Por Aníbal D’Auria.
En Dios y el Estado, Mijail Bakunin caracteriza al “animal humano” con dos notas esenciales: la facultad de pensar y la necesidad de rebelarse. Incluso así interpreta el mito bíblico del pecado original: “El hombre se ha emancipado, se ha separado de la animalidad y se ha constituido como hombre; ha comenzado su historia y su desenvolvimiento propiamente humano por un acto de desobediencia y de ciencia, es decir, por la rebeldía y por el pensamiento”.
A pesar de ofrecer esa caracterización como una dupla, el desarrollo argumentativo de Bakunin sugiere claramente que hay un estrecho vínculo conceptual y práctico entre pensar (razonar, reflexionar) y desobedecer (rebelarse, liberarse); una relación tan fuerte que casi no podría pensarse una cosa sin la otra, al punto de ser ambas dos caras de una misma moneda. A mi esta idea o intuición bakuniana me parece muy rica en posibles derivaciones:
Primero: desobedecer siempre implica al menos un mínimo de reflexión previa. Veamos un ejemplo muy simple, casi trivial: si cruzo una plaza pisando el césped sin darme cuenta que está prohibido hacerlo, no estoy desobedeciendo la norma; simplemente no estoy atento ni a ella ni al césped. Pero, si sabiendo que está prohibido y siendo consciente de que estoy ante el césped de la plaza, decido hacerlo, es porque tomé una decisión tras una breve reflexión: al menos lo pensé unos segundos (por ejemplo: pude haberme dicho para mí mismo: “no me importa quién lo prohíba ni qué consecuencias pueda tener, pero yo prefiero recostarme en el césped y tomar sol porque pienso que esa norma es ridícula, arbitraria o irracional”).
Segundo: obedecer, en cambio, puede o no implicar reflexión previa; o sea, en la obediencia la reflexión no es necesaria; es más: la forma más acabada de obediencia es la que se da sin reflexión alguna. En el mismo ejemplo anterior puedo decirme para mí mismo: “qué lindo sería tirarme en el césped a tomar sol, pero está prohibido y pienso que está bien, pues hay que cuidar el parque”. En ese caso estaría obedeciendo a partir de una reflexión previa. Pero, como adelanté, ello no siempre es necesario para la obediencia; es más, la obediencia es más perfecta cuanto menos se reflexione sobre lo que se está obedeciendo: cuanto más mecánico e irreflexivo sea el acatamiento a las órdenes o normas, más perfecta es la obediencia (la mera orden me basta para obedecer).
Tercero: pensar, dudar, cuestionar ya es un modo (tímido o en germen, si se quiere) de desobediencia. Preguntar a la autoridad (cualquiera fuere: familiar, política, militar, etc.) por qué debo cumplir la orden que se me da o la norma que se me impone, es ya un modo de condicionarla. En el plano ilocucionario, esa demanda de razones sugiere que no estoy dispuesto a obedecer incondicionalmente y que la mera orden o norma no me basta. Cuestionar, en castellano, significa tanto preguntar como poner en duda.
Cuarto: la desobediencia siempre expresa humanidad. Aun cuando el contenido de la norma o de la orden desobedecida sea moralmente aceptable (por ejemplo: la norma de no matar), y aun cuando la acción desobediente sea horrorosa (por ejemplo: matar), la desobediencia en sí misma sólo puede ser producto de un ser humano, es decir, de alguien que posee un mínimo de consciencia y capacidad de reflexión como para decidir desobedecer. Cuando un animal “desobedece” no es por reflexión sino por instinto.
Quinto: la obediencia perfecta, por lo tanto, consiste en la deshumanización total. La obediencia perfecta es el acatamiento mecánico, irreflexivo, adiestrado. La obediencia perfecta, en otras palabras, es la del perro adiestrado. Cuando en el habla cotidiana decimos cosas como “la manzana cayó del árbol obedeciendo a la ley de gravedad”, creo que ya estamos como intuyendo que hay algo profundamente no-humano en la obediencia mecánica.
Sexto y último (pero más importante): siempre hay algo de inhumano en mandar o exigir obediencia. En efecto, ejercer poder sobre otros es de algún modo reducirlos en su capacidad humana de razonar y reflexionar. Mandar es deshumanizar.
Quisiera terminar estas breves consideraciones recomendando un breve y sugerente cuento de Italo Calvino titulado Conciencia… Pero no voy a arruinarle al eventual lector el gusto de descubrir por sí mismo su trama y de extraer por sí mismo sus propias reflexiones.
