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La nueva normalidad

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Por Juliana Sviatschi.

“Permitir que el mecanismo del mercado sea el único director del destino de los seres humanos… resultaría en la demolición de la sociedad.”

— Karl Polanyi

Hay una palabra que empezó a circular con insistencia en los últimos meses: estabilidad. Se repite en informes, discursos oficiales y análisis de mercado como si fuera una evidencia, como si su sola enunciación alcanzara para producirla. La economía argentina —se dice— finalmente se está ordenando.

Los datos parecen acompañar esa narrativa. La inflación desacelera, el déficit fiscal se corrige, el tipo de cambio se estabiliza. Después de años de desborde, algo parece, al fin, encontrar un cauce. Pero hay una pregunta que insiste, incómoda, en la experiencia cotidiana: si la economía se estabiliza, ¿por qué la vida no?

La respuesta no está únicamente en los números, sino en la tradición desde la cual esos números se interpretan. Desde los orígenes de la economía política, el problema del orden fue central. Para Adam Smith, el equilibrio emergía de una red de intercambios donde el interés individual podía, bajo ciertas condiciones, producir bienestar colectivo. Pero incluso en Smith —mucho antes de las simplificaciones contemporáneas— ese equilibrio requería un entramado moral, institucional y social que hoy parece ausente.

Dos siglos después, John Maynard Keynes advertía que las economías podían estabilizarse en niveles de equilibrio profundamente insatisfactorios. No todo equilibrio es deseable: una economía puede funcionar, y sin embargo dejar a amplios sectores fuera de toda posibilidad real. La estabilidad, en ese sentido, no es un valor en sí mismo, sino una forma cuya legitimidad depende de lo que contiene.

Lo que hoy se presenta como estabilización en Argentina parece responder más a esta segunda tradición que a la primera. No se trata de un equilibrio que emerge del dinamismo, sino de uno que se impone desde la contracción. El superávit fiscal, celebrado como un logro técnico, no es el resultado de una expansión productiva sino de un ajuste que reorganiza la estructura social. La inflación desacelera, sí, pero en el marco de una economía que también se enfría.

Milton Friedman sostenía que la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario. Pero la experiencia argentina obliga a matizar esa afirmación. La inflación no es solo una variable técnica: es también una forma de experiencia del tiempo. Cuando los precios dejan de ser referencias confiables, lo que se pierde no es únicamente poder adquisitivo, sino la posibilidad misma de proyectar. La estabilidad, entonces, no se mide solo en porcentajes, sino en la recuperación de esa confianza básica. Y eso, por ahora, no aparece.

Hay, además, un desplazamiento más profundo. La estabilidad dejó de ser una promesa social para convertirse en un objetivo técnico. En términos foucaultianos, podría decirse que asistimos a una transformación en las formas de gobierno: ya no se trata de garantizar condiciones de vida, sino de asegurar la consistencia de ciertos parámetros. La economía deja de ser un medio para organizar la vida colectiva y pasa a ser un fin en sí misma.

En este punto, la lectura de Karl Polanyi resulta iluminadora. En La gran transformación, Polanyi advertía que cuando el mercado se desancla de la sociedad, tiende a reorganizarla según sus propias lógicas, generando dislocaciones profundas. La pregunta no es si el mercado debe existir —siempre existió—, sino qué sucede cuando se convierte en el principio organizador absoluto. La Argentina actual parece atravesar, una vez más, ese momento de desanclaje.

Desde una perspectiva más contemporánea, autores como Mark Fisher describieron cómo ciertas formas de organización económica logran instalarse no solo como sistema, sino como horizonte mental. El llamado “realismo capitalista” no consiste en demostrar que un modelo es el mejor, sino en hacer que parezca el único posible. En ese marco, la estabilidad deja de ser discutida como problema político y pasa a ser aceptada como necesidad técnica.

Pero es justamente ahí donde la experiencia cotidiana introduce una fisura. Porque si bien los indicadores sugieren una mejora relativa, la vida concreta no logra traducirla. El consumo cae, la incertidumbre persiste, las expectativas se fragmentan. La estabilidad aparece, entonces, como un fenómeno abstracto, desconectado de la percepción social.

Esta distancia no es accidental. Forma parte de una redefinición más amplia del vínculo entre economía y sociedad. Como señalaba Pierre Bourdieu, las categorías económicas no son neutrales: producen realidad al mismo tiempo que la describen. Llamar “estabilidad” a un proceso de ajuste no es solo una cuestión semántica, sino una forma de ordenar la percepción de lo que está ocurriendo.

En este sentido, la economía argentina no está simplemente saliendo de la crisis, sino transitando hacia una nueva forma de normalidad. Una normalidad en la que el orden macroeconómico puede coexistir con la fragilidad social. Una normalidad en la que la estabilidad ya no se siente, porque no está diseñada para ser sentida.

Quizás por eso la discusión pública se vuelve cada vez más estrecha. Se debate la velocidad del ajuste, la consistencia del programa, la reacción de los mercados. Pero se habla menos de aquello que debería ser central: qué tipo de vida hace posible ese orden. Qué lugar ocupa el trabajo, qué margen queda para el proyecto individual, qué formas de integración social se sostienen.

Porque una economía puede estabilizarse de muchas maneras. Puede hacerlo ampliando sus bases, integrando sectores, generando nuevas posibilidades. O puede hacerlo reduciendo su escala, ajustando sus márgenes, dejando afuera a quienes no encajan en el nuevo equilibrio.

Lo que hoy se juega en Argentina no es simplemente la eficacia de un programa económico. Es la definición misma de qué entendemos por estabilidad. Y sobre todo, si estamos dispuestos a aceptar una estabilidad que, para sostenerse, necesita volverse invisible en la vida de la mayoría.

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