InicioFilosofíaArendt y la recuperación de “lo político”

Arendt y la recuperación de “lo político”

Publicado el

Por Elina Ibarra.

Considero que sólo se puede actuar concertadamente y 

que sólo se puede pensar por sí mismo. (…) 

En el momento en que actúo políticamente 

no estoy implicada conmigo sino con el mundo.

Hechos de nuestro mundo, Hiroshima, Auschwitz, nos ponen ante el hecho ineludible del mal. En  Los orígenes del Totalitarismo Arendt llamó “mal radical” a esa maldad sin motivo aparente, que no puede ser comprendida, cercana a lo diabólico. Pero luego del proceso a Eichmann dará un giro respecto de esta interpretación. Allí sería testigo de una nueva forma en la que este se presenta. Ya no estará emparentado con alguna figura demoníaca, como la tradición nos enseñó. Advertirá que el horror puede resultar de los actos de hombres simples, normales, cuyo aspecto no delata en absoluto la gravedad de los hechos de los que fueron autores.

Niels Bohr no era un científico imprudente, ni sádico, era sí un genio tentado de comprender el funcionamiento del universo. Pero había un camino que llevaba de cálculos, de meras construcciones mentales, al genocidio; de la genialidad, al horror; de la física pura, a la política.   Eichmann que no encarnaba al típico fanático antisemita “no era un Yago ni era un Macbeth, ni nada pudo estar más lejos de sus intenciones que resultar un villano”. Él, uno de los hombres que hizo posible que el holocausto ocurriera del modo en que aconteció (es decir, eficientemente) no tenía más intenciones que obedecer órdenes, y hacerlo con diligencia. No fue su ideólogo, ni siquiera tenía motivos personales, excepto los de hacer bien su trabajo. Pero Eichmann se enajena, es una autómata carente de reflexión respecto de sus actos, es un hombre superfluo que no reconoce las consecuencias de sus acciones, lo que no lo despoja de responsabilidad. La maquinaria burocrática deshumaniza y permite que la figura del administrador se oscurezca, al punto tal de insinuarse criminal. Y esta eficacia dio lugar a lo que Arendt gusta de llamar una “matanza administrativa”.  Este vicio es el que hace posible que alguien “cometa delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad”.  El mal que está en este mundo ya no es absoluto, y por ello resulta difícil de ser identificado o evitado o combatido. El mal se ha banalizado.

Si de la eficacia, de actos realizados correctamente, si de la genialidad puede devenir el mal, se deduce que el bien podría resultar de actos incorrectos o inapropiados. Esto evidencia que no sólo el mal se ha banalizado, sino el bien, y los conceptos heredados, la relación con los otros y la relación con el mundo. Y por ello Arendt ha dicho: 

Me he alistado en las filas de aquellos que desde hace ya algún tiempo se esfuerzan por desmontar la metafísica y la filosofía (…) Tal desmantelamiento sólo es posible si partimos del supuesto de que el hilo de la tradición se ha roto y que no seremos capaces de renovarlo.

Arendt considera que la continuidad  con el pasado se ha perdido, “el hilo de la tradición se ha roto”, los hechos del presente ya no pueden ser explicados con las categorías del pasado, al que ya no son reductibles: lo nuevo no se explica a partir de lo viejo. Es necesario volver a preguntarnos legítimamente.  Con el fin de recuperar este mundo perdido, Arendt nos recuerda la distinción clásica entre una vita contemplativa dedicada a la reflexión intelectual, que es pura quietud y que se lleva a cabo en la desolación y la vita activa, laboriosa, que se despliega en público. En una abrimos los ojos a nuestro espíritu y en la otra los abrimos al mundo, a los otros.  La tradición estableció entre ambos una suerte de jerarquía, en la que la vita contemplativa contaba con mayor prestigio, en cambio la vita activa era víctima de cierta depreciación por estar sometida a las afecciones de un mundo que cambia y se corrompe. Esto delinea el carácter de contingente, temporal y relativo de su hacer.

Las preguntas surgen cuando vemos que es posible que un hombre haya pasado por la vida sin haberse dedicado jamás a la contemplación, y sin embargo todos los hombres deben pasar necesariamente por la vida activa. Arendt nos propone entonces  cuestionar esta jerarquía, a fin de darle a la vida activa el valor que le es propio.

Y es en torno a la mundanidad del ser, abierto a los otros que son como yo, es decir que no son cosas, sus análisis están orientados a dilucidar el modo del ser, en tanto que ser-en-el-mundo, en tanto que existencia corporal, compartido con otros en el seno de una comunidad.   Con las modalidades de la vida activa. Arendt se referirá a las actividades fundamentales de la vida de las personas en la tierra, como articulaciones de la vita activa, las que resultan de la condiciones básicas bajos las cuales tienen lugar la existencia:  labor, trabajo y acción. 

El 1º grado de la vida activa y por ello el más cercano a la tierra, es el de la labor. Corresponde al proceso biológico, por ello está estrictamente supeditada a las necesidades de la subsistencia. Lo que por ella es elaborado es esencialmente perecedero, ya que sus manufacturas están destinadas a ser consumidas y destruidas por el metabolismo vital, cristalizado en la figura del animal laborans. Este proceso no tiene comienzo, ni fin, es un eterno retorno de las necesidades y de las satisfacciones efímeras del ser viviente singular. Las necesidades vitales, serán satisfechas recurriendo a la corporalidad de la tierra misma. Es la tierra, en este sentido, un poder sobre la vida y la muerte: ella nos sostiene, nos nutre, hace posible la continuación de la vida.

El 2º grado de la vida activa es el trabajo. Es la actividad que se corresponde con el artificio. El hombre no produce un conjunto de objetos no perecederos, sino de cosas durables. Tales útiles (no consumibles) se instituyen, más allá del ciclo natural, en un mundo propiamente humano. El artefacto responde a un plan, a un modelo, tiene principio y tiene fin. Pero este fin es tomado luego como medio para otro fin y así sucesivamente. He aquí que su movimiento no es circular, sino lineal, disparado hacia delante, proyectado al infinito. Queda entonces, el homo faber  atrapado en la cadena infinita de medios y fines. Por ello no puede ver la distinción entre lo que es útil y lo que es significante.  Es el campo de la actividad humana, es el campo del trabajo, la organización social y la dominación. Se abandona el hogar a favor de un lugar exterior de trabajo, se busca la explotación y no la destrucción del otro. Para Arendt en la actividad del trabajo se trata al otro no como persona, sino como productor y medio para un fin.  Prevalece en este movimiento el presente reiterable y el tiempo se convierte en una sucesión de instantes dispersos, en la reiteración de funciones, instantes y medios donde encontramos una repetición de lo mismo por medio de la cual se asegura la duración de la vida. El presente iterativo es una manera de apartarnos de nosotros mismos esquivando nuestra finitud y muerte. Con este encubrimiento en lo objetivo se olvida la cuestión del ser, del hombre.

Una expresión acabada de lo que Arendt quiere significar con las insuficiencias del trabajo para dar sentido y recuperar un mundo nuestro, es el hecho definitorio de un letrero a la entrada de Auschwitz  que rezaba “El trabajo os hará libres”. Es decir que éste bien puede llevarse a cabo en la más absoluta privación no solo de la libertad,  sino que fundamentalmente resulta en una degradación de lo humano.

El 3º grado de la vida activa es la acción. Así como la labor permite la subsistencia y el trabajo hace al mundo habitable, la acción hace posible a los hombres, porque ella crea mundo común, y en este sentido es propia de la esfera política. Es el gesto que permite romper con el pasado, para dar lugar a lo inédito, a lo nuevo. Y lejos de implicar o ser el resultado de un proceso, ella misma consiste en interrumpir los procesos.

Y también lo es fundamentalmente porque es ella la expresión más acabada de la libertad humana, ya que esta actividad, a diferencia de la labor y del trabajo no es ni circular, ni lineal, sino que consiste precisamente en romper con toda linealidad o continuidad: 

Actuar en su sentido más general, significa tomar la iniciativa, comenzar, como indica la palabra griega arkhein, o poner algo en movimiento, que es el significado original del agere latino.

La acción tiene un comienzo definido, pero un final incierto, porque ella abre el juego (consiste esencialmente en ello) iniciando una reacción en cadena, en un mundo en el que están los otros quienes también actuarán, ejerciendo condicionamientos a mi acción y a sus resultados.  Es la acción frágil porque depende de los otros; es fútil porque nunca logra su cometido; es fugaz porque centellea y desaparece en otras acciones; es la acción frugal, pero con una capacidad reproductiva infinita. 

A diferencia de la labor que es repetitiva y del trabajo que es previsible y reversible, la acción es impredecible en sus consecuencias, ilimitada en sus resultados e irreversible en su proceso.

Con estas características se rechaza de plano una interpretación utilitarista de la acción, dado que no es posible medir su éxito, ni calcular sus resultados. Como compensación de la irreversibilidad los hombres inventaron el perdón (experiencia cristiana de liberar a los hombres del peso de sus culpas, que implica la posibilidad de un nuevo inicio). El perdón se dirige al pasado de la acción. Es un intento por escapar a las leyes inexorables de la historia. Hace posible un nuevo comienzo ya que recompone la armonía con el mundo, que implica una reconciliación con el pasado, esto supone que hemos comprendido los hechos, no que los hemos olvidado. 

Y para poder paliar la completa falta de dominio, de la imprevisibilidad de la acción, el hombre acuñó la promesa, dirigida hacia el futuro. Es por medio de ella que podemos confiar en que los otros serán mañana, los mismos que hoy son. No puedo pronosticar los resultados de mi acción, pero sí puedo garantizar que responderé ante sus consecuencias. Esta hace posible la vida en comunidad, ya que vuelve al futuro menos oscuro.

La acción tiene lugar en el seno de un juego de fuerzas: la fuerza del pasado cual vector disparado hacia delante, y la fuerza del futuro, vector dirigido hacia atrás. En esta tensión permanente (no siempre equilibrada) acontece el presente, la acción de presente cuya dirección diagonal resulta de su apoyo en la fuerza del pasado, utilizada como plataforma de despegue, eludiendo el avance del futuro.

Pero las fuerzas ejercen su poder, el pasado (el mundo que nos precede) y el futuro (entendido como destino) quieren perpetuarse en el presente, entonces la diagonal tambalea, se estremece y se quiebra infinitamente:  

Toda nueva acción y todo nuevo comienzo cae en una trama ya existente, donde sin embargo, empieza en cierto modo un nuevo proceso que afectará a muchos, incluso más allá de aquellos con los que el agente entra en un contacto directo.

Que la acción ocurra entre los otros delata su carácter precario, pero a la vez el papel de los otros es fundamental, ya que lejos de constituirse en obstáculos para la acción, son quienes la hacen posible. Sin ellos sería inviable, necesita de los demás, necesita de quienes conformen el mundo común, el espacio público en el que es posible que los otros se aparezcan ante mi, y yo ante los otros. Y este aparecer pone de manifiesto el papel revelador de la acción, porque es donde y es cuando los hombres se muestran como alguien  y no como algo, se muestran como personas. Esta instancia no puede estar ausente en los hombres, so pena de dejar de serlo.  Allí los hombres no están simplemente como otros objetos, o meros productores de objetos, sino que existen como agentes y pacientes de la acción y este es el modo de insertarnos en el espacio público.  Este aparecer en el mundo dónde ya están presentes los otros, se corresponde con la condición humana de la natalidad: “porque con cada nacimiento algo singularmente nuevo entra en el mundo”.

En la autoexhibición aparece por vez primera, (y no como pasivo, ni como objeto) el recién nacido (o el recién llegado) a un mundo que es previo, que está vivido por otros, y esta es la  ocasión para que ocurra lo inédito. A esta instancia es a la que Arendt llama segundo nacimiento. Y esta es su carta de presentación en el espacio público.   La relación recíproca entre los hombres proporciona una pauta para el modo de referirse a las cosas y a los otros, en la que culmina el ímpetu que conduce a salir fuera de sí, eludiendo el enclaustramiento en el que se cae como consecuencia del 2º movimiento, que puede verse materializado en el individualismo liberal, propio de la lógica de mercado:  

La acción, con todas sus incertezas, es como un recordatorio siempre presente de que los hombres, aunque han de morir, no han nacido para eso, sino para comenzar algo nuevo.

Recordemos que “La acción como initium es el comienzo de alguien y no de algo”. Son los hombres quienes se dan a conocer, sólo mediante la acción es posible, porque sólo en ella se comunica con los otros. La acción debe contener la pregunta planteada a todo recién llegado o nacido: ¿quién eres?  Y esta pregunta surge porque la “acción sin un quien ligado a ella carece de significado”.  Así es que la acción y el discurso se hayan estrechamente ligados, tanto que “una vida sin acción, ni discurso (…) está literalmente muerta”. Y esto es porque la experiencia del mundo se da en el habla, sólo a través de la palabra. Arendt no atiende solamente  a su valor comunicativo. 

Mediante ella decimos la identidad y narramos la acción, accediendo a los otros, por esto “la acción (…) sólo es política si va acompañada de la palabra (lexis), del discurso”.   La palabra es entendida como una suerte de acción, una vía para dar sentido y duración al mundo y para decir nuestra responsabilidad con respecto a él: declarar la presencia de lo presente, declararse uno mismo presente, declarar un nexo entre sí y el hecho ante mí y los otros.

La política debe ser vista como eso que acontece entre las personas, que crean así un ámbito plural en el que quienes participan se revelan en la acción como alguien, que  por medio de la acción y la palabra concederán sentido al mundo.  Y Arendt dice” las personas” y es que la tierra se encuentra habitada por ellas y no por El  hombre o El individuo. Es el mundo la expresión de la  pluralidad humana que introduce una ruptura con cualquier modalidad de lo social, (propio de la unidad homogénea del género humano). Los hombres son algo más que especímenes, son personas. Y no es lo mismo que simple alteridad (con las cosas compartimos alteridad).

La pluralidad es la condición indispensable de la política, por su doble carácter de igualdad y distinción. Es porque somos iguales que podemos entendernos y comprender a los que nos precedieron (pasado) y preparar activamente el mundo para los que nos sucederán (futuro). Es porque somos distintos que podemos exhibir quiénes somos y que vale la pena exhibirnos. La pluralidad expresa la diversidad, la distinción mediante la revelación (en lo público) de la identidad.

El mundo es entonces ese espacio de aparición ante los otros que se crea en la acción, ocasión en la que nos hacemos cargo de nuestro cuerpo, pero en tanto capaces de inicio, nos mostramos libres, es decir, no como objetos, sino como hombres.  Es importante tener en cuenta que Arendt intenta romper con lo que da en llamar “La teoría de los dos mundos”, esta se refiere a la dicotomía tradicional de esencia y apariencia. Sostiene en cambio que no hay nada más allá del aparecer.

Lo político aparece y no hay detrás del telón de las apariencias, una esencia, sino sólo una historia anterior resignificada a la luz de este nuevo acontecimiento. Por ello es que el espacio público, no es anterior a la acción, sino que se gesta en ella y desaparece en su ausencia. Son la promesa y el perdón una forma de anclar tal aparición.  Este carácter de mundanidad de lo político, supone la participación de los otros y la imposibilidad del pensamiento para comprender la peculiaridad de lo político. Primeramente porque el pensar es solitario, se piensa en uno, con uno, no se necesita la presencia material de los otros, el pensamiento se nutre de sus representaciones, pero cuando se actúa, el mundo se convierte en el escenario donde todo puede ser posible.

 

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