Por José Mariano.
¿De verdad pensás que la corrupción es un problema reciente, algo que empezó con un nombre propio, con un gobierno, con una época que podés señalar con precisión? La necesidad de ubicarla en un punto exacto de la historia tranquiliza, ordena, permite creer que tuvo un origen y, por lo tanto, que podría tener un final. Pero la corrupción no responde a esa lógica, no irrumpe ni aparece, sino que se instala, se acumula, se sedimenta hasta volverse parte del suelo mismo sobre el que caminamos.
Desde que existe el poder, existe su desviación. Ya los clásicos lo habían advertido, toda forma de gobierno se corrompe cuando deja de orientarse al bien común y se repliega sobre el beneficio propio. No se trata de una anomalía, sino de una posibilidad constante, ligada a la propia condición humana. A veces por cálculo, otras por temor, otras por la simple pérdida de una virtud cívica compartida, lo común deja de ser un horizonte y se vuelve un obstáculo.
La modernidad intentó contener esa deriva dividiendo el poder, bajo una intuición simple y terrible. Todo aquel que tiene poder tiende a abusar de él. Sin embargo, incluso ese límite revela su fragilidad cuando la lógica que pretende frenar se filtra en el propio mecanismo. La corrupción no es solo institucional, es también social, y aparece cuando la voluntad particular se impone sobre lo común.
Nada de esto es nuevo. Lo nuevo es otra cosa, la forma en que esa lógica se volvió cotidiana. Ya no hablamos de actos de corrupción como hechos aislados, sino de una estructura que los produce, los reproduce y los vuelve previsibles. Cambian los nombres, los discursos, las promesas; pero la lógica persiste, no como repetición idéntica, sino como mutación constante. Ningún proyecto logró desarmarla del todo, no necesariamente por falta de voluntad, sino porque el problema no está localizado en un punto específico del sistema, sino en la trama que lo sostiene.
Y esa trama no se observa desde afuera. Se experimenta. No en los titulares, sino en la vida cotidiana. En la calle que evitás porque sabés que está rota, en la obra que comenzó y nunca terminó, en el semáforo que dejó de funcionar, en la lluvia que convierte la ciudad en un riesgo mortal. Nada de eso es simplemente ineficiencia. Es la forma concreta en que el poder, cuando se desvía de manera sistemática, deja de organizar lo común y produce un mundo donde todo funciona, pero a medias.
La corrupción no es únicamente lo que alguien se lleva; es también lo que queda. Y lo que queda es desgaste, desconfianza, una sensación persistente de fragilidad, de reglas que existen pero no terminan de cumplirse, de un orden que nunca termina de consolidarse del todo.
Y no se limita a las alturas del poder, no pertenece exclusivamente a un gobierno, a un partido o a una coyuntura. Se extiende, se filtra, se replica en todos los niveles, desde el agente de transito que decide cuándo aplicar una norma y cuándo no, hasta las estructuras más altas del Estado; desde la política, hasta una justicia que tampoco logra quedar fuera de la sospecha; incluso las fuerzas encargadas de garantizar el orden aparecen atravesadas por esa ambigüedad constante. Nada parece quedar completamente a salvo, y cuando nada queda a salvo, lo que se resquebraja no es solo una institución, sino la posibilidad de confiar en lo que deberíamos poder confiar.
Vivimos una época en la que todo esto es más visible que nunca. La información circula sin pausa, los casos se exponen, las denuncias se multiplican, las pruebas se exhiben y se discuten. Nunca fue tan fácil ver, y sin embargo nunca fue tan difícil creer. Cada revelación llega acompañada de su sospecha, cada evidencia es puesta en duda, cada acusación encuentra su contra-relato. Todo puede ser cierto y, al mismo tiempo, todo puede ser parte de algo más. La sobreexposición no produce claridad, sino confusión eso ya lo sabemos; la corrupción deja de ser un hecho identificable para convertirse en un clima difuso, permanente.
Y en ese clima, aprendemos. Aprendemos a no esperar demasiado, a anticipar la falla, a convivir con lo irregular. No porque ignoremos lo que ocurre, sino porque ese saber ya no alcanza para producir una ruptura. La indignación se vuelve breve, intermitente, rápidamente absorbida por la necesidad de seguir funcionando.
Pero el punto más grave no está en el poder. Está en nosotros. Porque esa lógica no se detiene en las instituciones, sino que se reproduce en prácticas cotidianas que rara vez se nombran como corrupción, pero que participan de su misma estructura. La norma que se elude, la regla que se negocia, el orden que se flexibiliza según la conveniencia. No porque no sepamos, sino porque aprendimos a vivir así.
Ahí es donde la corrupción alcanza su climax, no cuando se oculta, sino cuando se integra; no cuando escandaliza, sino cuando se vuelve hábito.
Tal vez por eso la pregunta no sea simplemente cómo terminar con la corrupción. Tal vez la pregunta sea otra, más difícil de responder. Si el poder, a lo largo de la historia, nunca logró desprenderse de esa lógica, si las instituciones no alcanzan para contenerla y si la sociedad la reproduce en pequeña escala, ¿somos todavía capaces de imaginar un orden distinto, o ya aprendimos —sin decirlo— que este es el único posible?
Edición 46.
Esto es Fuga.
