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Adiós, intelectualidad

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Por Juan Cruz Ara Aimar.

Sociedad fragmentada, relativismo campante, ausencia de un sistema de significación compartido unánimemente. A los ojos de cualquier analista social, el diagnóstico sería el mismo: una época de crisis. Y la prospectiva sería, por lo menos, desalentadora. Un escenario de ese estilo sólo puede conducir a estallidos de violencia, a la concentración del poder, al debilitamiento de la democracia. En resumen, al fascismo.

Lo curioso de estas escenas de la vida posmoderna (Sarlo dixit) es que no son tales. No, al menos, de manera exclusiva. Fueron advertidas y estudiadas hace alrededor de cien años por Karl Mannheim —un reconocido sociólogo austrohúngaro que vivió en Alemania e Inglaterra— en su obra más célebre: Ideología y utopía. Allí, Mannheim esboza la primera sociología del conocimiento como una respuesta racional al nihilismo que se cernía en Europa por aquel entonces.

La obra se puede sintetizar de la siguiente manera. Primero, Mannheim generaliza la noción de ideología propia del marxismo, que deja de ser un atributo exclusivo de la burguesía para transformarse en una característica de cualquier grupo social. De allí a la utilización de otro concepto, no tan afamado pero sí adecuado: perspectiva. Segundo, Mannheim distingue entre una ideología particular y otra general. Esta última hace referencia a una visión del mundo, una perspectiva integral de cada colectivo. Por último, con los términos “ideología” y “utopía” diferencia los complejos de ideas que intentan mantener o modificar el status quo, respectivamente.

Es cierto que, en lugar de luchar contra la incertidumbre provocada por el relativismo, la teoría de Mannheim parece acentuarla. Al fin y al cabo, la diferencia de perspectivas se vuelve un dato, algo inobjetable y, en principio, inmodificable. Él es consciente de esto. Y para eso bosqueja dos respuestas que funcionan de manera conjunta: una visión globalizadora y una intelectualidad independiente. La visión globalizadora no es otra que la propia sociología del conocimiento, una perspectiva racional que intenta desentrañar las raíces de los problemas y desacuerdos para elaborar una respuesta que abarque las posturas de todos los observadores.

La intelectualidad, por su parte, es un concepto difícil de traducir. Mannheim utiliza la expresión alemana sozial freischwebende Intelligenz, que ha sido traducida como “socially unattached intellectuals” en inglés y “intellectualité sans attaches” en francés. Otro término extendido es el de intelligentsia —a su vez del ruso intelliguéntsiya. Cualquiera sea el nombre utilizado, la intelectualidad refiere a un colectivo amplio de personas letradas —científicos, escritores, pensadores, políticos y periodistas— conscientes de los fenómenos y problemáticas de la actualidad. Sin embargo, no conforma una clase social ni mucho menos un partido político. No tiene nada que ver con la idea de un “gobierno de expertos”. Mannheim es muy claro al respecto: “la formación de un partido de los intelectuales llevaría inevitablemente hacia el fascismo”. En todo caso, se trata de “centinelas en una noche que, sin ellos, sería oscura como la boca de un lobo”.

La historia es harto conocida. Las ideas de Mannheim no prosperaron y sus pronósticos se volvieron realidad. El fascismo se apoderó de Europa central —con el apoyo o el silencio cómplice de muchos intelectuales— y la Segunda Guerra Mundial regó la tierra con la sangre de millones de soldados y civiles —sin mencionar el Holocausto ni los crímenes de guerra o de lesa humanidad—. Pero esos años de horror y destrucción fueron seguidos por tiempos de prosperidad. El capitalismo y el comunismo dividieron el mundo como dos formas de producción, pero también como cosmovisiones, como formas válidas de pensar y significar la realidad.

Ese mundo bipolar cayó con el muro de Berlín, aunque en el apartado económico el neoliberalismo avanzó a paso firme a partir de los años setenta. Desde entonces, las sucesivas crisis sembraron el campo social con un nuevo nihilismo. Bajo la premisa indiscutida en la praxis de que “no hay alternativa”, se alternaron gobiernos de izquierda y derecha que acordaron una serie de pautas mínimas de convivencia. Entre ellas, la defensa de la democracia y la necesidad de un cordón sanitario para las expresiones más radicales o violentas, aquellas que todavía estaban frescas en la memoria. Pero el tiempo pasa indefectiblemente. Hace unos años que la democracia está bajo asedio y el cordón sanitario se ha desmoronado. Y esto nos coloca en la misma encrucijada que Mannheim enfrentó hace casi cien años, con el lamentable añadido de que su idea de intelectualidad parece imposible.

Esto último se debe, en principio, a dos problemas. El primero es que tanto la ciencia como la intelectualidad están en retirada, deslegitimadas por errores propios, sí, pero sobre todo por las expectativas incumplidas y las nuevas expresiones de la derecha que, como buenos aprendices del fascismo, desalientan y atacan al pensamiento crítico e independiente. Lo llamativo, en todo caso, es que esta situación parece transversal. No sólo las ciencias sociales o el periodismo son acechados por su falta de rigurosidad o efectos. Se descree también de las ciencias duras, que ocuparon el pedestal más alto del conocimiento humano, cuando sus resultados no convencen o contradicen los intereses del partido gobernante, como sucede con el calentamiento global. La única disciplina que parece mantener cierta legitimidad es la economía, más allá de que se ha demostrado que su capacidad para generar prosperidad y, sobre todo, para vaticinar crisis, es bastante limitada.

El segundo problema está relacionado con la proliferación de internet, las redes sociales y sus voceros principales: instagramers, youtubers y toda una cofradía de pseudo intelectuales que llenan ese espacio que, quiérase o no, le da voz a la realidad. Esto no significa caer en una visión elitista. Es cierto que, en principio, internet tiene lugar para todo y que existen productos interesantes. Pero no menos cierto es que este tipo de contenido no suele ser el más divulgado o “viralizado”.

La situación, en suma, luce bastante engorrosa. Las personas están encerradas en sus propias esferas, al decir de Peter Sloterdijk; rechazan cualquier información que no coincida con su punto de vista; descalifican toda perspectiva distinta; destruyen cualquier puente que intente trazar una comunicación con el otro. Y cuando el diálogo se ausenta, cuando la palabra no se pronuncia, aparece la violencia. Si Mannheim está en lo cierto, recuperar la idea de intelectualidad es una tarea más urgente de lo que parece.

 

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