Taracá

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Por Fabricio Falcucci. 

“¿Qué es la vida, mi hermano? Esa es la cuestión.
¿Es acaso el latido de un corazón
o una dulce ilusión?”

Jorge Drexler, “¿Qué será?”, adaptación al castellano de Gonzaguinha junto a la Rueda de Candombe.

Por estos días, Jorge Drexler vuelve a girar por Argentina. Podría ser una noticia más —un disco nuevo, una serie de conciertos— si no fuera porque, en su caso, la música nunca termina de ser sólo música.

Hay algo en Drexler que desacomoda esa idea bastante extendida de la canción como pura emoción o simple acompañamiento. En sus letras aparece otra cosa: una forma de pensamiento que no se presenta como teoría, pero que tampoco se disuelve en lo meramente sensible.

No es filosofía en sentido estricto. Pero tampoco es sólo poesía. Es, más bien, un tipo de indagación que ocurre dentro de la canción: sobre el tiempo, los otros, la identidad, esa trama de azar y decisión que arma una vida. Y lo hace sin volverse solemne, sin explicar demasiado, sin cerrar.

En ese contexto, Taracá importa menos como novedad que como continuidad. No viene a cambiar el registro, sino a insistir en él. A volver sobre esa pregunta de fondo: hasta dónde puede pensar una canción sin dejar de ser canción.

Ahí, quizá, está lo singular de su música. No en lo que afirma, sino en lo que mantiene abierto. En esa especie de pensamiento en voz baja que no busca imponerse, pero que, una vez que aparece, ya no se deja ignorar.

Y en tiempos donde casi todo parece decir demasiado rápido, esa insistencia en la pregunta —en sostenerla, en no clausurarla— es, quizás, lo más profundo que tiene.

La tentación inicial sería ubicarlo dentro de su trayectoria, como una estación más en una obra ya consolidada. Pero eso sería simplificarlo. Porque si algo hace Drexler desde hace tiempo es escapar de su propia comodidad. Desde Frontera, aquel comienzo todavía anclado en una tradición más reconocible, hasta Eco, donde la canción empezó a abrirse hacia una sensibilidad más experimental; luego Bailar en la cueva, que tensionó el ritmo con la reflexión; y Tinta y tiempo, donde la palabra volvió a ocupar el centro con una delicadeza casi quirúrgica, lo que aparece no es una línea recta, sino un desplazamiento constante.

Taracá no rompe con eso. Lo profundiza.

Hay algo en este disco que parece despojado. No en el sentido de vacío, sino de precisión. Como si cada elemento hubiera sido sometido a una especie de prueba de sentido. Nada sobra. Pero tampoco falta. Y en ese equilibrio inestable aparece una marca que ya es propia: la de alguien que escribe canciones como si fueran pequeñas hipótesis sobre el mundo.

Drexler no viene de la música en sentido estricto. Viene de la medicina. Y eso no es un dato de color. Es una clave. Hay en su forma de componer una lógica casi clínica: observar, escuchar, detectar lo que no se ve a simple vista. Su historia personal también se filtra. Hijo de una familia atravesada por el exilio, criado entre Montevideo y Madrid, su identidad nunca fue del todo fija. Y quizás por eso su obra tampoco lo es.

En Taracá, esa condición vuelve a aparecer. No como tema explícito, sino como clima. Las canciones no buscan afirmar: buscan explorar. Hay versos que no cierran, que quedan abiertos, como si la canción terminara un segundo antes de decir lo que uno esperaba. Y en ese gesto hay una decisión: no subrayar, no explicar, confiar en que el sentido no siempre necesita ser dicho del todo.

En un momento donde la música parece organizada por la lógica de la inmediatez —donde todo debe ser rápido, reconocible, compartible—, Drexler insiste con otra temporalidad: la de la escucha atenta, la de la palabra que no se entrega en la primera pasada, la de la canción que no compite, pero tampoco se retira.

Hay algo casi político en esa elección. No porque el disco enuncie consignas, sino porque resiste una forma de producir y consumir sentido. Apostar por la complejidad en tiempos de simplificación no es neutral. Es una toma de posición.

Pero sería un error leer Taracá sólo en clave de resistencia. Hay también una dimensión más íntima, más silenciosa. Como si el disco se moviera en ese espacio donde la experiencia todavía no se convirtió en discurso, donde las cosas no tienen nombre del todo. Y, sin embargo, están.

La canción, en ese punto, deja de ser entretenimiento. Se vuelve una forma de conocimiento. Una manera de decir lo que otros lenguajes no pueden. No porque sean insuficientes, sino porque trabajan con otras reglas. El derecho, la política, incluso la filosofía, necesitan cierta claridad. La canción puede permitirse otra cosa: quedarse en la ambigüedad, en la sugerencia, en ese margen donde el sentido todavía no se fija.

Drexler trabaja ahí. Y lo hace con una naturalidad que desarma cualquier gesto de solemnidad. Hay momentos en Taracá donde aparece incluso una ironía leve, como si el propio disco supiera que está caminando por un borde delicado y decidiera no tomarse demasiado en serio.

Eso también es parte de su poética.

El propio nombre del disco es un homenaje al tambor chico del candombe, ese pulso breve y agudo que no domina la rueda pero la sostiene, que no se impone pero marca el latido. Hay, en esa elección, una forma de volver. No hacia atrás, sino hacia lo propio: hacia la música rioplatense como territorio sensible antes que como identidad fija.

También están las palabras. Las palabras con “a”, como señaló el propio Drexler: abiertas, luminosas, respirables. No es un detalle menor. Es una poética. Un modo de construir sonido y sentido desde la vocal más clara, más primaria, más cercana al canto.

En definitiva, el disco aparece —como lo sugiere la canción “¿Qué será?”— como un canto a la vida.

Tal vez ahí esté su núcleo: no en explicar lo que la vida es, sino en animarse a cantarla incluso cuando no se la entiende del todo.

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