por Milagros Santillán.
lactancia, puerperio y el deseo de no ser tocada
En el marco de la Semana Mundial de la Lactancia Materna, me gustaría poner sobre la mesa algo que pocas veces se nombra, pero que muchísimas personas atraviesan en silencio: el touch out. Una especie de burn out sensorial, donde el cuerpo, simplemente, ya no quiere más contacto físico.
Durante el puerperio —esa etapa de tránsito emocional, hormonal y existencial tras el parto— se espera que estemos disponibles. Para el bebé, para la casa, para las visitas, para la pareja, para la familia, para los mandados. Y muchas veces también para volver a producir, crear, postear, estar lindas, activas, bañadas, con ganas de salir con amigas, con la comida congelada… y con el deseo sexual intacto. Todo eso. Sin parar. Como si fuera posible.
Amamantar es hermoso y también agotador. Tener un hijo encima gran parte del día es tierno y también invasivo. Hay cuerpos que pasan horas ofreciendo piel, pecho, brazos, sostén. Y entonces no sorprende que, llegado el final del día (o incluso desde el comienzo), ya no quede energía para una caricia más.
No es desamor. No es “falta de deseo”. No es que algo esté roto. Es que el deseo está en pausa. No porque no exista, sino porque no hay espacio para más estímulo. A veces, el cuerpo simplemente dice: “necesito que no me toquen más”. Pero no lo escuchamos. Nos sentimos culpables. Nos preguntamos si estamos mal, si nos pasa algo grave, si deberíamos “volver a funcionar”. Cuando en realidad, el deseo se está protegiendo. Está pidiendo tiempo, calma, cuidado.
Hablar de touch out es hablar de límites corporales en la crianza, pero también en la pareja. Es empezar a nombrar esas escenas donde una no puede más, pero igual se esfuerza por cumplir. Por “cumplirle” al otro, o incluso a una misma, en nombre de una idea forzada de lo que deberíamos estar sintiendo.
Hay una frase que uso mucho en mis sesiones: coger rico es coger con conciencia. Y coger con conciencia es también saber decir que no, cuando el cuerpo está en modo cuidado. Porque el deseo también necesita espacio para respirar, para reaparecer sin presión, sin mandato, sin culpa.
En tiempos donde se romantiza la maternidad y se mide el éxito de una mujer por su capacidad de volver rápido a “todo lo que era antes”, quizás el acto más revolucionario sea respetar el deseo de no ser tocadas. Hacerle lugar. Sostenernos ahí, sin apuro.
