Por Daniel Pósse.
Entrevista para fuga Emilio Martin.
D.P—Emilio, naciste y te criaste en Buenos Aires, una ciudad con una tradición
literaria enorme. ¿Cómo influyó el paisaje urbano porteño, sus calles y su ritmo
en tu sensibilidad como escritor?
E.M. — Pasé por diversos barrios. En mi infancia viví en el conurbano. La general paz,
una avenida que es la línea divisoria entre provincia y Capital era casi una
muralla. En la estación de trenes de Liniers que era la última de la ciudad de
Buenos Aires antes de pasar a provincia, había un cartel que decía Trenes
hacia adentro / Trenes hacia afuera. Yo iba para afuera. Esa condición de
“pajuerano” nos marcaba y éramos una especie de kelpers. En el secundario
fui a uno de los colegios más importantes del país, el Otto Krausse, en la
capital. Los choques culturales, sociales me marcaron. Tengo algunos relatos
donde esas vivencias siguen erizando la piel.
D.P. — Tu proyecto Cuento Con Emilio y tu participación en Cuentacuentos Devoto te
vinculan fuertemente a la identidad barrial de Villa Devoto. ¿Qué tiene de
especial la atmósfera de este barrio para inspirar historias de corte tan humano
y cercano?
E.M.— En realidad, mi barrio es Floresta. Crecido a la sombra de Flores, el gran centro
comercial se ganó unas cuantas medallas. Es Floresta donde llegó el primer
tren del país con la legendaria Porteña. También en ese barrio nació el
colectivo y la primera radio de buenos Aires, la actual Mitre. Y es en este
barrio donde se sitúa el cuento de Borges El hombre de la esquina rosada. Esta
es mi tercera estancia en Floresta y cuando estudiaba guion de cine hice un
corto con la historia del barrio. Parafraseando a Troilo podría decir ¿Cómo que
me fui de mi barrio? Si siempre estoy llegando.
D.P.— En tu biografía aclarás que no buscás dar; recetas mágicas de felicidad;.
¿Creés que el lector de Buenos Aires, tan acostumbrado a la introspección y al
psicoanálisis, conecta mejor con esa honestidad tuya de ;no vender espejitos
de colores;?
E.M.—Es un caso de selección natural. Me interesa llegar a los que no quieren que les
vendan espejitos de colores.
D.P.— Tu libro Grandes cuentos (publicado por la Editorial de los Cuatro Vientos) se
sumerge en la narrativa cotidiana. ¿Cómo fue el proceso de selección de estos
relatos? ¿Hubo alguna historia que funcionara como el ;corazón; o el punto de
partida del libro?
E.M.— El hilo conductor de los relatos es promover la emoción, como lazo. Aunque
parezca tonto, a veces cuando me ha tocado leer en público algún cuento, me
emociono. También a veces me río con las ocurrencias de los personajes. Elegí
los cuentos que están vivos y me emocionan.
D.P.— El título de la obra es potente. ¿Qué hace que un cuento cotidiano se convierta,
a tus ojos, en un; Gran cuento;?
E.M.— Lo del título del libro es un juego. Se ve que una mano traviesa convirtió Gran
descuento en Grandes cuentos. No es por fanfarronería sino para advertir que
las cosas son modificables, sobre todo con las palabras. El cuento es un gran
cuento cuando nos alumbra lo que está oculto. Como decía Chéjov la
verdadera historia es la que no se cuenta.
D.P.— A lo largo del libro se percibe una profunda búsqueda por conectar con la
empatía del lector. ¿Qué herramientas narrativas usás para lograr que una
vivencia ajena se sienta tan propia?
E.M.— En principio aspiro a que el lector se involucre. No describo a los personajes
para no imponer algo mío. Prefiero que el lector le ponga cara y encarnadura.
Que meta la mano en el baúl, saque de allí sus vivencias y vuelva a la vida a
alguien que conoció. Así se va a emocionar con lo que él vivió.
D.P.— Participás activamente en espacios colectivos de narración oral. ¿Qué te aporta
la oralidad y el contacto directo cara a cara con los vecinos del barrio que no te
da la escritura en la soledad del escritorio?
E.M.— Considero a la escritura como algo que no es individual. Desde el momento
que escribimos es para que otro lo reciba. Me gusta percibir la reacción del
oyente. Es como saber si di o no en el blanco.
D.P.— Solés abordar las crisis y contradicciones de los vínculos actuales. ¿Creés que
la tecnología nos ha hiperconectado pero, paradójicamente, nos ha vuelto más
analfabetos emocionalmente?
E.M.— Muchas personas se quejan que sus hijos no pueden dialogar. Las llamadas
telefónicas son consideradas intromisiones y es casi nula la situación de charla.
Así las redes sociales se están convirtiendo en prótesis para gente sana. Pero
primero deben enfermarla y eso está pasando.
D.P.— En tus relatos recordás constantemente al lector que ;not está solo; en lo que
siente. ¿Escribir Grandes cuentos fue también para vos una forma de catarsis o
de acompañarte a vos mismo en tus propias búsquedas?
E.M.— Yo digo en la contratapa que en alguna parte se ha perdido o nos han quitado
la capacidad de sentirnos parte de algo más vasto. Creo imprescindible volver
a tejer la red que nos conecte que nos haga sentir parte de una sola raza: La
humana.
D.P.— Sos un defensor del tejido social a través de la palabra. ¿Cómo se construye
una literatura comunitaria en tiempos donde parece primar el individualismo?
E.M.— Militando por la palabra. Cuando hice el libro puse en la contratapa una
especie de declaración de principios. Sentí que a nadie le importaría quién era
yo, qué hice o estudié sino qué proponía y me dio resultado. Hubo muchos
casos de gente que adquirió el libro después de leer el propósito.
D.P.— Publicar en el circuito independiente argentino exige un enorme esfuerzo de
autogestión. ¿Cuál ha sido el mayor desafío al que te enfrentaste desde el
lanzamiento de Grandes cuentos en las librerías?
E.M.— El mayor desafío es convencerme de que lo que tenía para ofrecer valía la
pena. Y en eso estás solo, como el muñequito de la película The Wall. Y el
muro es enorme.
D.P. — La literatura de nuestro país tiene una identidad muy fuerte. ¿Qué autores
locales (clásicos del café porteño o contemporáneo) sentís que te inspiran a
seguir creando?
E.M. — Mi mayor referente argentino es Roberto Arlt. Algunos de mis textos fueron
calificados como Aguafuertes. Es un orgullo demasiado grande para mí. El otro
es Chéjov y Galeano dijo de él “Escribió como diciendo nada. Y dijo todo”. Esa
es la magia de la literatura para mí, que el mundo se meta por los poros de las
acciones cotidianas.
D.P.— El ida y vuelta que generás en redes y lecturas presenciales es muy activo.
¿Recordás algún comentario o devolución de un vecino o lector sobre Grandes
cuentos que te haya conmovido especialmente?
E.M. — La mejor devolución me la dio mi nieta Maia cuando tenía apenas 10 años. Yo
les mandaba a ella y a las hermanas audio cuentos porque viven lejos y ella me
dijo esto: Abu, yo veo que lo que nos mandás tiene una enseñanza de vida y
eso a mí me conmueve. Cuando pude recomponerme le respondí. Esa
devolución vale la publicación del libro. Pero además tengo que muchos me
dicen que gustan de releer mis cuentos. Uno de ellos tiene un ejemplar bajo el
teclado de su compu y cada tanto relee un cuento. Haber generado un
compañero permanente para alguien, es el mayor de los halagos.
D.P. — Con el libro ya recorriendo las librerías de la ciudad, ¿cómo mutó tu rutina de
escritura? ¿Escribís ahora pensando más en el impacto que causará en tu
comunidad de Cuento Con Emilio?
E.M. — Sigo escribiendo sobre lo que me golpea la nariz. Aquello que me conmueve y
genera una necesidad de convertirlo en un relato. Después viene el trabajo de
embellecimiento, de corrección. Es una idea que viaja, un sentimiento debe
desplazarse en el mejor de los vehículos posible.
D.P. — Para cerrar la entrevista, ¿hacia dónde viajan los próximos relatos de Emilio
Martín? ¿Seguiremos recorriendo las esquinas y emociones humanas en una
futura obra?
E.M. — Las esquinas nunca faltarán, pero vivimos en un mundo donde todo está en
peligro de derrumbarse. Donde hay que poner manos a la obra para rescatar
nuestra esencia como seres humanos. Vincularnos, tender la mano,
conectarnos, escribir y leernos puede ser un punto de apoyo. Y alguien dijo
una vez que con eso se puede mover el mundo.
