Por Susana Maidana.
“No hay relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber.”
— Michel Foucault
Hablar del amor nos conduce, casi necesariamente, al odio. No porque uno anule al otro, sino porque ambos configuran una relación conflictiva que atraviesa la condición humana. Amor y odio no son opuestos absolutos: se implican, se tensionan, se transforman mutuamente. Y en esa relación aparece una dimensión ineludible: el poder.
Pensar el amor y el odio en clave filosófica exige, entonces, desplazarlos del terreno puramente emocional para situarlos en el entramado de discursos, prácticas y relaciones que los hacen posibles.
Michel Foucault mostró que el poder no es algo que se posee, sino algo que se ejerce. No está concentrado únicamente en el Estado o en una clase social, sino que circula en todas las relaciones: entre padres e hijos, entre instituciones e individuos, entre amantes.
El poder es una red.
Y en esa red se definen también lo que amamos y lo que odiamos.
No hay discurso sin poder. Son los discursos —históricamente situados— los que establecen qué es aceptable, qué es deseable, qué es rechazable. En ese sentido, el amor y el odio no son solo experiencias íntimas, sino construcciones que emergen en un campo de fuerzas.
Esta tensión no es nueva. Ya estaba presente en la tragedia griega, donde los vínculos afectivos aparecían atravesados por el conflicto, el destino y la lucha por el poder. En Antígona, por ejemplo, el amor filial se enfrenta al poder político; en Edipo, los lazos afectivos se vuelven indistinguibles del destino trágico.
Los presocráticos también intuyeron esta dualidad. Empédocles pensó el universo como el resultado de dos fuerzas opuestas: el Amor, que une, y la Discordia, que separa. El mundo —físico y humano— sería el producto de ese movimiento constante entre atracción y repulsión.
La modernidad reformuló esta tensión en términos de deseo.
Para Baruch Spinoza, el deseo es la esencia misma del ser humano: el esfuerzo por perseverar en la existencia. De ese movimiento surgen el amor y el odio como variaciones del deseo, orientadas hacia lo que aumenta o disminuye nuestra potencia de actuar.
Pero ese deseo no es autónomo.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel mostró que deseamos lo que el otro desea. El conflicto es inevitable: múltiples deseos compiten por reconocimiento. El yo no es una entidad aislada, sino una conciencia que se constituye en relación con otras.
En ese escenario, el amor no es armonía pura.
Jean-Paul Sartre lo planteó con crudeza: amar implica siempre una tensión, porque supone el intento —nunca completamente logrado— de apropiarse de la libertad del otro. El vínculo afectivo se vuelve así un campo de disputa.
Si trasladamos estas ideas al presente, la relación entre amor, odio y poder adquiere nuevas formas.
Vivimos en un contexto atravesado por transformaciones tecnológicas, económicas y culturales que han intensificado las lógicas de competencia, exposición y control. Las redes sociales, en particular, amplifican estas dinámicas: el anonimato habilita la agresión, el algoritmo potencia la polarización y el otro aparece, con frecuencia, como amenaza.
La pandemia hizo visible esta fragilidad: el otro dejó de ser prójimo para convertirse en riesgo.
En este escenario, el odio encuentra condiciones favorables para expandirse. Se buscan culpables, se simplifican conflictos, se radicalizan posiciones. El amor, en cambio, requiere un esfuerzo mayor: implica reconocer al otro no como enemigo, sino como parte de una trama compartida.
Frente a esto, recuperar la dimensión ética del vínculo se vuelve una tarea urgente.
Albert Camus lo expresó con claridad: “Yo me rebelo, luego nosotros somos”. La rebelión no es solo un gesto individual, sino la afirmación de una solidaridad posible.
Quizás ahí se abra una salida.
No en la ilusión de eliminar el odio —un ideal al que aspiramos pero que difícilmente alcancemos—, sino en la capacidad de reconocer su lugar y no dejar que determine completamente nuestras relaciones.
Amor y odio seguirán coexistiendo.
Pero en esa tensión se define algo más profundo:
la forma en que habitamos el mundo y nos vinculamos con los otros.
- Este texto forma parte de Ideas yuxtapuestas: en busca del pensamiento perdido y fue adaptado para FUGA.
