Por Fernando Pérez.
La paradoja del transporte en Tucumán invita a una reflexión que excede lo contable para adentrarse en el terreno de lo metafísico. Jorge Luis Borges decía que el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos; en nuestra provincia, el tiempo parece estar hecho de una crisis circular que, curiosamente, jamás termina de estallar.
Si aplicamos una suerte de periodización dialéctica, nos encontramos con una anomalía sistémica: hace veinte años que los empresarios del sector, nucleados en AETAT, anuncian con una regularidad casi litúrgica que sus balances están en rojo carmesí, que el quebranto es inminente y que el sistema ha muerto. Sin embargo, las mismas unidades —cada vez más maltrechas— siguen surcando las calles bajo las mismas banderas. Cualquier ciudadano dotado de un mínimo sentido común se pregunta: ¿Qué lógica capitalista sostiene un negocio que pierde dinero durante dos décadas sin cerrar jamás sus puertas?
El subsidio como adicción
La respuesta es simple: no estamos ante un negocio de mercado, sino ante un modelo de captura de rentas estatales. El subsidio, que nació como un puente para cruzar una emergencia, se convirtió en el destino final. Esta «adicción al respirador artificial» ha atrofiado el músculo de la eficiencia. Hoy no se compite por la preferencia del pasajero, sino por la cercanía al despacho oficial donde se firman las compensaciones.
En este escenario, surge un imperativo ético y republicano: ¿hasta qué punto el secreto fiscal es válido cuando la subsistencia de una empresa depende exclusivamente del erario público? Si el Estado, con el dinero de los contribuyentes, es quien mantiene encendidos los motores, el ciudadano deja de ser un usuario para convertirse en un accionista involuntario y forzoso.
Resulta lógico exigir que, ante cada pedido de aumento o asistencia, las declaraciones juradas impositivas de las empresas concesionarias y de sus socios sean de carácter público. La transparencia es el único antídoto contra la sospecha de que el subsidio no financia un servicio, sino una ineficiencia estructural que los tucumanos ya no pueden costear a ciegas. Si el quebranto es real, ¿por qué no exhibir públicamente sus balances y declaraciones juradas para constatar la situación financiera, económica y patrimonial de los beneficiarios de los subsidios?
Salir del laberinto por arriba
Es hora de romper el espejo de este «eterno retorno» al lamento. Si la gestión privada manifiesta su incapacidad de gestionar con rentabilidad —lo cual es lícito en el mundo de los negocios—, el paso lógico no es la agonía perpetua, sino la caducidad de la concesión.
Para reformular el sistema, debemos mirar soluciones que ya funcionan en otras latitudes y otras que aún no se implementaron pero podrían funcionar:
Gestión Pública Profesionalizada: Donde el Estado planifica y recauda, pero la operación se licita bajo estándares de calidad estricta.
Licitación por Kilómetro Recorrido: El empresario deja de depender de cuántos boletos «corta» (un incentivo para amontonar gente) y pasa a cobrar por cumplir frecuencias y horarios auditados por GPS.
Multimodalidad Real: Complementar el servicio de transporte en ómnibus con plataformas destinadas a la misma finalidad bajo un marco regulatorio.
La insistencia en el quebranto ha dejado de ser una señal de alerta para convertirse en un paisaje. Pero detrás de los comunicados de prensa, hay miles de tucumanos esperando en una parada bajo las inclemencias del tiempo, rehenes de una ineficiencia compartida entre un empresariado que no innova y un Estado que prefiere subsidiar el síntoma antes que curar la enfermedad.
Los síntomas son claros. El mundo del transporte público es negocio para todos, excepto para los ciudadanos que son rehenes de las negociaciones entre empresarios y funcionarios públicos.
Reformular el sistema no es una opción ideológica, es un imperativo de supervivencia urbana. Si los actuales actores no encuentran el camino a la sostenibilidad, es tiempo de abrir las ventanas y llamar a nuevos protagonistas. La realidad es siempre una construcción compleja, pero el agotamiento de un modelo agotado es, simplemente, una verdad evidente.
