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Ciudades inteligentes 3

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Por Marcela Zadoff.

La ciudad que cuida

En nuestra tercera entrega sobre Ciudades Inteligentes analizamos la Salud como servicio público esencial, según la Constitución Nacional Argentina, la salud es un derecho humano fundamental e indispensable para el ejercicio de los demás derechos humanos, previsto de manera implícita en el preámbulo y en el artículo 33, explícitamente en el artículo 42 y principalmente en el artículo 75, inciso 22 que incorpora con rango constitucional los Tratados Internacionales de Derechos Humanos.

En salud, precisamente, la idea de “ciudad inteligente” resulta esencial. Es la herramienta que permite que esa tarea —humana, territorial, comunitaria— funcione, llegue a los vecinos. En Argentina, la atención primaria de la salud (APS) es responsabilidad directa de cada municipio, por lo cual, la inteligencia urbana desde la salud implica planificar la ciudad desde su base más concreta: el cuidado.

La APS es el primer nivel de contacto entre la población y el sistema sanitario. Donde se deben atender problemas antes de que se vuelvan urgencias, donde la escucha construye vínculos, donde se previenen enfermedades y se debería sostener la salud comunitaria. En palabras de Bárbara Starfield “la atención primaria es el corazón de un sistema de salud efectivo” (Starfield, 1998). Si la ciudad quiere ser inteligente, debe empezar por fortalecer ese corazón. En la práctica, al menos en Córdoba, es una fachada que intenta disimular el fracaso rotundo en la devastadora pandemia que sufrimos. Mientras escribo, el Sr. presidente Javier Milei habla del mismo tema ante la ONU, explicando por qué Argentina se retiró de la OMS. 

La ciudad como sistema de salud es un organismo complejo. Michael Batty lo sintetiza en una línea: “las ciudades son sistemas que aprenden” (Batty, 2013). Esperamos que aprendan y puedan cuidar. La salud urbana no es sólo hospitales y ambulancias: es calidad del aire, transporte accesible, espacios verdes, agua segura, vivienda digna, conectividad, educación y participación. No es un servicio aislado: es un ecosistema.

La inteligencia urbana aplicada a la salud implica integrar información dispersa, coordinar áreas que históricamente trabajaron separadas y anticipar problemas antes de que se conviertan en crisis. Anthony Townsend lo resume así: “una smart city usa la tecnología para gobernarse mejor” (Townsend, 2013). En salud, gobernarse mejor significa detectar brotes a tiempo, gestionar turnos sin colapsos, mapear vulnerabilidades, distribuir recursos con criterio y sostener políticas basadas en evidencia.

Cada municipalidad administra sus centros de salud, sus equipos territoriales y sus programas comunitarios. Esto convierte a la APS en un laboratorio privilegiado para la inteligencia urbana: es el nivel donde la ciudad puede actuar rápido, ajustar políticas y construir soluciones adaptadas a su propio territorio. Un hermoso “deber ser” que posterga indefinidamente la inteligencia: en Córdoba ya no hablamos de “la Docta” sino de “la intransitable”. La de las calles destruidas por donde la ambulancia no llega, porque no puede pasar por calles cortadas; barrios abandonados donde todos tienen celular, pero no hay turnero por whatsapp, dispensarios donde vemos largas colas bajo las estrellas porque a las siete de la mañana dan quince numeritos, y nada más, aunque a las diez de la mañana ya queda solamente la enfermera para entregar pastillas. En enormes zonas urbanas solamente se cuenta con una ambulancia municipal, que llega tarde, a los treinta o cuarenta minutos. Vecinos mueren desangrados en una vereda porque la Municipalidad de Córdoba no es capaz de elaborar convenios de colaboración con empresas de servicios de ambulancias.  

No exagero cuando digo “Agarrate Catalina, estamos en Argentina”.

Rob Kitchin, uno de los referentes en estudios urbanos digitales, señala que “las ciudades generan datos continuamente; la cuestión es cómo convertirlos en conocimiento útil” (Kitchin, 2014). En salud, ese conocimiento útil puede ser decisivo: saber qué barrios tienen más adultos mayores (en la prevalencia de enfermedades crónicas como, por ejemplo, hipertensión); estar atentos al inicio de clases porque aumenta la demanda de certificados de salud (un circuito entre pediatra, oculista, etc.,); qué zonas presentan mayor riesgo ambiental, qué centros de salud están saturados y una red de profesionales que podrían circular por los Dispensarios. No se trata de una fachada, de nada sirve un consultorio vacío, de un profesional que marca tarjeta a las siete de la mañana y a las diez se retira. En los más de noventa dispensarios de Córdoba capital, se llama “turno espontáneo”. Pude presenciar una reunión en el Concejo Deliberante de Córdoba donde la encargada de Salud de la Municipalidad expresó que el turno espontáneo funciona bien “porque sus médicos están contentos” (literal) con esa modalidad. Podemos deducir dónde yace el interés de la autoridad, que no se preocupa por ayudar al vecino que transita una enfermedad, que padece.

La ciudad inteligente da importancia a la Salud preventiva, articulando las necesidades básicas de la población en situación de vulnerabilidad con los recursos que permiten evitar consecuencias graves. La prevención es el punto donde la ciudad inteligente muestra su verdadero potencial. Geoffrey Rose lo planteó con claridad: “las grandes mejoras en salud provienen de intervenciones poblacionales, no individuales” (Rose, 1992). La ciudad, como unidad poblacional, es el escenario ideal para esas intervenciones.

Una política urbana de salud preventiva incluye el mapeo de factores de riesgo por barrio: sedentarismo, obesidad, hipertensión, consumo de drogas, violencia, contaminación. Debe focalizar campañas según vulnerabilidades territoriales, pero también tomar en cuenta, al entregar un folleto, si quien lo recibe sabe leer o no. En casos concretos, como el dengue, las alertas tempranas son fundamentales. En centros dependientes de la Municipalidad de Córdoba, como los Parques Educativos, por ejemplo, se desarrollan programas de actividad física comunitaria, diseñados con criterios de accesibilidad. Asimismo, se cuenta con encuentros lúdicos, para cuidar la salud mental (sociabilizar, acompañar y hacer tareas terapéuticas). 

Respecto de la prevención es preciso brindar una educación sanitaria continua, articulada con escuelas, clubes y organizaciones barriales.

Es necesario organizar desde la perspectiva de ciudades inteligentes, políticas específicas anti adicciones: la ciudad como factor de cuidado es la base, cuando la familia no sabe o no puede prevenir las conductas adictivas. Hablamos de adicciones legales e ilegales, uno de los desafíos más complejos para las ciudades contemporáneas. Los problemas de adicción no se resuelven solo con dispositivos clínicos: requieren políticas urbanas, comunitarias y preventivas. Como señala el informe de UNODC, “las respuestas efectivas a las adicciones deben integrar salud pública, comunidad y territorio” (UNODC, 2021).

Una ciudad inteligente incorpora: 

  • Sistemas de detección temprana en centros de salud, escuelas y espacios comunitarios.
  • Mapeo de consumos problemáticos para orientar recursos donde realmente se necesitan.
  • Programas municipales de reducción de daños, basados en evidencia.
  • Equipos territoriales especializados, articulados con APS.
  • Espacios de acompañamiento comunitario, no solo clínico.
  • Plataformas de orientación y asistencia, accesibles y confidenciales.
  • Intervenciones urbanas preventivas: iluminación, transporte nocturno seguro, espacios públicos activos, actividades culturales y deportivas.

La ciudad inteligente basa en tres pilares la gestión de salud, en primer lugar, integra la información, en segundo término, mapea el territorio en su diversidad, además toma en cuenta la participación del ciudadano a través de sistemas de escucha, que debe ponderar el contacto humano y la cercanía.

La fragmentación de datos es uno de los problemas estructurales de la salud municipal. Historias clínicas en papel, registros incompletos, sistemas que no dialogan entre sí, turnos que se pierden, derivaciones que no se registran. Una ciudad inteligente ordena la información.

Es factible, mediante tecnologías, integrar historias clínicas electrónicas, mapear determinantes sociales, cruzar datos de ambiente, transporte y vivienda, construir tableros de gestión accesibles para equipos de salud. La APS debe funcionar como un sistema coordinado. Es una organización que al municipio no le cuesta gran esfuerzo y al ciudadano le garantiza la salud. Recientemente se sumó una nueva app para que no se pueda gestionar, o sea, brinda la misma información que la página de la Municipalidad, pero no se puede tramitar a través de ella. Se llama “mi docta”, pero se queda solamente en la intención, o es una nueva fachada de la desinteligencia en la que estamos sumidos. 

Tomar en cuenta el territorio como unidad de análisis implica conocer la ciudad barrio por barrio, en especial la periferia donde se asientan las viviendas más precarias. El gobierno que desde hace más de un cuarto de siglo está instalado en Provincia y desde 2019 en la capital cordobesa, pinta las paredes de ladrillo de bloc como si fuese una pintoresca favela, donde sus habitantes padecen la situación de vulnerabilidad más extrema mientras contemplan la avenida Circunvalación, donde las ambulancias pasan de largo, los policías pasan de largo, los trabajadores sociales pasan de largo.

ONUHábitat lo plantea de manera contundente: “una ciudad no es inteligente si no es inclusiva” (ONUHábitat, 2020). En salud, la inclusión se traduce en accesibilidad territorial: centros cercanos, horarios amplios, transporte adecuado, atención culturalmente pertinente y participación comunitaria. Allí donde el Estado promete estar presente pero el territorio es manejado por el narco, el trabajo es plan, las adolescentes son wachitas, la jubilación es PUAM (pensión universal de adulto mayor).

Finalmente hablamos sobre la participación ciudadana como insumo de gestión. La salud pública se sostiene con información técnica, pero también con información social. Las ciudades inteligentes incorporan mecanismos de participación que permiten escuchar a los vecinos: encuestas, plataformas de consulta, reportes comunitarios, observatorios barriales, mesas de trabajo con organizaciones locales. La inteligencia urbana no es solo digital: es relacional. Una ciudad que escucha es una ciudad que cuida. El médico no puede atender como el paciente merece y necesita con turnos cada diez minutos. Debe escucharlo para poder ayudarlo. No es una crítica al profesional sino un problema del sistema municipal. 

Una ciudad inteligente brinda protagonismo a la tecnología, que puede mejorar la salud urbana, pero solo si se usa con criterio. No se trata de llenar los centros de salud con dispositivos, sino de resolver problemas concretos: turnos, derivaciones, seguimiento de pacientes crónicos, campañas de vacunación, monitoreo ambiental, comunicación con la comunidad.

Giffinger y Pichler lo expresan así: “una smart city combina desempeño económico, sostenibilidad y calidad de vida mediante una gobernanza participativa” (Giffinger & Pichler, 2007). En salud, esa gobernanza participativa implica que la tecnología esté al servicio de los equipos territoriales y de los vecinos, no de la burocracia. Hoy todos tenemos celulares, por qué no podemos tener un turnero por whatsapp en cada Dispensario… 

Los próximos desafíos ya están sobre la mesa de trabajo. La inteligencia urbana aplicada a la salud enfrenta obstáculos concretos: presupuestos limitados, infraestructura desigual, falta de interoperabilidad, rotación de equipos, ausencia de planificación y una cultura institucional que muchas veces privilegia la urgencia sobre la estrategia.

Pero también hay oportunidades: la capilaridad de la APS, la cercanía con la comunidad, la flexibilidad municipal, la posibilidad de innovar sin grandes estructuras y la presencia de equipos que conocen el territorio mejor que cualquier algoritmo.

La ciudad inteligente no es una ciudad rica: organiza lo que ya tiene.

Podemos concluir en que la salud es el derecho donde la inteligencia urbana se vuelve ética. No se trata de sensores, plataformas o apps: se trata de vidas. Una ciudad inteligente en salud es aquella que usa información para cuidar mejor, que coordina sus áreas, que anticipa problemas, que escucha a su comunidad y que fortalece la atención primaria como política estructural.

La prevención y las políticas anti adicciones completan el cuadro: una ciudad inteligente no solo atiende, también anticipa; no solo trata, también acompaña; no solo gestiona, también escucha.

La APS, a cargo de cada intendencia, es el punto donde la ciudad puede transformar su gestión en cuidado. Cuando la inteligencia urbana se articula con la salud, la ciudad deja de ser un mapa y se convierte en un cuerpo vivo: uno que respira, aprende y protege.

La verdadera ciudad inteligente es la que cuida.

Bibliografía

– Batty, M. (2013). The New Science of Cities. MIT Press. – Giffinger, R., & Pichler, R. (2007). Smart Cities: Ranking of European Medium-Sized Cities. Vienna University of Technology. – Kitchin, R. (2014). The Data Revolution. Sage. – OMS (2016). Urban Health: Report on Urban Health Policies. World Health Organization. – ONU Hábitat (2020). World Cities Report. – Rose, G. (1992). The Strategy of Preventive Medicine. Oxford University Press. – Starfield, B. (1998). Primary Care: Balancing Health Needs, Services and Technology. Oxford University Press. – Townsend, A. (2013). Smart Cities: Big Data, Civic Hackers, and the Quest for a New Utopia. W.W. Norton. – UNODC (2021). World Drug Report. – Virchow, R. (1848). Report on the Typhus Epidemic in Upper Silesia. Prussian Government Archives.

 

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