Por José Mariano.
“Toda realidad ignorada prepara su venganza.”
— Ortega y Gasset.
Hay una escena que se repite con una insistencia casi ritual en la política contemporánea. Dos posiciones que se presentan como irreconciliables, como si entre ellas mediara no una diferencia sino una imposibilidad absoluta de encuentro. Se nombran como izquierda y derecha, pero lo que importa no es tanto el contenido de esas palabras —cada vez más difuso, más intercambiable—. Sino la forma en que organizan la percepción del conflicto. La discusión aparece así estructurada como una oposición moral, donde cada lado se atribuye la totalidad de la razón y reduce al otro a una caricatura funcional.
Sin embargo, cuando esa escena se observa con un mínimo de distancia, lo que emerge no es la pureza de las posiciones, sino su dependencia mutua. No hay izquierda sin mercado, del mismo modo que no hay capitalismo viable sin algún tipo de contención social. La historia económica y política del último siglo lo demuestra con una claridad que no admite demasiadas excepciones. Incluso los proyectos que se pensaron como ruptura total terminaron reintroduciendo, bajo otras formas, aquello que habían negado. La planificación necesitó del incentivo. El mercado necesitó del límite. La libertad económica sin regulación produjo concentración; la regulación sin dinámica económica produjo estancamiento. En ambos casos, la corrección vino desde aquello que se había intentado excluir.
El problema es que esa dependencia estructural no suele ser reconocida. Cada posición insiste en presentarse como completa, como autosuficiente, como si pudiera sostenerse sin aquello que la contradice. Es en ese punto donde la discusión política deja de ser un campo de problemas y se transforma en un campo de identidades. Ya no se trata de pensar qué funciona, bajo qué condiciones y con qué costos, sino de sostener una pertenencia. La coherencia deja de tener una relación con la realidad y pasa a ser fidelidad a un relato.
Ortega y Gasset llamó a esto hemiplejía moral; la incapacidad de percibir la totalidad de lo real desde una posición que, por definición, sólo alcanza a ver una parte. No se trata de que una de las partes tenga razón y la otra no, sino de que ambas, al absolutizar su perspectiva, terminan deformando aquello que intentan comprender. Lo que se pierde no es el acuerdo, sino algo más básico, la posibilidad de ver la totalidad de lo real.
La política contemporánea parece organizada en torno a esa limitación asumida como virtud. La simplificación extrema no es un defecto del debate público, sino su condición de funcionamiento. Cada discurso se vuelve más eficaz en la medida en que reduce la complejidad, en que elimina matices, en que convierte problemas estructurales en consignas fácilmente transmisibles. En ese proceso, las contradicciones no desaparecen: quedan desplazadas, latentes, esperando el momento en que la realidad vuelva a imponerlas.
Y la realidad siempre vuelve.
Vuelve cuando un gobierno que se define por la ampliación de derechos necesita ajustar variables económicas que esos mismos derechos tensionan. Vuelve cuando un programa de apertura de mercados requiere, para sostenerse, de políticas de protección que eviten su propio colapso social. Vuelve cuando aquello que se negó en nombre de la pureza ideológica reaparece como condición de posibilidad de cualquier práctica efectiva.
Lo que incomoda no es la contradicción en sí, sino su negación. Porque en esa negación se construye una ficción de coherencia que, tarde o temprano, se rompe contra los límites de lo real. No hay sistema político que pueda sostenerse como un todo cerrado. No hay modelo que funcione en estado puro. La tensión no es un problema a resolver, sino una condición a administrar.
En ese sentido, la oposición entre izquierda y derecha funciona menos como una descripción de la realidad que como un dispositivo de simplificación. Permite ordenar el conflicto, hacerlo inteligible, pero al mismo tiempo oculta aquello que lo hace efectivamente complejo: la interdependencia de los factores, la imposibilidad de aislar variables, la necesidad de pensar en términos de equilibrios inestables.
Tal vez por eso la discusión política se vuelve cada vez más intensa y, al mismo tiempo, cada vez más estéril. Se discute con una vehemencia creciente sobre categorías que ya no alcanzan para describir lo que ocurre. Se radicalizan posiciones que, en la práctica, terminan convergiendo en soluciones similares, aunque se las nombre de manera diferente. Se habla de ruptura mientras se gestionan continuidades.
Lo que queda, entonces, no es una síntesis superadora ni un punto de equilibrio definitivo, sino una constatación incómoda: las posiciones que se presentan como opuestas están, en realidad, atadas por las mismas condiciones. No porque coincidan, sino porque ninguna puede escapar del marco en el que opera.
La política no se juega en la pureza de las ideas, sino en la gestión de sus límites. Y esos límites no son externos, no vienen de afuera, están en el corazón mismo de cada posición, en aquello que cada una necesita negar para poder afirmarse.
Ignorarlos no los elimina. Sólo los pospone.
Y cuando vuelven, lo hacen siempre bajo la forma de una exigencia; la de pensar más allá de las identidades, más allá de las consignas, más allá de la comodidad de tener razón.
Esto es Fuga.
Edición 45.

«La izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas»- Nicanor Parra.