Por Fabricio Falcucci.
El miércoles, Buenos Aires volvió a entregarse al tango. Cerca de ochocientas parejas de más de cuarenta y cinco países llegaron para participar del Festival y Mundial, que se extenderá hasta el 2 de septiembre. Habrá conciertos, clases y milongas en distintos barrios; las finales tendrán lugar en el Teatro Gran Rex. Durante dos semanas, una música nacida junto al Río de la Plata volverá a reunir al mundo alrededor de un abrazo.
La escena puede resultar extraña. Coreanos, japoneses, italianos, turcos y colombianos viajan miles de kilómetros para bailar una música que habla de barrios que quizá nunca recorrieron. Aprenden sus pasos, reconocen el sonido del bandoneón, pronuncian palabras que no pertenecen al castellano que se enseña en las academias. Buscan en Buenos Aires algo que la propia ciudad a veces parece haber olvidado.
¿Qué encuentran en el tango? Acaso una forma de cercanía difícil de hallar en otro lugar. Dos personas se colocan frente a frente y se abrazan: una propone un movimiento y la otra lo interpreta, sin que ninguna conozca con exactitud cuál será el paso siguiente. Para avanzar deben escucharse sin hablar.
En estos tiempos de vínculos veloces, la imagen conserva cierta belleza. Vivimos rodeados de personas y protegidos por pantallas; nos comunicamos todo el día y, sin embargo, cada vez parece más difícil encontrarnos. El tango pide tiempo. También exige confianza. Nadie puede bailarlo desde lejos.
Su historia comenzó en los bordes de Buenos Aires y Montevideo y creció entre puertos, conventillos, patios y casas de baile. Allí se mezclaron los ritmos africanos con las tradiciones criollas y las melodías llegadas de Europa. El tango nació de esos encuentros, pero también de la soledad de quienes habían dejado atrás una lengua, una familia y una tierra.
Durante sus primeros años provocó desconfianza. El abrazo era demasiado cercano, los movimientos parecían impropios y la música llegaba desde lugares que la buena sociedad prefería mantener fuera de la vista. Mucho antes de representar a la Argentina, el tango cargó con el desprecio que suele acompañar a las creaciones populares.
Después conquistó París. Regresó al país con la aprobación europea y entró en los salones que antes lo rechazaban. La radio lo llevó a cada casa: Gardel le prestó una voz, Troilo hizo respirar al bandoneón, Discépolo encontró palabras para el desencanto, Piazzolla discutió con quienes pretendían conservarlo intacto. El tango contó la historia de una ciudad, pero también inventó una lengua para hacerlo.
El lunfardo creció en aquella Buenos Aires poblada por inmigrantes. Recibió voces italianas, africanas, francesas, portuguesas y gauchescas y las mezcló con palabras nacidas en la calle; a veces las dio vuelta mediante el vesre. El café pasó a ser feca, la mujer se volvió mina, el trabajo fue laburo, el dinero se llamó guita. Aparecieron el bacán, la percanta, la pebeta, el bulín, el otario, la mishiadura.
Durante mucho tiempo se lo presentó como una jerga de delincuentes, aunque tal vez aquella definición haya dicho más sobre los prejuicios de la época que sobre el lunfardo mismo. Sus palabras circularon por los mercados, los talleres, los cafés y los conventillos: eran la voz de una ciudad que todavía se estaba formando y el tango las recogió y las convirtió en memoria.
Muchas de esas expresiones perdieron su antiguo significado; otras siguen entre nosotros sin que advirtamos su procedencia. Decimos laburo, pibe, bondi, guita. Con ellas sobreviven fragmentos de los inmigrantes que ayudaron a construir el país en el que cada palabra lleva algo de aquel encuentro entre lenguas que debieron aprender a convivir.
Por eso resultaría difícil imaginar el tango escrito en un castellano impecable. Habría perdido la calle, el barrio, el humor, cierta manera porteña de atravesar la desgracia. El lunfardo no adornó sus letras, les dio una respiración. Permitió nombrar lo que la lengua formal dejaba afuera —el amor abandonado, la pobreza, el paso del tiempo, la cárcel, la noche, el regreso imposible—. En los tangos, el hombre podía llorar por una mujer, por la madre o por el barrio que ya no reconocía. Aquella música le permitió hablar de sus derrotas sin renunciar por completo al orgullo.
Ahora todo ese mundo participa de un campeonato. Hay reglamentos, categorías, jurados y puntajes. El Tango de Pista conserva el abrazo y la circulación de la milonga; el Tango Escenario permite una composición más libre. Los bailarines ensayan durante meses, cuidan cada movimiento, esperan que una decisión los convierta en campeones mundiales.
¿Puede medirse una música nacida del dolor y del deseo? ¿En qué momento un abrazo merece más puntos que otro?
La competencia encierra una contradicción que acaso explique la vitalidad del tango: una tradición necesita ciertas reglas para conservar su forma, pero también necesita desobedecerlas para no quedar detenida. Las nuevas generaciones cambian los cuerpos y los papeles. Las mujeres conducen. Los hombres aprenden a seguir. Otras parejas dejan atrás aquella división. La música permanece mientras el baile ensaya nuevas respuestas.
Algo parecido ocurrió con el lunfardo. Nunca pidió permiso para entrar en el idioma, avanzó desde abajo y modificó la manera de hablar de los argentinos. El tango tampoco esperó la aprobación de los salones. Tal vez ambos sobrevivan porque nacieron de la mezcla y nunca pudieron quedar encerrados en una forma definitiva.
En 2009, la Unesco declaró al tango Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, un reconocimiento que consagró una creación compartida por la Argentina y Uruguay.
El Mundial parece escapar de ese destino. Cada pareja extranjera que llega a Buenos Aires demuestra que el tango todavía despierta una curiosidad. Cada joven que aprende a tocar el bandoneón vuelve a interrogar su música. Cada nueva voz encuentra otras palabras para antiguas pérdidas.
En los próximos días habrá vestidos, luces y destreza. Sonarán las grandes orquestas. El jurado elegirá a los campeones. Buenos Aires celebrará una de las pocas creaciones que todavía la representan ante el mundo.
Pero el tango ocurrirá un instante antes del primer paso: cuando dos personas reduzcan la distancia y acepten que ninguna puede avanzar por su cuenta. Quizás allí permanezca su sentido más profundo.
En un país habituado al desencuentro, el tango conserva otra posibilidad: escuchar el ritmo del otro, ceder el espacio necesario, sostener el propio eje, encontrar un rumbo sin romper el abrazo.

Bello comentario,siempre me gustó el tango y más el abrazo aunque pocos de los dos se dan por estos dias
Muy lindo comentario para los que crecimos escuchando a nuestros padres cantar y bailar tango.