Por Rodrigo Fernando Soriano.
“Si los estadounidenses quieren cambiar su gobierno, tendrán que superar su fobia a los dictadores.”
Mencius Moldbug
Recuerdo que el primer impacto intelectual que tuve como estudiante fue en clases de Derecho Constitucional cuando leí a Germán Bidart Campos y su teoría de los “contenidos pétreos” de la Constitución. En pocas palabras, postulaba que son aquellos valores principales, y la esencia de un Estado, implícitos en el texto constitucional. Enfatizaba que, si alguien quería derogarla por completo, aun así, quedarían en el alma del pueblo. Entre ellos, la democracia como forma de Estado, y la República como forma de gobierno.
El impacto que me generó fue tal, que lo primero que me pregunté fue: si esos principios forman parte del alma de un pueblo, ¿qué sucedería si ese mismo pueblo decidiera abandonarlos? ¿Qué ocurriría si, mediante un plebiscito libre y transparente, una mayoría votara para eliminar la democracia y reemplazarla por una monarquía? ¿Podría hacerlo? Rápidamente me respondí con tan solo una palabra: imposible.
Pero el concepto de lo imposible merece una reflexión más profunda. Lo imposible no es aquello que jamás sucede. Lo imposible es aquello que una época es incapaz de imaginar. Cada generación construye un horizonte de sentido dentro del cual ciertas ideas aparecen como evidentes, naturales e inevitables, mientras que otras son descartadas incluso antes de ser discutidas.
La historia está llena de imposibles que terminaron ocurriendo. Durante siglos fue imposible pensar que un rey respondiera ante sus súbditos. Parecía imposible que desaparecieran los imperios europeos. Parecía imposible que las mujeres votaran, que la esclavitud fuera abolida o que el comunismo soviético colapsara sin una guerra mundial. Sin embargo, todas esas imposibilidades terminaron convirtiéndose en hechos.
Esto mismo fue lo que ocurrió en los años 2000, cuando un grupo de personas comenzó a renegar de lo establecido y a discutir el status quo. Tengamos en cuenta que la historia no se desenvuelve por ideas que triunfan. Hay algo que antecede a ese concepto. Para que haya triunfadores, primero tiene que haber un conflicto; y para que ello suceda, antes, una idea tiene que dejar de parecer absurda.
Durante muchos años dijimos que nadie podía discutir a la democracia. La discutimos, sí. A veces la detestamos, también. Pero entiendo que es la forma de gobierno que nos resulta “menos peor” según las heridas y cicatrices que la historia nos marcó.
Sin embargo, en algún lugar de Internet, lejos de las universidades, de los partidos políticos y de los medios de comunicación tradicionales, comenzó a gestarse una pregunta que hasta entonces parecía reservada a los márgenes de la discusión pública: ¿Y si la democracia no fuera el destino final de la civilización? ¿Y si fuera simplemente una tecnología política defectuosa? La mayoría de nosotros nunca escuchó esa pregunta. Pero quienes la formularon hace casi veinte años hoy se encuentran cada vez más cerca de los centros de poder económico y político más importantes del mundo, e incluso se ha permitido su ingreso como ciudadanos ilustres a nuestro propio país.
A esta corriente la bautizaron como la “Ilustración Oscura” o Dark Enlightenment.
En 2007, un ingeniero de software estadounidense llamado Curtis Yarvin comenzó a publicar una serie de extensos ensayos bajo el seudónimo de Mencius Moldbug. No era profesor universitario ni tenía cargos públicos. No dirigía ninguna organización política. Su ámbito de trabajo era el mismo que el de miles de programadores dispersos por Silicon Valley. Se trataba de una persona a la que no le gustaba que existiera un Estado que regulara su actividad. Sentía profundamente que podía ejercer su libertad plenamente ¿Te suena aquello de clamar por la libertad de manera exacerbada?
Para entender que este delirio cibermonárquico no es una simple fantasía de foros marginales de Internet, basta con seguir el rastro del dinero. El magnate del capital de riesgo Peter Thiel -padrino político de figuras de la nueva derecha global y cofundador de PayPal y Palantir; hoy vecino de Buenos Aires- escribió en un célebre ensayo de 2009 una frase que funciona como el acta de nacimiento de este movimiento: «Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles». Thiel, que fue uno de los primeros inversores en las iniciativas de Yarvin, verbalizó lo que Silicon Valley callaba: si el voto de las mayorías interfiere con la desregulación absoluta y la acumulación de capital, lo que debe sacrificarse es el voto. ¿No te parece raro que una persona de su envergadura decida vivir en Buenos Aires?
A partir de esto, concluyó algo muy sencillo: si un software funciona mal, se lo reemplaza por otro. Entonces, si una democracia funciona mal sencillamente hay que eliminarla. Yarvin renegaba de que “todos” los intelectuales fueran progresistas, y sostenía que el progresismo no era bueno. Yarvin bautizó a este marco mental como «formalismo», una perspectiva de pura ingeniería política donde el Estado es analizado como una máquina ineficiente y la política se reduce a un simple problema de código de programación. Para el formalismo neorreactivo, el único indicador de éxito de un sistema es su capacidad para evitar el caos, planteando una fría fórmula matemática: Violencia = Conflicto + Incertidumbre.
¿La solución? Eliminar la soberanía compartida y privatizarlo todo, desde las calles de tu ciudad hasta los ministerios. Si todo tiene un dueño corporativo absoluto con derechos indiscutibles, la incertidumbre desaparece y la violencia se anula de raíz. En esta utopía de la eficiencia no hay espacio para la discusión moral ni para la «justicia social».
La crítica no era nueva. Platón había desconfiado de la democracia ateniense. Thomas Hobbes había privilegiado la autoridad sobre la deliberación. Carl Schmitt había señalado que todo orden político requiere un decisor último. Lo novedoso era el lenguaje porque no era filosófico, ni mucho menos técnico. Su tono se asemejaba más al de los artículos de esta revista.
Esa mirada técnica sobre la política terminaría convirtiéndose en uno de los rasgos más distintivos de la Ilustración Oscura. Porque, a diferencia de los movimientos reaccionarios clásicos, no proponía regresar al pasado por nostalgia. No soñaba con restaurar castillos, coronas ni privilegios aristocráticos. Su objetivo era mucho más ambicioso. Quería diseñar una nueva forma de poder utilizando las herramientas del siglo XXI. ¿Te suena esto de odiar a una casta política?
Pero, como cualquier nuevo movimiento, necesitaba un enemigo. A este lo llamó “La Catedral” un término deliberadamente provocador. No se refiere a una iglesia ni a una organización secreta. Tampoco a una conspiración coordinada por un grupo reducido de personas. La Catedral es algo mucho más complejo: una red de instituciones que producen y administran las ideas consideradas legítimas dentro de una sociedad. Universidades, medios de comunicación, organismos internacionales, e industria cultura, todos ellos debían dinamitarse. ¿Te suena esto de odiar a artistas, a los periodistas y a las universidades?
Destruida, entonces, la democracia que conocemos debe elegirse una nueva forma de gobernar. Generalmente, este tipo de movimientos reaccionarios suele intentar restablecer un formato viejo, algo conocido. Sin embargo, Yarvin fue más allá al proponer convertir el Estado en una empresa. ¿Te suena aquello de que quienes administren el Estado deban ser los mejores empresarios del país? ¿Incluso bajo la promesa de conformar «el mejor equipo de los últimos cincuenta años»?
La democracia liberal sostiene que la política existe porque las sociedades humanas no son empresas. Las comunidades políticas no persiguen un único objetivo cuantificable. Conviven intereses contrapuestos, valores incompatibles y visiones divergentes sobre el bien común. La política es el mecanismo mediante el cual administramos ese desacuerdo. La Ilustración Oscura piensa exactamente lo contrario: para ellos, el desacuerdo es lo que impide el progreso. No se debe representar, sino hacer lo que resulte más eficiente. Si el objetivo ya no es representar a la sociedad sino administrarla, ¿qué lugar ocupan quienes obstaculizan esa administración? La respuesta de la Ilustración Oscura es terminante: deben ser removidos. ¿Te suena aquello de gritar enfáticamente «¡Afuera!» ante cualquier disidencia o debate?
Toda revolución necesita un momento fundacional, un instante en el que el viejo orden deja de existir y el nuevo comienza a imponerse. La Ilustración Oscura también tiene el suyo, al cual Curtis Yarvin bautizó con un nombre tan burocrático como aterrador: RAGE (sigla de Retire All Government Employees, o «Retirar a todos los empleados del gobierno»). ¿Te suena aquello de que hay que barrer con el empleo público o «echar a todos los empleados del Estado»?
La propuesta parece exagerada. Incluso delirante. Sin embargo, dentro de la lógica neorreaccionaria resulta perfectamente coherente. Si las democracias occidentales están controladas por «La Catedral», entonces el verdadero poder no reside en los presidentes ni en los parlamentos. Reside en las burocracias permanentes que sobreviven a todos los cambios de gobierno.
Esta nota continuará la semana que viene, en la próxima entrega. La Ilustración Oscura es un movimiento ideológico que debemos conocer para entender por qué todo nos parece «loco» o «anormal»; por qué sentimos que todo está «patas arriba». Aquí encontramos muchas de estas respuestas. Por ejemplo, cómo el símbolo de una motosierra puede hacer ganar una elección.
El mayor error que podríamos cometer sería leer la Ilustración Oscura como una simple extravagancia intelectual nacida en los rincones más oscuros de Internet. Las ideas de Curtis Yarvin, Nick Land o Peter Thiel no son importantes porque tengan razón, sino por su innegable capacidad para moldear el presente político.
¿Qué ocurre cuando una sociedad deja de confiar en sus instituciones? ¿Qué sucede cuando la política parece incapaz de gobernar los cambios tecnológicos que ella misma produce? ¿Cuánto tiempo puede sostenerse una democracia cuando una parte creciente de sus ciudadanos deja de creer en ella?
La Ilustración Oscura ofrece una respuesta, y no es precisamente la mejor. La seguimos la semana que viene.
