Por José Mariano.
Articular históricamente el pasado no significa conocerlo «tal como verdaderamente fue», sino apoderarse de él de una manera que lo ilumine de manera diferente.
Walter Benjamin.
Siempre trato de escribir corto, pero hoy no alcanza. Llegamos a la penúltima entrega de este año. No sabíamos que estábamos escribiendo un trayecto, lo entendemos recién ahora, cuando las editoriales, esas interrupciones semanales lanzadas contra la velocidad, empiezan a ordenarse como piezas de una figura que no veíamos mientras avanzábamos. Treinta y ocho semanas después, el año deja ver su constelación, no el país que narran los otros, sino el que se revela cuando la mirada se detiene.
Fuga no fue un archivo de actualidad. Fue un modo de suspender el tiempo lo suficiente como para leer lo que la época intenta ocultar con ruido. Cada texto fue un destello, una herida breve en la superficie del relato, una forma de decir que todavía es posible pensar antes de obedecer.
Y lo que aparece no es un balance ni una síntesis, sino fragmentos de una comprensión que sólo se vuelve visible al final del trayecto: treinta y ocho tesis.
1. Cómo te la cuentan: No vemos la realidad, vemos el guion que otros montan para que la aceptemos como inevitable. Cada hecho llega ya encuadrado, iluminado y ordenado para dirigir nuestra mirada. La información no describe el mundo, lo fabrica como una escena. El poder no está en lo que se dice, sino en la arquitectura de lo decible, en aquello que vuelve impensable todo lo que queda fuera del marco.
2. La guerra de los sesgos: El sesgo no es un desvío, es la forma en que evitamos revisar lo que creemos. Por eso dejamos de discutir ideas y empezamos a discutir identidades. La hemiplejía moral sostiene la escena, lo que criticamos en el otro, lo justificamos en los nuestros. Y mientras creemos enfrentar a un adversario, respondemos a un guion que nos enfrenta por anticipado.
3. ¿Qué es la cultura del poder?: Es el conjunto de prácticas, hábitos y creencias que naturalizan quién manda y por qué. Se sostiene en repeticiones, privilegios y pactos que no se nombran. Con el tiempo, lo excepcional se vuelve normal y el cargo deja de ser representación para convertirse en acumulación. Alcanza su forma más eficaz cuando se vuelve cotidiana y cuando nadie se pregunta por qué sigue funcionando.
4. La economía de la obediencia: Es el sistema mediante el cual el orden se sostiene distribuyendo beneficios arriba y resignación abajo. El sistema ofrece gestos simbólicos que no cambian nada, pero mantienen la calma. No necesita engañar: basta con que la gente deje de esperar. Por eso la obediencia funciona como el impuesto más estable de la vida social.
5. Siempre es ayer: En Argentina, el tiempo gira sobre sí mismo. Las promesas regresan como decretos viejos y las crisis repiten un libreto conocido. Nada empieza de cero; todo vuelve como novedad gastada. El dólar confirma un miedo aprendido y la historia se repite porque la escriben siempre los mismos. Por eso el futuro llega envejecido.
6. En busca del pensamiento perdido: Una época se oscurece cuando deja de preguntarse por qué piensa. La saturación informativa reemplaza la duda por confirmación y el criterio por algoritmo. No hace falta prohibir el pensamiento cuando basta con anestesiar la atención. Así se pierde la libertad, primero dejamos de cuestionar, después dejamos de elegir. Pensar vuelve a ser un acto de resistencia.
7. Nadie nos obliga, nos gobiernan desde adentro: El poder actual no necesita reprimir, moldea el deseo. Obedecemos sin notarlo y trabajamos más cuanto más sentimos que lo elegimos. La vigilancia se vuelve autodisciplina y la orden se confunde con la voluntad propia. La libertad dura hasta que preguntamos de dónde vienen nuestros deseos.
8. La puerta está abierta: La puerta de la democracia está abierta, pero conduce a un patio sin salida. El rito funciona, las instituciones también, pero las decisiones ya estaban tomadas antes de entrar. Los pactos viejos y los apellidos heredados actúan como guardianes invisibles. La inclusión existe, pero es arquitectónica, se puede entrar, sí, pero nada se mueve.
9. Entretenidos hasta morir: La distracción dejó de ser un descanso y pasó a ser el sistema de control. El espectáculo ocupó la política, la atención y hasta la sensibilidad. Mientras miramos, el mundo se reorganiza sin testigos y lo urgente se diluye en estímulos. El poder no censura, se encarga de saturarnos. Así renunciamos sin notarlo, convencidos de que entretenerse es vivir.
10. El poder se devora a sí mismo: En Argentina, cada liderazgo anula a quienes vienen después y cada generación política se agota antes de volverse tradición. El sistema asegura su continuidad impidiendo el relevo. El poder prolongado termina devorando la legitimidad que lo sostiene y gobierna negando el futuro. La caída no viene de afuera, nace del intento de perpetuarse.
11. La velocidad del olvido: El presente se volvió un zapping continuo donde la memoria se disuelve antes de fijarse. Hoy se gobierna con distracciones que informan sin permitir comprender. Un país apresurado llega tarde a sí mismo, corre para no mirar, reacciona para no pensar y olvida para no doler. En ese ritmo, la lucidez se confunde con cinismo y la repetición con destino.
12. Corso e ricorso: La historia argentina no avanza en línea recta, gira en círculos que nunca regresan al mismo punto. Cada ascenso lleva su caída y cada caída deja un aprendizaje que evita volver al inicio. Lo que llamamos cambio suele ser el regreso de lo mismo con una pequeña variación que, con el tiempo, altera el conjunto. Así tropieza el país, siempre en círculo, pero un poco más arriba.
13. El jardín del relato argentino: En Argentina, lo real queda detrás de su interpretación. Discutimos más el sentido de los hechos que sus consecuencias, y cada crisis repite la misma escena. El relato funciona como una jardinería que poda, selecciona y oculta. Y mientras debatimos qué significa el jardín, se marchita la vida concreta que debería sostenerlo.
14. Cuando todo estalla a la vez: Una época saturada de imágenes convierte cada crisis en ruido y cada ruido en cortina. Lo importante no está en lo que se muestra, sino en lo que se omite. Las crisis se contagian porque comparten un origen que el sistema intenta silenciar. Lo que estalla no es un hecho aislado, sino la acumulación de lo que no vimos, o no nos dejaron ver.
15. Lo que queda después del ruido: El ruido no informa, llena todo con urgencias que se disuelven antes de comprenderse. Así, lo esencial queda oculto bajo un brillo que impide pensar y sentir. Cuando el estruendo baja, aparece el daño, la atención fragmentada, la pérdida de profundidad, la confusión entre lo importante y lo accesorio. El silencio revela lo que el ruido tapaba, el espacio mínimo donde todavía es posible actuar.
16. La fatiga moral: La época no nos quiebra por exceso de horror, sino por exceso de exposición, vemos demasiado y sentimos cada vez menos. La indignación, usada hasta el desgaste, se vuelve rutina y luego cinismo. El poder vence cuando la tragedia se vuelve paisaje y lo intolerable se confunde con lo cotidiano. El cansancio es la forma más estable de la derrota.
17. Cuando no sabemos lo que sabemos: La ignorancia actual no nace de la falta, sino del exceso, lo vemos todo, lo entendemos todo y aun así no cambiamos nada. Conocemos la trampa, el poder y la corrupción, pero seguimos actuando como si la lucidez alcanzara por sí sola. Es el cinismo ilustrado, comprender sin transformar. Entre tantos datos y tanta conciencia, lo esencial —el coraje de interrumpir— queda oculto.
18. ¿Humano, demasiado humano?: Lo humano se pierde bajo la presión de lo técnico, pensamos menos porque procesamos de más. La mente saturada delega su lucidez en máquinas que filtran y deciden antes que nosotros. En ese flujo, la autonomía se vuelve ilusión y la responsabilidad se diluye. Pero lo humano persiste en una fisura mínima, una pausa, un desvío, un gesto no previsto que interrumpe el ritmo de la máquina.
19. El país como síntoma: Argentina no es un conflicto político, sino un malestar que vuelve en cada elección como una fiebre que no baja. Los rostros cambian y las promesas se reciclan, pero el síntoma persiste, un déjà vu que convierte el futuro en repetición y la democracia en escenario. Interpretar al país es leer lo que su angustia revela y la política oculta. Aquí la crisis no se resuelve; se utiliza como herramienta del poder.
20. Todos los mundos posibles: El futuro no es una línea, es un jardín de senderos que se bifurcan. Cada decisión abre un sendero y deja vibrando otros que no desaparecen, sólo insisten desde lo posible. La realidad es apenas una versión entre muchas. Lo político comienza cuando recordamos que nada está cerrado, que lo que parece destino es una costumbre repetida. Elegir es siempre bifurcar, abrir un mundo y clausurar otro.
21. El último círculo: La política argentina gira en su propio infierno, un sistema donde la traición no se castiga, sino que se recompensa. Los mismos actores se reciclan, cambian de máscara, de bando y de discurso, pero nunca de lógica. Aquí los círculos no encierran. El país gira alrededor de su propia hoguera, y cada traición alimenta el fuego sin que nadie se dé por traicionado. El cinismo no es un síntoma, es la atmósfera de lo cotidiano.
22. Elogio de la locura: En tiempos de obediencia masiva, la cordura es apenas adaptación al clima político. La locura, en cambio, ve lo que otros prefieren ignorar, la hipocresía ritual, el cinismo repetido, la indignación en serie. La lucidez adopta la forma del desvío porque sólo el desvío rompe el guion. En un país donde la cordura es sumisión elegante, la locura es otra forma de libertad.
23. La virtud del egoísmo: Cuando todo se derrumba, la virtud no está en el sacrificio sino en sostener una vida sin depender de favores ni ficciones morales. El egoísmo virtuoso no es codicia, es la búsqueda de autonomía frente a la deuda eterna, la doble moral y la obediencia disfrazada de civismo. En una tierra habituada a mendigar aprobación, preservar la propia libertad es una herejía.
24. La capacidad negativa: Resistir no es responder rápido, es sostener el vacío sin llenarlo con certezas pobres. En un país que fabrica guiones urgentes, la verdadera lucidez consiste en habitar la intemperie, aceptar lo que no sabemos, dejar que lo incómodo hable. El silencio piensa, allí donde la ansiedad busca negarnos, la capacidad negativa abre espacio a lo nuevo. Lo que se resiste a nombrarse es, a veces, lo único verdadero.
25. Tesis sobre la historia La historia no es una línea continua, sino un destello que revela, por un instante, la verdad de una época. Cada tiempo condensa su sentido en una imagen; el ángel de la historia, la ruina que persiste, el progreso convertido en tormenta. Mirar esas imágenes es resistir el relato triunfal; es reconocer que el porvenir sólo se abre cuando entendemos lo que el huracán deja a su paso.
26. El analfabeto político: Quien se retira de lo público no se protege, queda a merced del guion que otros escriben para él. La indiferencia no es neutralidad, es una forma de complicidad. En un país donde cada precio, cada derecho y cada ruina es una decisión política, desentenderse es renunciar a la propia vida. La alfabetización política empieza cuando entendemos que lo que ignoramos nos gobierna.
27. La máquina de la esperanza: La esperanza ya no es una emoción, es un dispositivo de control. Se fabrica, se administra, se recicla como un recurso electoral que promete futuros en serie sin transformar el presente. Produce luz incluso en la nada porque está diseñada para sostener expectativas, no para cumplirlas. Es una técnica que simula horizontes mientras el futuro real queda suspendido.
28. La economía del miedo: El miedo es la moneda más estable del sistema, no devalúa, no necesita respaldo y siempre encuentra administradores dispuestos a hacerlo circular. Medios, mercados y política lo distribuyen como un recurso renovable que garantiza obediencia y sostiene un presente sin salida. Circula sin bancos, sin Estado y sin freno porque es rentable. Y mientras más incierto el mañana, más valioso se vuelve.
29. Historia de un país partido en dos: La grieta no es accidente ni coyuntura, sino la arquitectura emocional que organizó nuestra vida pública desde el origen. Las mitades no se destruyen, se necesitan mutuamente. Se espejan en sus odios y en sus mitos, repiten sus gestos con otros nombres y convierten la diferencia en trinchera. La división es la pedagogía política de un país que aprendió a existir en contra de alguien.
30. Interrupción: En una época gobernada por la velocidad, detenerse no es pasividad, es la oportunidad de una revelación. El pensamiento aparece sólo cuando cesa la inercia, cuando el flujo se corta y la escena se ilumina. Interrumpir es un acto político, suspende el espectáculo, recupera la experiencia, abre la posibilidad de lo nuevo. La acción, a veces, comienza cuando el movimiento cesa.
31. La ilusión del cambio: El sistema necesita movimiento para que nada se transforme. Cambian los rostros, cambian los colores, cambian los discursos, pero el fondo permanece intacto porque la novedad funciona como cortina. Las sombras se renuevan; la estructura, no. Confundimos rotación con transformación porque el poder aprendió a administrar el deseo de cambio sin modificar nada esencial.
32. Elecciones: El voto expresa menos lo que queremos que lo que nos permitieron desear. La campaña fabrica la ilusión de elección mientras reduce nuestras opciones a un menú preestablecido. Elegir no es decidir, es aceptar la coreografía del sistema, un rito que necesita nuestra obediencia más que nuestra convicción. En tiempos de espectáculo político, el voto es menos soberanía que guion.
33. Cambio de época: Una época cae cuando sus ficciones ya no logran sostenerse, cuando las palabras se vacían, las promesas se repiten sin efecto y los rituales políticos pierden su poder de encantamiento. El derrumbe no empieza en las instituciones, sino en la mente, en la fatiga del relato, en la erosión de la obediencia simbólica, en la ruptura del pacto emocional que ordenaba la vida pública. Lo viejo deja de ser posible antes de que lo nuevo exista.
34. El ocaso de los ídolos: Los ídolos caen no por ataque externo, sino por el peso de nuestras propias proyecciones, les pedimos que expliquen el mundo, que lo ordenen, que nos salven. Cuando esas ficciones ya no pueden sostener la realidad, se derrumban junto con la imagen que teníamos de nosotros mismos. La madurez comienza cuando dejamos de esperar redentores y aceptamos la tarea de crear sentido sin intermediarios.
35. La rebelión de las masas: La masa no pide justicia, pide contención frente a un sistema que ya no la representa. Su desborde no nace de la irracionalidad, sino de la saturación, de haber sido hablada demasiado tiempo por otros. La multitud se rebela antes de articular porque lo que colapsa no es su voz, sino el dispositivo que pretendía hablar por ella.
36. Las imágenes que nos piensan: Ya no miramos, somos mirados por imágenes que procesan el mundo antes que nosotros. Se adelantan, calculan, deciden, recortan. La época se imprime en las retinas antes que en las ideas porque la percepción dejó de ser interpretación y pasó a ser captura. Las imágenes operan. Y en esa velocidad, piensan por nosotros.
37. Capitalismo Rojo: El capitalismo no se justifica. Su única moral es el movimiento, porque lo que no fluye se pudre y lo que se estanca corrompe. La riqueza que no vuelve al país que la generó es también corrupción, una balcanización del capital que enferma a todos, incluso a quienes la retienen. El capitalismo rojo nombra esa tensión vital, un sistema que sólo vive cuando reinvierte, cuando respira, cuando acepta que la circulación es su forma de justicia.
38. El hombre rebelde: Rebelarse hoy no es gritar, es comprender sin domesticar. Es sostener un “no” que restituye un límite allí donde la época lo borró. La lucidez es un acto de desobediencia porque exige pensar sin delegar, sentir sin anestesia y elegir sin obedecer al catálogo del presente. La rebeldía empieza cuando la conciencia deja de ser administrada.
Estos fragmentos no buscan concluir nada; son sólo destellos que se hacen visibles cuando el ruido por fin se retira. No intentan explicar la época, la dejan respirar. Llegamos al borde, y es solo desde allí que ciertas palabras pueden ser pronunciadas. La próxima entrega no será un cierre ni un balance, sino un nuevo comienzo que no se puede dar por terminado.
Bienvenidos a la Edición 39.
Esto es Fuga.

Pasaron 39 ediciones, conducidas por increíbles editoriales… que alegría