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La paradoja del patrimonio y el mito del deudor eterno

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Por Fernando Pérez.

El capitalismo contemporáneo invoca la propiedad privada como un valor sagrado, pero la transforma en un privilegio concentrado mientras condena a las mayorías a una vida en alquiler.

Existe una paradoja no tan sutil en la arquitectura del discurso económico dominante de nuestros días. Se invoca a la propiedad privada como una suerte de valor sagrado, un dogma indiscutible que supuestamente garantiza la libertad individual frente al fantasma del colectivismo estatal. Nos advierten que cualquier regulación representa una amenaza directa a nuestros bienes. Sin embargo, al observar el funcionamiento real del capital concentrado, la pregunta se vuelve tan elemental como inevitable: ¿la propiedad de quién estamos defendiendo en verdad?

El capitalismo actual promete la integración social por la vía del patrimonio, pero organiza la economía cotidiana de manera tal que las mayorías trabajadoras acceden cada vez menos a poseer algo propio. La desposesión contemporánea no necesita de expropiaciones violentas; le basta con contratos inalcanzables, alquileres que devoran ingresos, tasas de interés usurarias y una precarización laboral que erosiona cualquier capacidad de ahorro. Mientras los discursos del poder advierten sobre amenazas ideológicas que supuestamente vienen a quitarnos lo nuestro, el capital financiero avanza sobre los salarios, las viviendas, el tiempo y los proyectos de vida.

De la movilidad social a la herencia inmobiliaria

Esta dinámica transforma el sentido mismo de la economía de mercado: la propiedad ha dejado de ser un horizonte de llegada fruto del esfuerzo personal para convertirse en un privilegio hereditario. Se le habla al trabajador como si fuera un propietario en potencia, pero el sistema lo define e interpela como un deudor permanente. Así, las planillas macroeconómicas muestran números prolijos y superávit fiscales, mientras la vida cotidiana de las familias se vacía de certezas físicas y de horizonte personal.

En este esquema, el concepto de mérito cumple una función clave. Despojado de sus condiciones materiales de realización, el discurso meritocrático deja de ser una palanca real de ascenso social para convertirse en una coartada perfecta para individualizar el fracaso. Cuando la brecha entre la productividad y la compensación salarial no para de crecer, el problema no es la falta de disciplina ni de cultura del trabajo; el problema es una concentración de ingresos que opera exactamente como fue diseñada. La meritocracia no organiza una esperanza de progreso, sino que administra una frustración disciplinada.

El crédito como mecanismo de sujeción

El capitalismo contemporáneo encontró un método de privatización mucho más pulcro que la desposesión directa: hacer que las cosas materiales sean inalcanzables para transformarlas en deuda o en renta. El automóvil, la vivienda o el capital de trabajo dejan de ser activos del trabajador para convertirse en compromisos financieros a perpetuidad. El ciudadano ya no compra un bien; paga el derecho de uso de una infraestructura que jamás le pertenecerá.

El viejo ideal del ciudadano propietario, articulador de las democracias modernas y base de la autonomía personal, ha sido sustituido sin pausa por la figura del deudor eterno. Un sujeto que trabaja cada día no para construir un patrimonio duradero, sino para financiar la liquidez del propio sistema que lo excluye. Superar este encierro conceptual exige dejar de discutir fantasmas del pasado para empezar a analizar la naturaleza real del despojo presente.

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