba solamente lo hacía para perdurar esta punición infinita. Entonces fue que gritó. Fue su primera vez. Ese grito se repitió en todos los pasillos del tercer subsuelo, en todas las celdas abandonadas. El grito se transformó en aullido feroz que conmocionó los cimientos y ascendió por columnas y paredes. Fue cuando Bloom y Greenberg lo escucharon y supieron que había que ponerle fin. También lo escuchó Horacio. 

Al día siguiente, el genio invisible, abrió las puertas de acero y Vicente subió, receloso, sus ojos confirmando que las escaleras no solo estaban hechas para bajar. Al llegar a la oscura celda donde Horacio moría, éste le tomó la mano y le demostró que el cariño no era sólo un dibujo en los libros. 

– ¿Y de noche se da de alta a los locos? – preguntó Horacio con débil ironía.

– ¿Por qué no? – contestó Vicente con voz gangosa – Estoy tan sano como usted. 

Vicente quedó en la penumbra de la celda. Vio a Horacio retorcerse consumido por el dolor. Vio cómo tomaba un pequeño frasco marrón y bebía de un solo trago todo el veneno. 

– Maestro ¿No ha tenido suficiente castigo mi vida como para que mis ojos muertos vean extinguir la suya? – preguntó Vicente.

-Sabes – contestó Horacio – estoy maldito… la vida me ha abandonado … Arrójame al río cuando muera, no merezco yacer en tierra consagrada.

-Lo haré Maestro, no sin antes arrastrar su cuerpo por las calles, boca abajo. Luego lo colgaré del árbol más alto del bosque o lo echaré cortado en pedazos a un basurero para que se lo coman los perros. 

– Pero … ¡¿quién eres?! balbuceó horrorizado Horacio en un esfuerzo que creyó robarle energías a la muerte mirándolo suplicante hacia la noche de sus ojos.

– Ud. no me ha visto, Maestro – dijo Vicente tentado.

– En el infierno nos reconocemos… siempre. – alcanzó a decir Horacio antes de que Vicente saliera de las tinieblas y quedara expuesto a la luz cerúlea de la luna de invierno que penetraba por la ventana con barrotes.

Al verlo, Horacio lanzó un grito de espanto, un verdadero alarido, un grito imposible que salió de sus entrañas carcomidas por el veneno, un grito de guerra final y salvaje, agudo y penetrante, del soldado que agoniza ante la violenta cara de la muerte, con su pie alado y el caduceo en la diestra.

Vicente se perdió en la noche del bosque tenebroso no sin antes darse vuelta y mirar por última vez su antigua cárcel, la entrada imponente con dos columnas clásicas, donde una escalera de mármol llegaba hasta sus basas.  Los fustes se elevaban poderosos y del capitel colgaban, cual ramas, los cuerpos de Bloom y Greenberg. 

2 COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

últimas noticas

La privatización de la ciudadanía

Por José Mariano. «No existe la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias.» —...

Ostracismo

Por Daniel Posse.  La cultura oficial no grita. No lo necesita. Su pedagogía más eficaz...

LA MADRE DE TODAS LAS CRISIS

Por Enrico Colombres.  “Sólo pueden y deben ser legisladores aquellos que reúnan a la más...

La responsabilidad de elegir

Por Fernando Crivelli Posse. “Cuando una sociedad comienza a creer que sus actos son el...

Más noticias

La privatización de la ciudadanía

Por José Mariano. «No existe la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias.» —...

Ostracismo

Por Daniel Posse.  La cultura oficial no grita. No lo necesita. Su pedagogía más eficaz...

LA MADRE DE TODAS LAS CRISIS

Por Enrico Colombres.  “Sólo pueden y deben ser legisladores aquellos que reúnan a la más...