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¿Somos un país racista?

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Por Rodri Fers.

El relato que la Argentina no es un país racista tuvo su auge hace cuatro años. En esos momentos se daba a conocer la lista de convocados que conformarían el equipo de fútbol masculino para competir en el Mundial de la FIFA, y del que luego sería campeón. En las redes, inmediatamente, llamó la atención la ausencia de un jugador afrodescendendiente, lo que comenzó con la polémica sobre si éramos una sociedad racista.

Este verano volvió a interpelarnos el tema. Primero con el jugador de fútbol Gianluca Prestianni, que habría tenido dichos racistas en contra del brasilero Vinicius en un partido de la Champion League. Y más reciente, tenemos el caso de Agostina Páez, que recientemente fue liberada luego de haber efectuado gestos racistas en Rio de Janeiro, encendiendo posiciones encontradas en todo el mundo. 

De aquí es que me pregunto: ¿Somos racistas? ¿Qué nos hace pensar que no lo somos?

Hace unos meses circuló en redes un ranking (US News Racial Equity) que ubicaba a Argentina entre los países “menos racistas” del mundo. El dato pasó desapercibido, pero no para mí. Fui a averiguar qué parámetros usaban para medir esta cuestión. Claro, uno de los indicadores más fuertes son las condenas firmes por actos racistas. En Argentina, ninguna. Los mismos informes (Encuesta de la Unión Europea sobre Minorías y Discriminación (EU-MIDIS II) de la FRA) muestran que en nuestro país aparece bien posicionada en términos de equidad racial comparada. Incluso, lo que los maestros en la primaria nos enseñaron, es que nuestra sociedad nace a partir del mestizaje, o cruza de razas allá en épocas independentistas.

Cómo en mi vida me dediqué a leer -mucho tiempo- leyes, me fui a consultar la nro. 23.529 (1988) que prohíbe la discriminación por raza, obliga a cesar el acto discriminatorio y reparar el daño moral y material, además de establecer agravantes en el Código Penal para delitos motivados por racismo (art. 80 CP). Asimismo, la autoridad de aplicación es el INADI, creado por ley 24.515, hoy disuelto mediante el Decreto 696/2024. En la actualidad, el único organismo encargado del combatir el racismo es DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, cuya misión principal es luchar contra el antisemitismo, la discriminación y el racismo. 

A nivel internacional, en 1967, Argentina suscribió la Convención Internacional sobre Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial que hoy constituye el bloque constitucional (art. 75 inc. 22), lo que supone que es ley fundamental para nuestro país.

Entre 2008 y 2022 hubo entre 1.800 y 2.800 denuncias, siendo que sólo el 5.8% correspondió a nacionalidad o migración. El 20,9% fue por “discapacidad” y el 10,2% por “aspecto físico”. Sin embargo, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial realizó un informe sobre Argentina en 2023, donde indica que, según el “Mapa Nacional de la Discriminación 2019” del INADI, 72% de la población encuestada manifestó haber experimentado discriminación, un aumento con relación al 65% de 2013. Apuntó asimismo que un 60% de personas no sabe que es posible denunciar la discriminación judicialmente. 

Si partimos de un concepto sobre racismo, que supone ideología, sistema o conducta que sostiene la superioridad de un grupo étnico sobre otros, basándose en características como el color de piel, cultura u origen, creo que no podemos afirmar que Argentina no es un país racista. La Ley dice que impedir, obstruir, restringir, o menoscabar el ejercicio pleno de los derechos sobre bases igualitarias. Por lo contrario, podemos afirmar que nuestra sociedad se ve sumergido en un velo de oscuridad respecto del racismo. Creemos que el racismo no es importante, porque se nos dijo que en Argentina no hay razas más que el mestizo. 

Hablando de mestizo, en nuestro país la fractura de la sociedad, respecto este tema, no es una cosa de hoy. En el “Manual de Zonceras Argentinas” (1968), Arturo Jauretche nombra como la Zoncera más grande en la historia de nuestro país, madre de las demás, es lo que Domingo Faustino Sarmiento que la trae en las primeras páginas de “Facundo”, que la denominó “Civilización y Barbarie”. Tiene múltiples análisis, pero a efectos del tema que estoy tratando, ser “Europeo” era sinónimo de progreso. 

Es que como siempre afirmé (y perdón que me desvíe un poco del tema), Sarmiento y Alberdi querían cambiar al pueblo; cuando en realidad el pueblo, conformado por inmigrantes, adoptaron nuestra cultura. Las ideas liberales de Alberdi, o los código decimonónicos que surgieron a partir de la Constitución, fracasaron sociológicamente, porque intentaron instalar un modelo de país que la sociedad no sentía. 

Bueno, volviendo, del lema “Civilización y Barbarie”, un poco antes tuvimos la Asamblea del año XIII en la que se dictó la libertad de vientre, y luego con la Constitución del 53/60´ quedó abolida completamente la esclavitud. Algunos sostienen que la “raza negra” en nuestro país fue diluyéndose. Otros, que la mayoría huyeron al beneficioso régimen de Artigas en Uruguay. 

Lo cierto es en nuestro país, la sociedad se ve tapado por un velo de ignorancia sobre la discriminación racial. No tuvimos educados para verla, ni tampoco le damos la visibilidad que merece. Pero si, somos un país racista. Porque no solamente somos mulatos ni mestizos, sino que convivimos con muchas más etnias. Nuestros pueblos originarios son los marginados más visibles en nuestro país. Siempre los consideramos inferiores, y hasta incluso, creemos que su etnia es un “negociado”. Basta con visitar Tafí del Valle y Amaicha unas horas para verlo. 

Los espacios de poder económico, político y simbólico (como los medios de comunicación o las ficciones), no suele haber representación de personas con rasgos indígenas. En las redes se popularizó el término “marrón”, porque las políticas de internet si uno escribe “negro”, recibe instantáneamente un “ban” (prohibición o veto). Reemplazamos, y naturalizamos una forma de discriminar. 

El racismo inmerso de manera silenciosa en nuestra sociedad, hizo que se limite el acceso a sectores hegemónicos y perpetuó brechas casi irremediables. Se instala la vergüenza como mecanismo, ya que los individuos sienten -al menos- que no es “cómodo” o correcto identificarse con sus raíces étnicas, o indígenas, a diferencia de lo que ocurre con quienes pueden expresar libremente tener ascendencia europea.

Creemos que al tener en nuestro fuero interno no dañar a otra persona por actos racista, supone que no somos racista. Todo lo contrario, el antiracismo no protege a quién lo comete, sino a quién lo recibe. El uso recurrente de estos términos refuerza la asociación del color de piel con connotaciones negativas en el inconsciente colectivo.

Sin embargo, y en el medio, nos rebajamos socialmente a personas que piensan politícamente diferente. Por ejemplo, se instala que ser “kuka” es ser moralmente inferior. Este backlash se explica sólo en el contexto del racismo que se muestra como reacción de la derecha ultraconservadora. Se empezó a cuestionar derechos o definiciones que teníamos aceptadas socialmente, y que se habían logrado integrar culturalmente.  

Mi “negrito”, mi “negrita”, nos decimos por cariño. Pero si analizamos más a fondo, es una racialización silenciosa. Lo tenemos tan naturalizado que solo evidencia lo racista que nos hemos convertido. 

La ausencia de leyes segregacionsitas como las hay en Brasil, no supone que no sean un problema que al menos nos tenemos que sentar a charlar. El hecho de  que no nos sintamos racistas, no supone que no lo somos.

No es suficiente con que sea «no racista», debe ser anti-racista.

7 COMENTARIOS

  1. Me pregunto si en este tema no hay también un componente biológico más allá del cultural. Si no hay algo en la naturaleza humana que nos predisponga de alguna forma al rechazo de lo distinto en un primer momento, para que luego esto se propague culturalmente a través de las generaciones, aunque a veces esto quede disfrazado en un manto de «respeto». Tal vez me fui por el camino errado, a veces me gusta hablar sin saber.
    Por otro lado, excelente artículo, gran tema para debate y diálogo.

    • Harari desliza que habría un genotipo en las razas negras que hicieron que toleren la esclavitud. El dice que nunca lo afirmaría…lo dejó ahí. Yo no creo que haya algo biológico

  2. Muy bueno , es bueno ver qué hay muchas formas de discriminación y quizás estemos más incerto como sociedad en otras formas de discriminación.

  3. Es increíble como estuvimos defendiendo que Argentina no es un país racista, pero cuando parás y te ponés a pensar en profundidad, te das cuenta que si lo somos. Queda un camino largo para llegar a ser anti-racistas.
    Muy buena nota, como siempre!

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