Por François-Marie Arouet.
He pasado gran parte de mi vida rodeado de hombres que hablaban como si hubieran comprendido el universo. Teólogos que describen la voluntad de Dios con la precisión de un escribano. Filósofos que construyen sistemas enteros para explicar el alma humana. Políticos que prometen reorganizar el destino de las sociedades. Científicos que creen haber encontrado, finalmente, la arquitectura definitiva de la realidad.
Y sin embargo, cuanto más observo al hombre, más sospecho que su rasgo principal no es el conocimiento.
Es la ignorancia.
No digo esto como insulto. Lo digo como condición.
Nacemos sin comprender qué somos, de dónde venimos ni por qué existimos. Habitamos un pequeño punto suspendido en un universo cuya magnitud apenas alcanzamos a imaginar. Sentimos, deseamos, sufrimos, pensamos. Pero nadie ha logrado explicar verdaderamente qué es pensar.
Ésa es la primera honestidad que un filósofo debería aceptar.
La mayor parte de los hombres teme profundamente esa incertidumbre. Por eso inventan dogmas. Necesitan respuestas rápidas porque el vacío los aterra. Prefieren una mentira firme antes que una duda verdadera.
Así nacen las supersticiones intelectuales.
Unos llaman “destino” a lo que ignoran. Otros llaman “naturaleza humana” a costumbres adquiridas. Otros llaman “verdad absoluta” a opiniones heredadas de su tiempo.
Y todos hablan con una seguridad extraordinaria sobre asuntos que apenas comprenden.
He visto discutir durante siglos sobre la libertad humana como si alguien hubiese penetrado realmente en el mecanismo secreto de la conciencia. He visto hombres afirmar que el alma es inmortal con la misma tranquilidad con la que describen el clima. He visto incluso filósofos explicar la esencia de Dios mientras son incapaces de comprender el funcionamiento de su propio cuerpo.
El ser humano posee una habilidad admirable para convertir la ignorancia en sistema.
Pero la verdadera filosofía comienza exactamente en el punto contrario: cuando el pensamiento acepta sus límites.
No somos dioses.
Somos criaturas breves intentando comprender un universo inmenso con una inteligencia limitada y un cuerpo condenado a desaparecer. Pretender omnisciencia en semejante condición resulta casi cómico.
Y sin embargo, esa conciencia de nuestra pequeñez no debería humillarnos. Debería volvernos más lúcidos.
El ignorante peligroso no es quien duda.
Es quien cree saber.
Porque cuando un hombre está absolutamente convencido de poseer la verdad, ya no escucha, ya no observa, ya no piensa. Se transforma en instrumento de su propia certeza. Entonces aparecen los fanáticos, los inquisidores, los perseguidores morales y los ideólogos que sacrifican seres humanos en nombre de una idea perfecta.
Toda tiranía comienza con alguien demasiado seguro de sí mismo.
Por eso desconfío de quienes hablan en nombre de verdades definitivas. La realidad es demasiado vasta para nuestras categorías. Apenas conocemos fragmentos. Caminamos entre sombras intentando darles nombre.
La filosofía no debería fabricar ídolos intelectuales.
Debería enseñar modestia.
Y quizá también coraje.
Porque no es fácil vivir sin respuestas absolutas. No es fácil aceptar que muchas preguntas permanecerán abiertas. El hombre quiere descansar en alguna certeza final. Quiere una explicación que clausure la angustia.
Pero tal vez la madurez consista precisamente en soportar el misterio sin inventar consuelos apresurados.
Yo mismo ignoro casi todo.
Ignoro qué produce exactamente el pensamiento. Ignoro qué había antes del tiempo. Ignoro por qué existe algo en vez de nada. Ignoro si la conciencia sobrevive a la muerte o desaparece con el cuerpo. Ignoro incluso si el universo tiene un propósito.
Pero al menos intento no mentirme.
Y acaso ésa sea la forma más digna de filosofía: mirar el abismo sin cerrar los ojos y seguir pensando aun así.
