Por José Mariano.
“Vivimos en un mundo donde hay cada vez más información y cada vez menos sentido.”
— Jean Baudrillard.
Hubo un tiempo en que la política intentaba explicar la realidad. Hoy parece más preocupada por reemplazarla.
Ya no importa demasiado lo que ocurre. Importa el modo en que será narrado. La velocidad con la que circulará. El clima emocional que logre producir. Cada gobierno construye su propia ficción de época y exige que la sociedad habite dentro de ella. Cambian los nombres, las consignas, los símbolos, los enemigos. La lógica permanece intacta.
El relato dejó de ser una interpretación de la realidad para convertirse en un intento de fabricación de la realidad misma.
La política ya no compite por administrar hechos. Compite por imponer marcos de percepción. Cada espacio intenta construir una atmósfera emocional donde ciertos acontecimientos resulten visibles y otros desaparezcan por completo. No importa lo que sucede, sino aquello que logra instalarse como experiencia colectiva.
Y quizás ahí esté uno de los problemas centrales de nuestro tiempo.
Porque un relato político no necesariamente funciona como una mentira. Funciona como una promesa anticipada. Como una imagen del mundo que todavía no existe pero que debe sentirse real antes de realizarse. Se lo instala, se lo repite, se lo dramatiza, se lo convierte en lenguaje cotidiano. Poco a poco deja de percibirse como una construcción y comienza a operar como si fuera un hecho.
La recuperación llega antes que la mejora económica. El orden aparece antes que la seguridad. La justicia se proclama antes de producirse. La libertad se celebra incluso cuando todavía no modifica la vida concreta de nadie. La política contemporánea parece haber descubierto que las percepciones pueden gobernarse con más facilidad que la realidad.
Por eso los relatos sobreviven incluso cuando los hechos empiezan a desmentirlos.
Porque su función no es describir el presente. Su función es conservar un marco emocional, una estructura de sentido, una dirección imaginaria capaz de mantener cohesionada a una sociedad aunque la experiencia cotidiana empiece a resquebrajarse.
Toda época construyó mitologías. Pero hay algo distinto en la nuestra. Hoy el relato no aparece después de los acontecimientos. Aparece antes. Los acontecimientos son forzados a entrar dentro de él.
Y cuando la realidad no encaja, peor para la realidad.
Las redes sociales aceleraron este mecanismo hasta volverlo permanente. La política ya no necesita convencer. Necesita ocupar el flujo. Permanecer visible. Imponer interpretación antes de que exista reflexión. Las redes no premian lo verdadero. Premian lo visible, lo replicable, lo emocionalmente eficaz.
La velocidad destruyó la posibilidad de sedimentación. Todo debe producir efecto inmediato. Indignación inmediata. Esperanza inmediata. Miedo inmediato. La política comenzó a parecerse al funcionamiento de una plataforma, necesita atención constante para no desaparecer.
En ese contexto, la cultura del poder encontró una herramienta perfecta. Porque el poder entendió hace tiempo que gobernar no consiste solamente en administrar recursos o instituciones. También consiste en administrar imaginarios. Determinar qué puede pensarse, qué debe sentirse, qué futuro merece ser esperado.
Cada relato funciona entonces como una arquitectura emocional. Castillos en el aire sostenidos por repetición, ansiedad, esperanza y miedo.
Ahí aparece el síntoma más profundo de nuestra época.
Una sociedad que lentamente pierde contacto con la experiencia directa de las cosas. Todo llega mediado. Interpretado. Clasificado antes de ser vivido. La realidad ya no se experimenta, se consume narrada.
Porque cuando una sociedad vive demasiado tiempo dentro de relatos enfrentados, termina perdiendo contacto con aquello que ocurre fuera de ellos. La experiencia concreta queda subordinada al dispositivo narrativo que la interpreta. La política se transforma en administración de percepciones. Y los ciudadanos empiezan a discutir representaciones mientras la realidad continúa deteriorándose en silencio.
Tal vez lo más inquietante sea eso. El momento en que una sociedad empieza a desconfiar menos del discurso político que de su propia experiencia cotidiana. Cuando las personas ya no intentan comprender lo que viven, sino acomodar lo que viven dentro del relato al que pertenecen.
Toda sociedad necesita horizontes, símbolos, ficciones compartidas. Ninguna comunidad puede sostenerse únicamente sobre datos o hechos desnudos. Pero hay un momento en que esas construcciones dejan de funcionar como formas de orientación y comienzan a exigir adhesión emocional. El relato ya no intenta interpretar la realidad, sino que busca reemplazarla.
Ahí los castillos ya no son sueños.
Son mecanismos de control.
Y aun así, tarde o temprano, algo termina ocurriendo.
Porque un castillo en el aire puede sostenerse durante mucho tiempo. Puede incluso parecer indestructible.
Pero la realidad tiene una persistencia extraña.
Siempre vuelve. Siempre encuentra por donde entrar.
Bienvenidos a la Edición 51.
Esto es Fuga.
