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El verdadero desastre

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Por Enrico Colombres.

En Argentina, la muerte dejó de ser una excepción y pasó a ser un murmullo constante que atraviesa barrios, noticias y conversaciones. Un chico apuñalado, un robo que termina en asesinato, una familia que queda rota en segundos. La noticia circula, genera bronca, dura lo que dura la conversación y se apaga. En nuestra provincia y en Buenos Aires la lógica es la misma: la violencia se multiplica y la inseguridad ya no es un miedo eventual, sino una condición permanente. Nadie vive tranquilo, apenas se intenta sobrevivir sin ser el próximo.

Pero hay otra violencia que no deja sangre visible y, sin embargo, desgasta todos los días. La economía convertida en una trampa lenta. La inflación que devora el salario mientras todo sigue funcionando como si fuera normal. Todavía no hay un estallido como en otras épocas, no hay un quiebre abrupto. Hay algo peor: un deterioro por goteo, constante, casi imperceptible en lo inmediato, pero devastador en el tiempo. No hubo un corralito que nos sacara todo de golpe; hay un corralito en cuotas que nos va vaciando de a poco y, aun así, seguimos.

Seguimos pagando, ajustando, resignando. Se pierde poder adquisitivo, se pierden derechos, se pierden horizontes. Y la reacción no aparece. O aparece fragmentada, dispersa, incapaz de sostenerse. La clase gobernante observa, administra, discute entre sí, pero no resuelve los problemas sociales de fondo. Y en esa distancia entre el poder y la vida cotidiana también hay violencia. Una violencia más sofisticada, más silenciosa, pero igual de cruel. Porque condena a millones a una existencia cada vez más precaria sin ofrecer salida.

El mundo tampoco ofrece un refugio. Las guerras se transmiten en tiempo real y la destrucción se vuelve parte del paisaje global. Lo vemos todo y no hacemos nada. Nos conmueve un instante y seguimos. La distancia nos anestesia. Y esa misma anestesia se replica puertas adentro. Nos acostumbramos a la inseguridad, a la pobreza, a la desigualdad, como si fueran fenómenos inevitables.

En Argentina, y en Tucumán en particular, la contradicción es brutal. Nos pensamos como una sociedad solidaria, pero reaccionamos solo cuando el golpe es propio. Cuando la víctima tiene un nombre cercano, cuando la pérdida nos roza. El resto se diluye en una masa de tragedias ajenas que no logra romper la indiferencia.

Se marcha, se reclama, se grita justicia por un rato. Después, todo vuelve a su cauce. No hay un reclamo sostenido por seguridad, por paz, por igualdad. No hay una exigencia firme frente a una dirigencia que parece no registrar la gravedad del momento o que simplemente decide administrarla. Y esa apatía desde el poder también es una forma de violencia social. Porque implica abandonar a la sociedad a su suerte.

Mientras tanto, el patrimonio del país se diluye, los recursos naturales se negocian, los derechos se erosionan. Siempre hay una nueva medida, un nuevo ajuste, una nueva justificación. Nunca alcanza. Y la pregunta empieza a volverse recurrente: si no reaccionamos frente a esto, ¿qué más estamos dispuestos a tolerar?

Hay algo que se rompió en el vínculo con el otro. Dejamos de vernos reflejados en quien sufre. Nos volvimos ajenos al dolor colectivo. Cada uno intenta salvarse como puede, como si la salida fuera individual. Pero esa lógica solo profundiza el problema. Porque una sociedad fragmentada no tiene fuerza para exigir nada.

En Argentina se repite una idea peligrosa: “mientras no me pase a mí, todo sigue”. Esa frase no solo revela miedo, también resignación. Es la aceptación de que la violencia, en todas sus formas, es parte del paisaje. Pero cuando una sociedad acepta eso, ya perdió demasiado.

La pregunta es esta: ¿en qué momento dejamos de sentir? ¿En qué momento la violencia dejó de sacudirnos? ¿En qué momento aceptamos que la desigualdad, la inseguridad y la degradación económica eran inevitables? Tal vez no hubo un punto exacto. Tal vez fue una suma de pequeñas derrotas, de silencios, de adaptaciones.

Recuperar la empatía no es un lujo moral, es una necesidad política y social. Implica volver a reconocer en el otro una vida que importa. Implica salir de la indiferencia y entender que lo que hoy le pasa a otro mañana puede ser propio. Pero también implica exigir: exigir seguridad, exigir condiciones dignas de vida, exigir una dirigencia que esté a la altura.

Porque el problema no es solo la violencia del delito o la violencia de la guerra. Es la violencia de un sistema que naturaliza que se viva peor cada día. Es la violencia de una economía que asfixia. Es la violencia de una política que mira para otro lado.

Y lo más inquietante es que todo eso convive con nuestra capacidad de seguir adelante como si nada. Como si fuera normal. Como si no hubiera alternativa.

La incomodidad es el primer paso, es natural y humana. Pero no lo es naturalizar lo injusto, justificarlo, acostumbrarse. Porque el verdadero peligro no es solo lo que nos hacen, sino lo que dejamos de hacer frente a eso.

Y entonces la conclusión se vuelve inevitable:

Si esto no alcanza para reaccionar, ¿qué va a ser el día de mañana?
¿Cuál va a ser la próxima mala nueva que también vamos a aprender a tolerar en silencio?

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