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Hartos de IA

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Por Rodrigo F. Soriano.

Hartazgo no significa solamente agotamiento. Tampoco es fastidio. Es una experiencia límite: un punto donde el mundo deja de tener sabor, donde lo habitual pierde su brillo y las rutinas se vuelven insoportables. Hartazgo es modificar profundamente el sentido. 

Martín Heidegger nos hablaba del tedio profundo (das tiefe Langeweile). Un estado de aburrimiento o cansancio extremo que va más allá de la falta de estímulos externos, sintiendo un vacío incluso dentro de uno mismo. Todo da igual. Nada “nos dice” nada. El mundo pierde esa capacidad que tenían de afectarnos.

Ese vacío es lo que me produjo leer todo lo que leí en estos últimos tiempos. 

Todo es IA. 

Lo generado como humano, en realidad es inteligencia artificial. Leí hasta un artículo que critica a la IA, generado por IA. Un artículo que habla sobre la importancia de la decisión humana en el ámbito de la justicia, generada por IA. Doctrina que celebraba un fallo en Santa Fe porque la IA hizo el trabajo que debía hacer un juez: interpretar. Nada más humano que interpretar. Pero no es tan solo eso, sino el propio hartazgo de los autores en esforzarse en aparentar haber escrito lo que se haya escrito.

La IA tiene su propio lenguaje, y allí es donde surge el hartazgo. Aquí es donde ese sentido que tenia la literatura se pierde. Es un sin sentido hablar sobre como escribe alguien, en un texto generado por IA por ejemplo. Imaginen lo triste de la imagen de una persona que en su computadora escribe: “Redactar un artículo que hable sobre la sensación que genera en el lector el momento en el que Jorge Luis Borges observa a través del Aleph”. O peor aún: “Quiero que generes una opinión para contraargumentar este artículo. Hazlo en formato de comentario.” 

A continuación voy a pedirle a mi ChatGPT que genere dos párrafos que continúe con esta idea:

“En ese marco, la IA produce enunciados que optimizan patrones antes que emociones. Sus estructuras responden a distribuciones estadísticas, no a vivencias interiores. El resultado es un discurso que aparenta profundidad mientras opera por extrapolación, ensamblando fragmentos de sentido sin la experiencia que los justificaría. El hartazgo emerge cuando reconocemos esa textura: un tono neutro, previsiblemente equilibrado, que repite la forma de lo humano pero no su latido. El lector, entonces, experimenta una saturación silenciosa, como si la literatura hubiera sido reemplazada por un simulacro que nunca asume del todo su condición artificial.

Y, sin embargo, ese lenguaje sigue expandiéndose, colonizando incluso los espacios donde antes habitaba la singularidad. La IA enuncia, resume, explica y replica sin fisuras, como si cada frase fuese una pieza intercambiable dentro de un sistema mayor. Allí donde antes había un gesto irrepetible —una duda, una respiración, un temblor en la voz— ahora aparece un texto perfectamente higienizado, dispuesto a complacer cualquier propósito. Tal vez el verdadero hartazgo provenga de esa eficiencia: la sospecha de que, si todo puede ser dicho por una máquina, entonces nada termina de pertenecernos. Esa es la paradoja: cuanto más habla la IA, más difícil se vuelve encontrarnos en sus palabras.”

En mi vida utilicé términos como “optimización de patrones”, ni “distribución estadística” o “textos perfectamente higienizados”. Frases como “repite la forma de lo humano pero no su latido” es típico de IA. Frases como “precisión quirúrgica” o términos como “liturgia” o “brutal”, son algunas elocuciones que la IA utiliza y se encuentran incorporadas en su lenguaje pre entrenado. Ni hablemos de las aclaraciones entre guiones.

Todo es paradoja para la IA. Nada es pacífico, todo es polémico. Siempre comienza una idea explicando lo que no es, utiliza los dos puntos, y genera un concepto que es disruptivo. Diría algo como: “No es solo una crítica al lenguaje artificial: es una denuncia de sentido”. Cuando leas algo así, significa que lo generaron con IA.

El problema que planteo no es solamente el hartazgo de lo neutro, de la falta de sentimientos, de lo chato, o como utilizo en mi jerga diaria: “Aquarius de pera”. Esa bebida que no genera sentimiento alguno. Tampoco planteo el problema de la falta de motivación en los escritores en generar un valor propio en sus textos. Voy más allá, voy a lo que la IA hace con el lenguaje desde su ontología. Para ello me voy a basar en el libro “Ontología del Lenguaje” de Rafael Echeverría, cuya lectura recomiendo.

Por más de 25 siglos nuestras interpretaciones sobre el sentido de lo humano se han desarrollado dentro de los parámetros establecidos por el pensamiento metafísico que naciera en la Grecia antigua. Los diferentes cambios de nuestras interpretaciones, y las consiguientes modificaciones de nuestro sentido común, se han registrado este largo período, han acontecido al interior de determinado presupuesto que hoy en día exigen ser puestos en tela de juicio. 

Pues bien, con la penetración de la IA en nuestras vidas nos encontramos participando en una de las transformaciones históricas fundamentales: se está gestando una nueva y radicalmente diferente comprensión de los seres humanos. Reconfigura lo posible y modifica el futuro. Es asimilable a lo que pasaba en el año 700 AC, cuando se inventó una nueva forma de comunicación entre los seres humanos: el alfabeto. 

El alfabeto cambió la manera de pensar sobre las cosas. Así, y el interés por el arte del pensamiento certero hizo que desarrollemos lo que llamamos como “lógica”. Los principios lógicos nos mostraron la senda del pensamiento válido, la forma de trasladarnos de una idea a otra para alcanzar lo verdadero y esquivar lo falso. Nació entonces la racionalidad, marca de fábrica del pensamiento occidental.

Sin embargo, con la IA esa lógica no existe como tal, sino que lo hace es crear una nueva: la de los algoritmos. Aproximaciones de códigos binarios, o bien de “tokens”. El token en términos IA es como el mundo de las ideas de Platón. Si no existe el código sobre un determinado objeto, para la IA no existe y debe “aprenderlo”. 

El problema que se genera aquí es que ese aprendizaje no es inocente, sino que viene cargado de sesgos. El lenguaje que utiliza la IA, cuya transformación lo hace a través de algoritmos que se llaman “embeddings”, que en términos claros son representaciones numéricas de las palabras. Son vectores, o representaciones vectoriales que por el contexto y el entrenamiento generan una palabra. 

Entonces, si a la IA le pedimos que escriba un artículo crítico para ser publicado en Fuga, con el estilo de la redacción de esta revista, no será un texto con sentido, sino un conjunto de vectores que en un cierto contexto lo traduzcan a asemejar a uno. Es distinto a lo que somos. El ser humano es un ente racional. Es la razón lo que nos hace humanos, diferentes a otras especies. Y más aún, si seguimos a Yuval Noah Harari, son los relatos lo que nos da el tinte especial. 

Por eso es que postulo que los seres humanos, somos seres lingüísticos. Es que tanto Nietzsche, Heidegger, o Wittgenstein nos ofrecen una visión del conocimiento más moderna, dando al lenguaje una comprensión radicalmente nueva. El lenguaje es, por sobre todo, lo que hace de los seres humanos el tipo particular de seres que son. Los seres humanos, son seres lingüísticos, seres que viven en el lenguaje. El lenguaje, es la clave para comprender los fenómenos humanos. Y con el avenimiento de la IA, el lenguaje es lo que le cedemos a ella.

Las definiciones son esencialmente mutables debido al contexto socio cultural e histórico en la que se plantean. Pues bien, hoy podemos postular que el lenguaje es definido por una máquina, y no como producto de un razonamiento humano. Si el lenguaje es lo que logra dar sentido a las cosas, entonces tenemos que decir que es acción, ya que el lenguaje crea realidades por su característica generativa. Entonces, hoy la realidad es creada por la IA. Al decir lo que decimos, al decirlo de un modo y no de otro, o no diciendo cosa alguna, abrimos o cerramos posibilidades para nosotros mismos, y muchas veces, para otros. 

Con el lenguaje modelamos nuestra identidad y el mundo en que vivimos. En este aspecto Martin Heidegger, llamó “Dasein” el “ser en el mundo” que somos. Pues entonces, si hablamos de abrirse al mundo, tenemos que hablar del Entwurf o la proyección. Proyectarse es asumir una existencia en construcción. Al futuro lo tenemos dentro, en esa tensión de querer ser, de llegar a ser, de dejar de ser lo que ya no tiene sentido. Proyectamos para hacernos cargo de nuestro propio ser. Pero con la IA como generadora de lenguaje, nos perdemos en esa búsqueda. Así, como postula Parménides “no se puede pensar en el no-ser”, y si aquello puede ser pensado, pues entonces es ficticio. 

En este mismo razonamiento, el lenguaje también es interpretación.  No sabemos cómo las cosas son, sólo sabemos cómo las observamos o cómo las interpretamos. Vivimos en un mundo esencialmente interpretativo. Sin embargo, con el hartazgo en el uso de la IA, dejamos esa labor a una máquina, quedando desdibujado el papel humano. 

Es por esto, más que el aburrimiento en el ejercicio de una lectura sin sabor, sin alma, también al librar a la IA la generación de nuestras ideas, nos olvidamos que no existe otro camino que el del lenguaje; fuera del lenguaje no existe un lugar en el que podamos apoyarnos. Los seres humanos vivimos en un mundo lingüístico. Coordinamos nuestras acciones a través del lenguaje. 

Así, no podríamos imaginarnos un mundo en el que Shakespeare sea una máquina. En el que el estilo de redacción de Han Kang sea generado por una IA. Que Frankestein fuera escrito por un prompt y no por el juego de una niña. Es inimaginable, pero a la vez es la imposibilidad de proyectarnos lo que generamos al escribir en un chat: “Haz un artículo crítico del lenguaje para la revista Fuga”.

Solo no quiero vivir en un mundo que todo se convirtió lo que hoy es LinkedIn.

Es desolador.

4 COMENTARIOS

  1. La IA, como yo la veo, sigue siendo una herramienta de dominación, que tiene como un objetivo más, la docilidad del pensamiento, generando individualismo y una perdida de sentido en la personalidad del Sujeto.
    Qué diría Paulo Freire, que dedicó su vida a generar en la enseñanza un pensamiento creativo. Hoy la IA, ataca directamente el pensamiento y peor aún, el pensamiento crítico. Lacan decía,» la palabra mata la cosa», la IA mata la creatividad en el sujeto.

  2. El cerebro es un músculo que hay que ejercitar, si no somos capaces de siquiera pensar lo que vamos a escribir lo vamos apagando, dificultando lo más importante que tenemos, la capacidad de elaborar un pensamiento crítico.
    La IA es una herramienta, no algo que hace todo por uno. Hay que darse un poquito más de valor y no permitir que termine quitándonos lo que nos hace ser seres humanos.

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