Por Enrico Colombres.
Fíjate cuánto tiempo de pantalla tenés hoy en el celular. Ahora tratá de recordar cuánto tiempo pasaste mirando a alguien a los ojos, escuchando una historia sin apuro o caminando sin sacar el teléfono del bolsillo. Hay algo molesto en esa comparación. Podemos saber al instante qué ocurre a miles de kilómetros y, al mismo tiempo, no enterarnos de cómo está la persona que se sentó a comer con nosotros.
Vivimos apurados. Vamos de casa al trabajo, del trabajo a hacer un trámite, de un trámite a buscar a los chicos y de ahí a resolver algo que quedó pendiente. Mientras hacemos una cosa, pensamos en las tres que siguen. Llegamos a la noche cansados, repasamos lo que faltó y nos dormimos calculando cómo vamos a acomodar el día siguiente. Así pasan las semanas. A veces, los años. Siempre yendo o viniendo, como si en algún momento fuéramos a llegar a un lugar donde finalmente nos permitan vivir.
Hay una expresión italiana, dolce far niente, que habla del placer de no hacer nada. Suena hermosa, aunque quizá nos cueste entenderla de verdad. Porque hoy no hacer nada nos pone nerviosos. Nos sentamos cinco minutos y enseguida buscamos el celular. Si tenemos una tarde libre, pensamos cómo aprovecharla. Hasta el descanso se convirtió en algo que debemos organizar bien para no sentir que perdimos el tiempo.
Pero tal vez esos minutos en los que no pasa nada sean los más nuestros. Sentarse al sol. Tomar un café sin mirar el reloj. Dejar que una conversación vaya por donde quiera. Mirar a los chicos jugar sin sacarles una foto. Escuchar los ruidos de la casa cuando todos duermen. No hace falta que esas cosas sirvan para algo más. La vida también está hecha de momentos que no producen nada y, sin embargo, nos acompañan durante años.
Claro que hablar de detenerse es más sencillo para algunos que para otros. Hay personas que trabajan todo el día y aun así no llegan a fin de mes. Hay quienes cuidan a un hijo, a una madre enferma o a un abuelo que ya no puede quedarse solo. Las responsabilidades civiles, económicas, familiares y laborales no desaparecen porque decidamos respirar un rato. Para mucha gente, encontrar ese rato es en sí mismo un problema.
Por eso sería injusto convertir el descanso en otro consejo fácil. No alcanza con decirle a alguien que baje el ritmo cuando apenas puede sostener su casa. También tenemos que preguntarnos por qué hemos organizado la vida de tal manera que disponer de tiempo parece un privilegio. Y preguntarnos, además, quién está trabajando o cuidando mientras otros disfrutan de una pausa. Si queremos hablar en serio de felicidad, esa pregunta no puede quedar afuera.
Hay un diálogo de Martín (Hache) que, aunque habla de la Argentina, parece describir también la forma en que muchos vivimos.
«Argentina no es un país, es una trampa. Alguien inventó algo como la zanahoria del burro… lo que vos dijiste, puede cambiar. La trampa es que te hacen creer que puede cambiar. Lo sentís cerca, ¿ves que es posible? Que no es una utopía, es ya, mañana… y siempre te cagan».
La dureza de esas palabras nace de una esperanza que se acerca lo suficiente como para hacernos seguir, pero nunca termina de cumplirse. En nuestra vida cotidiana también hay zanahorias. Vamos a estar tranquilos cuando terminemos de pagar algo, consigamos un trabajo mejor o superemos esta etapa. A veces pensar así nos ayuda a no aflojar. El problema aparece cuando cada etapa trae otra promesa y la tranquilidad vuelve a alejarse.
Entonces postergamos todo. La visita a un amigo puede esperar. El paseo con nuestros hijos será otro domingo. Ya habrá tiempo para sentarnos a hablar con nuestros padres. Las vacaciones vendrán cuando estemos mejor. Y nosotros también vamos a estar mejor, algún día, cuando se ordene lo que hoy nos preocupa. Nadie hace esos planes de mala fe. Simplemente cuesta advertir que la vida que esperamos empezar es esta que estamos viviendo ahora.
Quizá por eso repetimos tan seguido que lo importante es ser feliz. Lo decimos en un cumpleaños, después de una mala noticia o cuando alguien tiene que tomar una decisión difícil. Suena cierto, pero rara vez nos detenemos a pensar qué queremos decir. ¿Ser feliz es estar siempre contentos? ¿Es no tener problemas? ¿Es haber conseguido todo lo que nos propusimos? Si fuera así, tendríamos pocas oportunidades de serlo.
Tal vez la felicidad se parezca más a poder reconocer nuestra propia vida. A sentir que, con sus preocupaciones y sus días difíciles, todavía hay en ella personas, momentos y decisiones que elegimos de corazón. A poder reírnos en medio de una semana complicada. A estar tristes cuando corresponde, sin apurarnos a aparentar que todo está bien. A volver a casa y querer escuchar cómo fue el día de alguien. La felicidad necesita lugar para aparecer.
Ese lugar está lleno de otros. Somos padres, hijos, hermanos, nietos, tíos, abuelos, primos y amigos. Cambiamos de lugar en cada vínculo y, con los años, también cambia lo que cada vínculo necesita de nosotros. Un día somos los chicos a quienes llevan de la mano; otro día somos quienes acompañamos a nuestros padres a una consulta médica. Hay un momento en que un sobrino nos pide jugar y otro en que un amigo nos llama porque no quiere pasar la noche solo.
Podemos pensar todos esos vínculos como grandes categorías de la existencia humana. Pero basta mirar de cerca para descubrir que son personas concretas. Ser padre no se agota en figurar como tal en un documento. Aquí sirve la mirada de Carlos Cossio sobre el derecho. Para su teoría egológica, la norma nos permite pensar y comprender una conducta, pero el derecho se encuentra en la conducta humana vivida en relación con la de otros. El ejemplo de la antigua patria potestad lo vuelve claro, no basta mirar la ley que habla de padres e hijos; hay que mirar cómo viven y actúan unos con otros. Allí está la relación que la norma procura expresar.
Esa idea puede llevarse, con cuidado, más allá de su tema jurídico. Ser padre ocurre cuando escuchamos algo que para nosotros parece pequeño y para un hijo ocupa el mundo entero. Ser amigo ocurre cuando nos quedamos a conversar, aunque no sepamos qué consejo dar. Ser hijo puede ser sentarse otra vez a escuchar una historia que ya conocemos. Es la vida mientras sucede, con su afecto, sus diferencias y sus responsabilidades. Muchas veces nos pide, simplemente, que estemos.
Desde esa perspectiva, vale la pena preguntarnos qué hacemos con la libertad y el tiempo que tenemos. Es fácil decir que la familia es lo primero y después pasar una cena entera atendiendo mensajes de trabajo. Es fácil afirmar que todos merecen descansar y dar por sentado el esfuerzo de quien limpia nuestra casa, cuida a nuestros hijos o sostiene tareas que nadie ve. También es fácil decir que queremos estar cerca de alguien y no preguntarle nunca qué necesita. Nuestras palabras importan, pero nuestra manera de ocupar el tiempo cuenta otra parte de la historia.
El teléfono entra en esa historia. Nos ayuda a trabajar, a orientarnos y a mantener cerca a quienes están lejos. Pero también se mete en los silencios que antes podían llevarnos a pensar, en las charlas que recién empezaban a ponerse interesantes y en los ratos que compartimos con otros. Lo agarramos casi sin darnos cuenta. A veces, después de media hora recorriendo imágenes, no recordamos qué fuimos a buscar.
Incluso el dolor del mundo nos llega así. Vemos poblaciones atravesadas por guerras y hambre, familias que huyen, chicos que pierden su casa. Un segundo después aparece una publicidad, un chiste o la foto de una comida. No hace falta estar de acuerdo en todos los análisis políticos para reconocer que esas personas existen más allá de nuestra pantalla. Tal vez también necesitemos detenernos para que lo que vemos no se vuelva simplemente otra cosa que pasamos con el dedo.
No podemos resolver nuestra vida, la del país y la del mundo en una tarde. Tampoco hace falta convertir cada pausa en una reflexión profunda. Podemos empezar por algo más sencillo, estar donde estamos. Terminar un café antes de abrir otra aplicación. Dejar hablar a alguien sin preparar la respuesta. Preguntarnos de vez en cuando si seguimos queriendo aquello por lo que corremos tanto.
Quizá descubramos que algunas cosas merecen todo nuestro esfuerzo y que otras nos han mantenido ocupados por pura costumbre. Quizá nos demos cuenta de que hace meses no vemos a un amigo o de que nuestros hijos crecieron mientras esperábamos una época menos complicada. Todavía podemos llamarlos, sentarnos a su lado, preguntarles qué piensan. Todavía podemos recuperar una tarde.
Volvé a mirar el tiempo de pantalla, búscalo en tu iPhone de pertenencia o donde sea que este! o si estas en situación de Android como dicen los más ostentosos. Después levantá la vista y mirá a tu alrededor. La felicidad puede estar bastante más cerca que esa zanahoria que perseguimos desde hace años todos los días. Tal vez no llegue cuando todo esté resuelto. Tal vez haya que hacerle un lugar ahora en esa pausa que no te das, en medio de esta vida imperfecta, junto a las personas que queremos y con el tiempo que todavía tenemos.
