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50 años de la Feria de Libro

Publicado el

Por Fabricio Falcucci.

República de las ideas.

Hay algo extrañamente anacrónico en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Mientras gran parte de la vida contemporánea ocurre en soledad frente a una pantalla, miles de personas siguen caminando durante horas entre libros. Hacen filas para escuchar escritores. Discuten política, literatura, filosofía, inteligencia artificial o poesía. Se pierden entre stands. Salen con bolsas demasiado pesadas y gastos imposibles para el bolsillo argentino. Y, aun así, vuelven al día siguiente.

La escena conserva algo de ritual antiguo y algo de acto de resistencia.

La edición número cincuenta de la feria funciona menos como un evento editorial que como una rareza cultural. En medio del vértigo digital, las redes sociales y una economía devastada, todavía existe una multitud dispuesta a reunirse alrededor de palabras impresas.

Eso, en 2026, resulta casi extraordinario.

Durante estas semanas, La Rural se convierte en una ciudad paralela. Una ciudad hecha de papel, discusiones y tiempo lento. Afuera circula una Buenos Aires agotada por la inflación, el desencanto y la incertidumbre política. Adentro aparece otra velocidad. La gente hojea novelas durante largos minutos. Busca ediciones agotadas. Escucha debates sobre Borges, feminismo, democracia, filosofía coreana o crisis climática. Hay adolescentes sentados en el piso leyendo mangas japoneses. Jubilados que recorren editoriales universitarias. Padres que compran cuentos infantiles aun sabiendo que probablemente gastaron más de lo que podían.

La feria sigue siendo uno de los pocos espacios donde conviven mundos sociales que casi nunca se cruzan. Y acaso allí reside su verdadero valor.

Porque la feria no solamente vende libros. Produce conversación pública. Algo cada vez más escaso en sociedades atravesadas por la fragmentación permanente.

Durante décadas se anunció la muerte de la lectura. Primero la televisión. Después internet. Más tarde las redes sociales. Ahora la inteligencia artificial. Sin embargo, la feria vuelve cada año y las multitudes siguen ahí. No intactas. No idénticas. Pero sí persistentes.

Quizás porque el libro todavía representa una experiencia distinta del tiempo contemporáneo. Leer exige pausa, atención y una forma de silencio que el presente parece empeñado en destruir.

Mientras el ecosistema digital fragmenta la atención en segundos, el libro sigue proponiendo profundidad. Mientras las plataformas convierten todo en estímulo instantáneo, la lectura exige demora e imaginación.

En esa tensión se juega buena parte del sentido cultural de la feria.

La edición cincuenta cargó además con una dimensión simbólica inevitable. Medio siglo de existencia para uno de los encuentros editoriales más importantes de América Latina no es un dato menor en un país que suele convertir sus crisis económicas en máquinas de demolición cultural.

La presencia de Perú como país invitado ofreció uno de los focos más interesantes de esta edición. La literatura peruana atraviesa desde hace años un momento de enorme vitalidad. Las discusiones sobre memoria política, violencia, identidad andina y transformaciones sociales protagonizaron múltiples charlas y presentaciones.

También hubo homenajes constantes a Borges. No al Borges convertido en reliquia escolar, sino al Borges contemporáneo. Los laberintos de información, las identidades fragmentadas y la proliferación infinita de textos parecen haberlo devuelto otra vez al centro del presente.

Entre los libros más comentados aparecieron nuevos ensayos políticos y culturales que intentan leer el clima de época argentino y global. Circularon obras sobre democracia, polarización, inteligencia artificial y transformaciones sociales. También despertaron enorme interés las reediciones de clásicos latinoamericanos y las nuevas traducciones de Byung-Chul Han y Slavoj Žižek.

Uno de los fenómenos más visibles volvió a ser el crecimiento de la literatura asiática y de la ciencia ficción contemporánea. Autores coreanos y japoneses ocuparon espacios que hace algunos años parecían marginales dentro del mercado editorial argentino. Al mismo tiempo crecieron las presentaciones vinculadas con feminismos, memorias políticas latinoamericanas y pensamiento ambiental.

El mapa cultural argentino ya no se parece al de hace veinte años.

Las editoriales independientes ocuparon nuevamente un lugar central. En esos stands pequeños suele sobrevivir la literatura más arriesgada del presente. Traducciones improbables, poesía, ensayos incómodos y apuestas narrativas que difícilmente encontrarían espacio dentro de una lógica puramente comercial.

Pero la feria también exhibe contradicciones imposibles de disimular.

El precio de los libros atraviesa todas las conversaciones. Muchas personas recorren pasillos durante horas antes de decidir la compra de uno o dos títulos. El deseo cultural choca permanentemente contra la realidad económica argentina. A eso se suman la crisis de las librerías independientes, el aumento de costos editoriales y la desaparición de sellos históricos.

El cierre de Ediciones de la Flor dejó durante esta edición una sensación particularmente amarga. No desapareció solamente una editorial. Desapareció una parte de la memoria cultural argentina.

 

9 COMENTARIOS

  1. La feria del libro sigue siendo una celebración maravillosa que nos recuerda algo importante: por más avanzada que esté la tecnología, el libro papel es insustituible. Si bien leer desde una pantalla puede resultar práctico, el libro ofrece una experiencia más profunda que ningún dispositivo puede alcanzar: el tacto de las hojas, el placer de pasar las páginas, marcar una idea, resaltar una expresión. Por eso la feria sigue siendo convocante, porque nos permite disfrutar del hábito de la lectura de una manera más humana, generando un vínculo más directo entre el autor y el lector, que no depende de baterías, notificaciones, etc.

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