Por Fabián Soberón*
El éxtasis que produce una película, un libro, una pieza teatral, una música excede el valor monetario de su producción. ¿Puede medirse el efecto que genera un poema? Por otro lado, la producción cultural implica un trabajo. Los que hacemos películas o libros somos trabajadores y necesitamos el apoyo del Estado y del orden privado para concretar los proyectos. Las artes procuran eso que los griegos ponían como fin último de la vida: la felicidad. Tengo para mí que todo apoyo es bienvenido: el estatal y el privado. Desde el punto de vista de la producción, las artes se mueven entre el dinero para crear y lo invaluable, aquello que no puede medirse en términos monetarios. Desde el punto de vista de la creación, un poema de Emily Dickinson o los teoremas de Kurt Gödel no tienen precio, sus efectos exceden la demanda mercantil. El financiamiento estatal de las ciencias contribuye a que los beneficios del descubrimiento científico tengan una distribución más igualitaria. Se debe apoyar el desarrollo del pensamiento científico más allá de sus resultados prácticos.
No se puede financiar una investigación científica o filosófica considerando sólo las consecuencias empíricas. La filosofía y la vida contemplativa son inútiles, no se guían por el criterio de la utilidad. Es fundamental financiar la inutilidad de la filosofía. La filosofía no produce objetos prácticos, pero nos ayuda a pensar en nuestra finitud y en la relación con el mundo. La proyección de la contemplación en la praxis provee alegría, interrogación o incertidumbre. La filosofía amplía nuestra manera de indagar en la condición humana. El pensamiento nos ayuda a ser libres y es una actividad que escapa a la medida productiva del mercado.
El criterio para financiar una actividad de la cultura no debe depender exclusivamente de la eficacia o de la productividad.
* Escritor, cineasta y profesor universitario.
