InicioComportamientos contemporáneosPolarización: un problema político, pero también cultural

Polarización: un problema político, pero también cultural

Publicado el

Por María José Barrionuevo Gallo.

En los últimos años, discutir de política en Argentina se volvió cada vez más parecido a entrar en un campo de batalla. Las posiciones se endurecen, los matices desaparecen y muchas conversaciones terminan organizándose en torno a bandos enfrentados. La polarización se convirtió así en una de las palabras más utilizadas para describir el clima político actual.

En ese contexto, buena parte de la estrategia política se apoya en un argumento conocido: “si no me votás a mí, gana el peor”. Pero pensar la polarización únicamente como una estrategia de los dirigentes puede resultar insuficiente. La pregunta sociológica es otra, y quizás más incómoda: ¿por qué ese tipo de discurso encuentra terreno fértil en la sociedad?

Parte de la respuesta tiene que ver con el modo en que hoy circula la información. En las sociedades contemporáneas, las personas están expuestas a una cantidad enorme de datos, opiniones y debates sobre política, economía o ciencia. El sociólogo Anthony Giddens describe este fenómeno como parte de una sociedad cada vez más reflexiva, en la que el conocimiento sobre la vida social circula de manera permanente y las personas participan activamente en su interpretación.

Sin embargo, ese mismo contexto produce una paradoja. La sobreabundancia de información convive muchas veces con interpretaciones rápidas, simplificadas y emocionalmente intensas. Frente a un mundo complejo y cambiante, las explicaciones binarias —nosotros contra ellos, buenos contra malos— ofrecen una forma inmediata de ordenar la realidad.

Aquí aparece otro elemento que la sociología permite comprender. Las personas no interpretan la realidad desde cero cada vez que enfrentan un problema o un conflicto. A lo largo de la vida incorporamos formas de percibir y clasificar el mundo que aprendemos en distintos espacios de socialización.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu llamó a esos esquemas habitus: disposiciones duraderas que orientan nuestra forma de percibir, pensar y actuar. En la vida cotidiana, estos esquemas funcionan como principios prácticos que nos permiten ordenar rápidamente la complejidad del mundo. Clasificamos situaciones, personas o acontecimientos mediante oposiciones simples: correcto o incorrecto, legítimo o ilegítimo, cercano o distante.

No analizamos cada situación desde cero. Interpretamos el mundo a partir de categorías que aprendimos a lo largo de nuestra trayectoria social.

Una parte importante de ese aprendizaje ocurre en la infancia.

Durante años trabajé como docente en el Nivel Inicial, y esa experiencia permite observar cómo muchas narrativas educativas tempranas se estructuran en torno a oposiciones claras: el héroe y el villano, los buenos y los malos. Esa simplificación cumple una función pedagógica comprensible en las primeras etapas del aprendizaje, cuando el objetivo principal es ofrecer marcos básicos para interpretar historias y acontecimientos.

El problema aparece más adelante. A medida que los estudiantes crecen, la educación debería introducir herramientas para complejizar esos relatos, problematizar los procesos históricos y comprender que los fenómenos sociales rara vez pueden reducirse a la lógica de los buenos y los malos.

La sociología, de hecho, se construye precisamente a partir de esa tarea: cuestionar las interpretaciones simplificadas y examinar la complejidad de la vida social. Fomentar el pensamiento crítico implica también enseñar a problematizar los relatos, preguntarse por qué ciertos procesos se narran de una manera y no de otra, y reconocer que toda interpretación supone siempre una mirada particular.

En Argentina existe incluso una metáfora cultural muy clara para describir estas dinámicas: el clásico River–Boca. No se trata solo de fútbol, sino de una forma de entender las disputas como enfrentamientos entre bandos irreconciliables, donde cada lado reafirma su identidad en oposición al otro.

La política contemporánea se mueve con facilidad dentro de ese terreno simbólico. Cuando el debate público se organiza en torno a identidades enfrentadas, el espacio para los matices se reduce y la discusión se vuelve cada vez más emocional.

Por supuesto, la polarización no se explica únicamente por factores culturales. También intervienen estrategias políticas, dinámicas mediáticas y transformaciones económicas. Pero observar el fenómeno desde una perspectiva sociológica permite advertir que el problema no comienza solamente en la política.

Tal vez el desafío sea más profundo.

No se trata únicamente de moderar el lenguaje de los dirigentes o mejorar la calidad del debate público, sino también de revisar las formas culturales a través de las cuales aprendemos a interpretar la realidad.

Si desde la infancia incorporamos esquemas que organizan el mundo en términos de bandos opuestos, difícilmente la vida pública pueda escapar completamente a esa lógica.

En ese sentido, la despolarización tal vez no empiece en la política.

Empieza mucho antes.

Empieza en la cultura.
En la educación.
Y en la manera en que aprendemos a pensar el mundo social.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

últimas noticas

Memoria incompleta

Por José Mariano. “El mayor mal en el mundo es el mal cometido por nadie.” —...

¿Estamos mal, pero vamos bien o estamos bien, pero vamos mal?


Por Enrico Colombres. “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan...

En defensa del empleado público

Por Nicolás Gómez. Existe hoy, en buena parte de la conversación pública argentina, una sospecha...

La batalla de las dos culturas

Por María José Mazocato. En Medio Oriente, la guerra ya no sorprende. Se ha vuelto...

Más noticias

Memoria incompleta

Por José Mariano. “El mayor mal en el mundo es el mal cometido por nadie.” —...

¿Estamos mal, pero vamos bien o estamos bien, pero vamos mal?


Por Enrico Colombres. “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan...

En defensa del empleado público

Por Nicolás Gómez. Existe hoy, en buena parte de la conversación pública argentina, una sospecha...