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Hegemonía de la indiferencia

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Por Enrico Colombres.

Hay una escena que se repite cotidianamente sin importar la época con alarmante frecuencia aun en este tiempo. Una voz que se describe cómo una parte de la sociedad que ha sido convencida de que no vota según sus intereses materiales, sino según una identidad imaginaria; cómo se le hizo creer que no es pobre sino “clase media en pausa”, que no está precarizada sino emprendiendo, que no perdió derechos, sino que está aprendiendo a “madurar”. La secuencia desnuda un mecanismo perverso, desplazar la bronca hacia el semejante para evitar mirar hacia quienes concentran el verdadero poder en el país o en el extranjero.

El crear un falso sentido de pertenencia para crear lo que se denomina “Facho pobre” o “Pobre facho”

Esa descripción, tan simple como burda, expone una de las enfermedades morales más profundas de la Argentina contemporánea.

No se trata sólo de economía. Ni siquiera exclusivamente de política. Se trata de una degradación humana en sus valores.

En una época en la que demasiadas personas han elegido despreciar a su prójimo para sentirse un poco menos vulnerables. Una época donde algunos, viniendo incluso de los mismos sectores sociales que atacan o desprecian o menosprecian, adoptan con fervor una pose de superioridad artificial. Miran por encima del hombro a quien reclama sus derechos, a quien necesita, a quien protesta, a quien cayó del sistema. Lo juzgan sin conocerlo ni conocer su realidad. Lo condenan sin comprenderlo.

Y lo hacen porque creen que ese desprecio los eleva ciertamente creyendo que no son de su clase. No los eleva, los degrada, los denigra

Hay quienes, aun alquilando, endeudados, sin estabilidad, sin patrimonio y sin certezas, asumen con fanatismo el discurso ajeno que impone o detenta el poder, de quienes jamás los considerarían sus pares. Defienden recortes que los perjudican, en salud en educación etc., celebran la pérdida de derechos que también los alcanzará eventualmente y repiten con obediencia argumentos ajenos, como si esa repetición les otorgara pertenencia.

Es la tragedia de quien necesita creerse distinto para no reconocerse semejante al desgraciado.

En esa lógica miserable, la solidaridad pasa a verse como debilidad. La empatía como atraso. La preocupación por el otro como una ingenuidad improductiva.

Se instala entonces la ética más ruin de todas:

“Mientras a mí no me afecte.”

Mientras el despedido sea otro.
Mientras el ajuste golpee otra casa.
Mientras el cierre alcance otro comercio, mientras la humillación recaiga sobre otra familia.

Pero la historia tiene memoria, aunque las sociedades intenten olvidarla.

Siempre llega el momento en que aquello que parecía lejano toca la propia puerta.

Y entonces aparecen los que ayer se burlaban pidiendo comprensión. Los que celebraban el sufrimiento ajeno exigiendo sensibilidad. Los que justificaban la crueldad reclamando humanidad. Ahí queda al descubierto la gran contradicción de nuestro tiempo, la indiferencia siempre parece rentable hasta que cambia de destinatario.

Lo verdaderamente grave es que esta conducta no surge en el vacío. Es el resultado de una ausencia total de proyecto nacional y la pérdida del sentido de pueblo.

Les suena el famoso “divide y triunfaras”

La Argentina atraviesa algo más profundo que una crisis económica o una disputa electoral. Padece la fragmentación absoluta de su horizonte colectivo. Ya no hay una noción compartida de comunidad.

No existe una conversación seria sobre qué país construir, qué destino común perseguir, qué pacto social sostener. Sólo quedan individualidades aisladas, entrenadas para competir entre sí, convencidas de que el éxito personal justifica la destrucción del otro.

El conjunto humano —político o no— parece haber renunciado a pensarse como parte de algo mayor. Y cuando una nación deja de pensarse como proyecto, se convierte en un territorio administrado por impulsos, oportunismos y mezquindades.

A esta tragedia se suma un agravante histórico, vivimos quizá la etapa más decadente en materia de valores humanos. Nunca hubo tanta tecnología al servicio de la creación, del entretenimiento, del ocio. Nunca hubo tanto acceso inmediato a la información. Nunca existieron tantas herramientas para conectar, comprender y organizar. Y, sin embargo, nunca resultó tan sencillo naturalizar la crueldad.

Hoy el dolor ajeno dura segundos en pantalla. Se consume, se comenta, se ridiculiza y se descarta con un movimiento del dedo. La tragedia se volvió contenido, la humillación, entretenimiento, la indiferencia, signo de sofisticación. Se premia al cínico, se celebra al cruel, se viraliza al que ridiculiza al vulnerable.

La lógica del consumo terminó colonizando incluso nuestras emociones, todo debe ser rápido, superficial, descartable, también el sufrimiento ajeno. En ese escenario aparece una figura especialmente miserable, la de quien desprecia al semejante para intentar acercarse simbólicamente al poder, el Fachistoide ya no importa si es pobre rico o clase media.

Ese sujeto no comprende algo elemental, ninguna identificación aspiracional modifica su posición real. Podrá repetir slogans, burlarse del pobre, atacar al trabajador, despreciar al excluido y abrazar discursos de superioridad ficticia.

Pero nada de eso alterará una verdad concreta, sigue siendo parte de la misma estructura que lo considera prescindible, y la desgracia le va llegar en forma del discurso que defiende. Y cuando esa maquinaria avance sobre él, descubrirá demasiado tarde que confundió subordinación con pertenencia.

La Argentina necesita recuperar algo más urgente que cualquier indicador financiero. Necesita recuperar humanidad, necesita reconstruir la idea de destino compartido, de recuperar los valores morales colectivos. Necesita recordar que una comunidad se define por cómo trata a sus semejantes o a sus sectores más vulnerables, no por la ferocidad con la que los condena.

Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocerse en el otro, deja de ser nación.

Se convierte en un mercado bursátil de humanidades.

Y un mercado así, jamás conoce la compasión.

La reflexión final es incómoda, pero inevitable:

¿Cuándo elegiste mirar con desprecio al que estaba cayendo, cuando repetiste “mientras a mí no me afecte”, cuando asumiste como propia una superioridad que no tenías, ¿entendiste que estabas celebrando el mismo mecanismo que mañana puede volverse contra vos o no te diste ni te quieres dar cuenta?

Porque cuando finalmente te toque, si te toca, ya no alcanzará con descubrir que estabas equivocado.

La verdadera tragedia será advertir que ayudaste a construir el mundo que terminó dejándote afuera, por ser un fachistoide cipayin.

 

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