Free Spirits

Publicado el

Por Rodrigo Fernando Soriano.

No me sirve más

La casa que quería, no me sirve más

La mujer de mi vida, no me sirve más

Lo que antes me servía no me sirve más

quiero más…

Ca7riel y Paco Amoroso es un dúo argentino de música popular que está teniendo un gran éxito a nivel mundial. El 19 de marzo de este año lanzaron su nuevo álbum “Free Spirits” con doce canciones que incluyen colaboraciones con artistas como Sting, Jack Black y Anderson .Paak. Es realmente un “discazo”.

Pero lo que quiero escribir en esta columna no es sobre el disco, sino sobre la narrativa que construyeron sobre él. Su historia inicia en diciembre del año pasado, ocasión en la que arrasaron en los premios Grammy. Según lo que cuentan en sus entrevistas, los festejos duraron varios días. Tal fue la decadencia en ellos, que lograron conmover a Sting, cantante y fundador de The Police, quien los albergó en su centro de recuperación para que puedan enderezar su camino. Liberar su espíritu de todo aquello que los estaba consumiendo.

El álbum se gestó ahí, contando en cierto modo como fueron recuperando su alma hasta la liberación, hasta llegar al “nirvana”. Pero nada de lo que hacen “Ca7o” y “Paco” es al azar, sino que tienen una narrativa pensada hasta el más mínimo detalle. Cambiaron su vestimenta, su estética, y hasta la producción en sus discos.

Y es justamente ahí donde me detengo. ¿De qué hablan realmente en “Free Spirits”? ¿Qué hay detrás de ese relato? ¿Por qué eligieron, en cierto punto, ridiculizar la vida sana, contemplativa y equilibrada?

“Dicen que lo bueno tarda, que ese punto llegará

Pero yo lo quiero ya, pero yo lo quiero ya

Lo quiero ya”

Me vino a la cabeza al japonés Kohei Saito, quien a través de su teoría del decrecimiento ecosocialista sostiene que la única forma de lograr un avance en la sociedad real hoy, consiste en problematizar la propia noción de progreso que domina no sólo nuestra ideología, sino también nuestra subjetividad más profunda. Saito propone una alternativa radical frente a las devastadoras consecuencias ecológicas y sociales de la modernización capitalista ilimitada: decrecer y desacelerar. Su objetivo es la transición hacia una economía basada en el valor de uso, en oposición a la sociedad de la opulencia; reducción de jornadas laborales para mejorar la calidad de vida y apertura del proceso productivo hacia formas más creativas y significativas de existencia. 

A los tristes, los ansiosos, nerviositos como yo

Que están llenos de problemas, mala suerte en el amor

A los que se desvelan con bruxismo y mal humor

Vamos bien, vamos bien”

“Fingir demencia ya es un don” nos van a decir en su canción “Todo Ray”, haciendo alusión al agotamiento contemporáneo. Dormimos mal, vivimos agotados y, quizá con la culpa de ir directo al infierno, repetimos que está todo bien. Ahí aparece la idea de desacelerar.

Pero enfrente aparece Nick Land y el aceleracionismo. No desacelerar, sino acelerar hasta explotar. Llegar a ese “punto cero” del que habla Dupuy. Sin embargo, el problema surge cuando el propio capitalismo elige cuidadosamente a sus enemigos. Y hoy uno de ellos parece ser la llamada “economía budista”.

Japón adoptó una decisión colectiva singular al aislarse del mundo exterior durante el período Edo o Tokugawa, iniciado en 1603. Pero aquella desaceleración no tuvo nada de romántica: implicó medidas autoritarias, un orden social rígido y aislamiento internacional. Quizá Saito conserve algo de esa tradición japonesa que culminó a fines del siglo XIX, cuando Japón decidió occidentalizarse definitivamente en 1868. Tanto así que Haruki Murakami lamenta esa ruptura cultural, entendiendo que parte del arte tradicional japonés murió allí.

Pero el capitalismo es demasiado sofisticado como para combatir frontalmente aquello que lo amenaza. Hace algo mucho más inteligente: lo absorbe. Por eso hoy nos vende la vida sana, el mindfulness, la búsqueda del “equilibrio”, el “no deseo”, como si el sufrimiento contemporáneo pudiera resolverse simplemente aprendiendo a respirar mejor. La trampa. 

Porque en medio de esa búsqueda descubrimos que alcanzar ese equilibrio es prácticamente imposible. Nos sentimos culpables de no lograrlo. “Sólo se siente culpable quien cedió en su deseo”, dirá Lacan. Y quizá el capitalismo entienda esto mejor que nadie. En cierto sentido, es el primer y único orden social que logró incorporar dentro de su propio funcionamiento la paradoja constitutiva del deseo humano.

Ca7riel y Paco Amoroso exageran deliberadamente esa lógica hasta volverla caricatura. Nos muestran, de una manera ridiculizada, que despojarnos de todo aquello que consumimos supuestamente debería hacernos felices. Saito sueña con un deseo liberado de su exceso constitutivo, satisfecho mediante su propia autolimitación. Los defensores de la economía budista no proponen una renuncia absoluta a los placeres mundanos, sino un equilibrio mesurado entre riqueza y pobreza, entre individualismo y comunidad. “Todo en su justa medida”. Seguramente escuchaste esa frase más de una vez.

Si usted es lacaniano, probablemente se esté agarrando la cabeza. No deje de leer. No lo haga por favor.

Porque justamente entiendo lo contrario de lo que la economía budista parece proponernos. Si consumir es simplemente procurar bienestar, entonces ¿qué hago con los asados que comparto con mis amigos? Allí no busco bienestar; busco placer. Mi deseo queda satisfecho en algo que incluso puede hacerme mal. Muchas veces amanezco al día siguiente con un dolor de panza insoportable. ¿Goce, quizá?

La economía budista aspira a un deseo privado de su exceso, que es precisamente aquello que lo convierte en humano. Žižek dirá que se trata de un disfrute despojado de su excedente constitutivo. Pero nuestro deseo, incluso cuando parece orientado a una satisfacción física concreta, siempre está impregnado de una dimensión obscena, espiritual y expansiva. Nunca encuentra límite definitivo.

El manifiesto de la economía budista declara explícitamente que es compatible con el libre mercado y que la generación de riqueza sigue siendo necesaria. Es decir, no busca eliminar el deseo, sino disciplinarlo. Transformarlo en algo consciente, equilibrado y administrable. ¿qué queda del ser humano cuando se le quita el exceso que lo constituye?

Detrás de la estética absurda, del humor y de la exageración, hay una intuición brutalmente contemporánea: ya ni siquiera sabemos si queremos sanar. Estamos cansados, ansiosos, sobre estimulados, pero al mismo tiempo profundamente enamorados de aquello que nos destruye. Consumimos para tapar el vacío y después consumimos terapias para soportar las consecuencias de ese consumo. El capitalismo ya no funciona únicamente produciendo mercancías; funciona produciendo subjetividades incapaces de detenerse.

Quizá ahí resida la verdadera tragedia de nuestra época. No en que trabajemos demasiado, ni en que miremos demasiado el celular, ni siquiera en que hayamos perdido el equilibrio espiritual. La tragedia es más profunda: hemos convertido el deseo en rendimiento. Incluso descansar tiene que ser productivo. Incluso meditar tiene que servir para volver a trabajar mejor al día siguiente.

Por eso discos como “Free Spirits” conectan tanto con nuestra generación. Porque detrás de toda su ironía, de toda su estética ridícula y acelerada, aparece una pregunta que nadie logra responder del todo: ¿y si ya no supiéramos vivir de otra manera?

“Porque ayer casi me mato

Pero hoy estoy mejor”

 

2 COMENTARIOS

  1. Quiero agradecer especialmente a Jorge, quien, luego de autodefinirse como un férreo ortodoxo del folclore, tuvo la enorme generosidad de ayudarme a comprender con mayor claridad muchos de los conceptos provenientes de la psicología que se encuentran plasmados en esta nota.

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