Por Alfredo Elias Acevedo.
Alguien observa en la pantalla de su celular el cuerpo de otro. Puede ser un niño bajo los escombros de una ciudad destruida por un terremoto. No una imagen abstracta de la destrucción, sino un cuerpo atrapado entre el polvo, el cemento roto y aquello que, hasta unas horas antes, había sido una casa. Puede ser también una mujer que perdió todo durante una inundación en Chile, un anciano que necesita ayuda para comprar sus medicamentos, un animal herido, una familia expulsada de su territorio en Ceuta. Durante algunos segundos, ese dolor ocupa la totalidad de la pantalla. Quien mira se conmueve, Puede incluso sentir una alteración física, una presión en el pecho, una incomodidad que interrumpe por un instante el movimiento automático del dedo. Deja un comentario, comparte la publicación, envía dinero. Escribe, tal vez, que debemos ser más empáticos.
Después continúa.
El dedo vuelve a deslizarse sobre la superficie del celular y el sufrimiento desaparece. En su lugar aparece un automóvil, una receta, un cuerpo ejercitado, una publicidad, un paisaje del norte de Italia. Nada de esto significa que la emoción haya sido falsa. Ese es, precisamente, el problema.
Nuestra época parece haber desarrollado una extraordinaria capacidad para sentir el dolor ajeno sin quedar necesariamente vinculada a él. Nunca estuvimos tan expuestos al sufrimiento de los otros y, sin embargo, esa exposición no parece haber producido formas equivalentes de comunidad. Vemos más, sabemos más, nos conmovemos más veces durante el día. Pero esa circulación incesante de afectos convive con sociedades profundamente atomizadas, con sujetos replegados sobre espacios vitales cada vez más pequeños y con formas de existencia en las que la presencia del otro puede llegar a experimentarse como una amenaza contra la propia autonomía.
Tal vez por eso convenga detenerse en una de las palabras moralmente más prestigiosas de nuestro tiempo: empatía.
La palabra circula con una facilidad extraordinaria. Empresas, instituciones educativas, discursos terapéuticos, redes sociales, campañas publicitarias y programas de liderazgo repiten la necesidad de ser empáticos. Se la enseña, se la mide, se la publicita, incluso se la consume. Pero cuando una palabra comienza a nombrar demasiadas cosas, conviene preguntarse qué ha dejado de nombrar.
No se trata, por supuesto, de negar la capacidad humana de reconocer el sufrimiento ajeno ni de impugnar toda forma de empatía, sería absurdo, Se trata de interrogar una mutación más específica: aquella por la cual cierta sensibilidad contemporánea ha sido capturada por las lógicas de la visibilidad, el mercado y la inmediatez hasta convertirse en una secuencia perfectamente reconocible. Algo aparece, nos afecta, respondemos y seguimos.
La secuencia puede repetirse infinitamente y, precisamente porque puede repetirse, no siempre modifica la posición de quien mira. La empatía adquiere entonces una función paradójica: en lugar de abolir la distancia con el otro, puede permitir administrarla. Nos aproximamos lo suficiente para experimentar su sufrimiento, pero no necesariamente tanto como para que ese sufrimiento altere las condiciones de nuestra propia existencia.
Hay allí algo semejante a un mecanismo inmunitario. Una vacuna afectiva.
El sistema inmunológico no elimina simplemente aquello que viene del exterior, aprende a reconocerlo, administra su presencia, desarrolla mecanismos para impedir que invada completamente el organismo. Algo parecido ocurre con ciertas formas contemporáneas de sensibilidad: incorporamos pequeñas dosis del dolor ajeno, suficientes para confirmar nuestra humanidad, pero no siempre suficientes para transformar el mundo que produce ese dolor. La empatía puede convertirse, así, en una especie de anticuerpo moral, nos permite tocar el sufrimiento sin contagiarnos necesariamente de sus consecuencias.
Por eso su territorio privilegiado es la Mirada, para que el mecanismo funcione, el otro debe aparecer, debe hacerse visible, mostrar la herida, narrar el trauma, exhibir la pérdida, demostrar la precariedad. Cuanto más reconocible resulte su vulnerabilidad, con mayor rapidez podrá activarse el circuito de identificación. Allí ocurre algo inquietante: el sufrimiento comienza a adquirir valor de intercambio.
Quien necesita ayuda debe volverse legible, debe aprender, de algún modo, a producir la imagen de su propia fragilidad. No alcanza con padecer, hay que ser visto padeciendo.
La arquitectura contemporánea de las redes ha llevado este mecanismo a una escala desconocida. Catástrofes, enfermedades, guerras, duelos y miserias ingresan diariamente en el mismo flujo visual que las mercancías. No porque sean equivalentes, sino porque la superficie que los distribuye termina sometiéndolos a una misma economía; a saber, la competencia por nuestra atención.
La paradoja resulta todavía más extraña porque esta hipersensibilidad discursiva convive con formas de desconexión vincular cada vez más profundas. Nunca hablamos tanto de vínculos sanos, responsabilidad afectiva, escucha, cuidado y empatía mientras proliferan, al mismo tiempo, formas de aislamiento que convierten al otro en una presencia administrable. Se lo silencia, se lo bloquea, se lo elimina, se lo sigue o se deja de seguir con la misma facilidad con la que se modifica cualquier otra configuración de una interfaz.
Quizá por eso la palabra que deberíamos recuperar no sea empatía. Quizá sea solidaridad.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es, la empatía necesita, en alguna medida, comprender lo que el otro siente. Busca reproducir imaginariamente su experiencia, ponerse en su lugar. La solidaridad, en cambio, puede comenzar exactamente donde esa posibilidad fracasa.
No necesito sentir tu dolor para reconocer que tu dolor me obliga. No necesito haber vivido tu vida, ni siquiera necesito comprenderte completamente.
La solidaridad introduce una relación más extraña y, por eso mismo, más radical. Puedo sostener las condiciones de existencia de alguien cuya experiencia me resulta inaccesibl, puedo defender la dignidad de una persona con la que no me identifico. Puedo construir un mundo común con alguien cuyo miedo no comprendo, cuya lengua desconozco, cuya historia no comparto e incluso cuyas ideas me resultan ajenas. La solidaridad no exige semejanza. Exige vínculo.
Por eso tampoco puede reducirse a una emoción, las emociones aparecen y desaparecen. La solidaridad necesita permanecer cuando la intensidad afectiva se ha retirado. Construye hospitales, escuelas, cooperativas, bibliotecas, sistemas públicos, redes comunitarias y espacios de cuidado. Instituye obligaciones, distribuye responsabilidades y produce aquello que ninguna emoción individual puede garantizar por sí sola: continuidad. La empatía puede mirar. La solidaridad tiene que permanecer.
Sin embargo, sería ingenuo reemplazar una palabra moralmente desgastada por otra y declarar resuelto el problema. También la solidaridad puede transformarse en espectáculo, paternalismo o identidad cerrada, puede establecer un nosotros que solo existe porque previamente ha construido un ellos. Puede convertirse en beneficencia vertical, en insignia ideológica o incluso en una forma sofisticada de dominación.
La solidaridad comienza a adquirir su sentido más profundo cuando deja de necesitar espectadores, cuando el cuerpo herido desaparece de la pantalla. Cuando la catástrofe deja de ser noticia y el sufrimiento pierde su capacidad de producir circulación porque la atención colectiva ha migrado hacia otro acontecimiento. Ese desplazamiento transforma por completo la pregunta ética. Ya no se trata solamente de cuánto somos capaces de sentir por los otros, se trata de cuánto de nuestra propia existencia estamos dispuestos a poner en común con ellos.
Tal vez sea por eso que las sociedades contemporáneas pueden tolerar con relativa facilidad el imperativo de la empatía. Incluso pueden convertirlo en mercancía, capacitación empresarial, publicidad o atributo personal. La empatía puede permanecer encerrada dentro del individuo.
Puedo emocionarme solo, indignarme solo, compartir una publicación solo. Incluso puedo sentirme moralmente transformado sin que ninguna estructura a mi alrededor haya cambiado. La solidaridad introduce algo más difícil de administrar porque obliga a salir del individuo, produce organización, reciprocidad, instituciones, redistribución y memoria. Transforma una conmoción pasajera en una obligación que continúa cuando aquello que la produjo ha dejado de afectarnos.
Quizá allí se encuentre una de las contradicciones más profundas de nuestro tiempo. No nos hemos vuelto necesariamente indiferentes al dolor de los demás, Tal vez ocurra algo más complejo, hemos construido dispositivos extraordinariamente eficaces para sentirlo sin quedar ligados a él. Una verdadera inmunología de la distancia.
Despierto, la ciudad de Tucuman permanence tapada por una densa niebla, en el celular alcanzo a leer un poema:
amanezco
sin padres
sin hijos
una
de mis lagrimas se parece a
una casa
me abrigo
ante el aliento de las sobras
La solidaridad comienza después, precisamente allí donde ya nadie está mirando.
