InicioArquitecturaLA CASA DEL MONSTRUO

LA CASA DEL MONSTRUO

Publicado el

Por Jaime María De Mahieu. 

Un viejo sofista lo dijo hace dos mil quinientos años: “El hombre es la medida de todas las cosas”. Frase algo sibilina que los historiadores de la filosofía —es ésta su razón de ser— interpretan cada uno a su manera, pero que no deja de contener una profunda verdad. ¿Se trataba sin más del renacimiento de la reflexión humanista en nuestro Occidente, o bien hay que encontrar en la sentencia la afirmación primera del individualismo? ¿Con saberlo, y qué nos importa? Las intenciones de Protágoras no pueden impedir que el aforismo responda a la realidad de nuestro juicio y de nuestra acción. El hombre es su propio patrón. Lleva en sí los valores específicos y diferenciados que constituyen las normas de su obrar sobre el resto del mundo. Se realiza y crea a su escala, aun cuando cree responder a alguna misteriosa influencia de los dioses, las ideas o los astros. En caso contrario, se convierte en monstruo y fabrica monstruos.

Estas consideraciones no tienen por propósito hundirnos en la metafísica desencarnada del famoso “ser en cuanto ser”, que aman los alumnos de filosofía, sino de inducirnos más simplemente a contemplar la obra arquitectónica de nuestra triste época, o por lo menos la corriente que predomina en nuestros días. Los marselleses llaman el inclasificable “monoblock” con que los obsequió Le Corbusier “la maison du fada”: la casa del loquito. Se equivocan: es la casa del monstruo. Si las cosas siguen así, pronto viviremos en ciudades monstruosas que nos transformarán en monstruos.

Pues si bien imponemos nuestra huella al cuadro que se nos impone, ¿quién negará que dicho cuadro a su vez nos modela a su imagen?

La “Ciudad radiante” de Le Corbusier no es solamente monstruosa por su tamaño. Se puede lamentar que la sobrepoblación de nuestro universo y más todavía la atroz industrialización nos obliguen a vivir en ciudades excesivas y en una promiscuidad al lado de la cual la horda inventada por esos sociólogos franceses que se llaman Durkheim, Levy-Bruhl, Mauss, Levi-Strauss y Gurvitch hace figura de grupo idílico. Pero quizá sea nuestro sino próximo amontonarnos en rascacielos sin alma ni estilo, y los arquitectos no son responsables de la situación cuando adaptan sus planos a las necesidades de nuestro tiempo. La “maison du fada” es monstruosa porque no es sino una suma de conejeras. Bien puede ofrecer a sus futuros habitantes —algo reaccionario la pensó francesa, vista a la sierra y pileta en el techo: queda que, una vez en su celda, el desgraciado inquilino está constreñido a dormir en una “loggia” colgada encima de la sala y de cocinar —él o su mujer, siempre que encuentre un lugar donde meterla— en un placard. No es ésta una casa, sino un “garage” para seres humanos.

Existe algo peor todavía. No sólo Le Corbusier nos presenta un edificio elevado, sino que también destina manifiestamente a una población de homosexuales: los niños no fueron previstos por el “genio de la arquitectura moderna” o, por lo menos, pues tuvo que hacer algunas concesiones a las deplorables costumbres del ser normal, sólo los tolera permitiéndoles dormir en un pasillo sin ventana. Y esto es grave. Grave no sólo para el porvenir de los pequeños hombres que deben vegetar en la “Ciudad radiante”, sino también y sobre todo para las tendencias que revela semejante olvido. Para Le Corbusier y sus discípulos, el hombre está desprovisto de una parte esencial de su naturaleza: ya no es social.

Pues en fin, no basta que algunos millares de individuos se reúnan cada noche en un mismo edificio para que constituyan una sociedad. Quieraselo o no, el orden comunitario no es sino una eventual ampliación del orden familiar que se funda en no vale para los citados calvinistas y jansenistas ni, por tanto, para los discípulos de Maritain) en el instinto sexual. Y el orden familiar exige, para manifestarse íntegramente, vale decir, procrear, algunas condiciones entre las cuales el “habitat” ocupa un lugar importante.

Ahora bien: Le Corbusier pretende prever a los niños como accidentes importunos. Su casa está orientada del individuo asexuado.

Obrará por eso mismo sobre sus habitantes en un sentido antisocial luchando en contra de su tendencia natural a procrear.

En todos los dominios, la arquitectura contemporánea padece —semejante olvido del viejo Protágoras. Quisiera dar un ejemplo que quizá haga sonreír, más que me parece particularmente simbólico. ¿Habéis notado la forma de las ventanas de casi todas las casas modernas? Son más anchas que altas. Ahora bien: ¿creéis que sea por arbitraria fantasía que durante siglos se hicieron a la medida del cuerpo humano? La ventana vertical formaba un marco armonioso para el hombre de pie.

Quizá sea un poco infantil, pero creo sinceramente que la casa del campesino de Saboya que vive en la misma pieza que sus vacas es mucho más humana que el hormiguero de Le Corbusier. Pues está adaptada a sus necesidades y sus gustos de campesino: está hecha a su medida.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

últimas noticas

Castillos en el aire

Por José Mariano. “Vivimos en un mundo donde hay cada vez más información y cada...

Dios y los números primos

Por Catalina Lonac.  En realidad, no descubrí todavía por qué soy abogada, porque lo que...

Hegemonía de la indiferencia

Por Enrico Colombres. Hay una escena que se repite cotidianamente sin importar la época con...

La Argentina agotada del grito

Por Fernando Crivelli Posse. “La moderación y la prudencia son las virtudes que sostienen a...

Más noticias

Castillos en el aire

Por José Mariano. “Vivimos en un mundo donde hay cada vez más información y cada...

Dios y los números primos

Por Catalina Lonac.  En realidad, no descubrí todavía por qué soy abogada, porque lo que...

Hegemonía de la indiferencia

Por Enrico Colombres. Hay una escena que se repite cotidianamente sin importar la época con...