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Un país al borde de sí mismo

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Por Fabricio Falcucci.

Hay países que parecen vivir siempre al borde de una promesa. Bolivia es uno de ellos.

Desde hace décadas, la nación andina concentra algunas de las tensiones más profundas de América Latina. Allí conviven la memoria indígena más intensa del continente, enormes riquezas naturales y una historia política atravesada por rebeliones, crisis y liderazgos que nunca terminan de desaparecer. Cada conflicto boliviano parece repetir viejas heridas, pero también anticipar problemas que luego alcanzan al resto de la región.

Lo que ocurre hoy excede una simple disputa por el poder. Bolivia atraviesa una crisis económica y política que se agravó en las últimas semanas con bloqueos de rutas, protestas de mineros, sindicatos y organizaciones campesinas, escasez de combustible y dificultades de abastecimiento en distintas ciudades. Las largas filas para conseguir nafta o gasoil se volvieron una imagen cotidiana. En algunos puntos del país comenzaron a registrarse faltantes de alimentos e insumos básicos. El gobierno de Rodrigo Paz Pereira, elegido hace apenas seis meses, enfrenta una presión creciente mientras intenta evitar que el conflicto derive en una paralización aún mayor.

El trasfondo de la crisis es económico, pero también social y simbólico. Durante muchos años Bolivia ofreció la imagen de una excepción latinoamericana. El auge del gas y de las materias primas permitió crecimiento, reducción de la pobreza y estabilidad política. Parecía posible combinar inclusión social, afirmación identitaria y fuerte intervención estatal. Sin embargo, cuando los ingresos extraordinarios comenzaron a disminuir, aparecieron las fisuras de un modelo demasiado dependiente de la exportación de recursos naturales y del sostenimiento de subsidios cada vez más difíciles de financiar.

La escasez de dólares, la inflación y la caída de reservas deterioraron rápidamente la confianza. A eso se sumó un clima político cada vez más polarizado. Sectores vinculados al expresidente Evo Morales mantienen una fuerte capacidad de movilización y cuestionan al gobierno actual, mientras otras fuerzas buscan evitar el retorno de un liderazgo que consideran agotado. En el fondo, la disputa expresa algo más profundo que una pelea electoral. Expone el desgaste de un ciclo político que durante años organizó la vida pública.

En Bolivia las crisis nunca son solamente económicas. Debajo de las instituciones modernas persisten memorias coloniales, formas comunitarias ancestrales y tensiones históricas que siguen organizando la política. El sociólogo René Zavaleta Mercado definió al país como una “sociedad abigarrada”, una realidad compuesta por mundos distintos que conviven sin integrarse del todo. Pocas categorías describen mejor la situación actual.

Por eso la crisis adquiere una densidad especial. No se trata únicamente de gobernabilidad. También está en juego la legitimidad. La democracia puede sostener elecciones, tribunales y parlamentos, pero ninguna estructura institucional resiste demasiado tiempo cuando la vida cotidiana se vuelve inviable. Cuando faltan combustible, alimentos o perspectivas de futuro, la autoridad empieza a erosionarse con rapidez.

Bolivia funciona así como un espejo incómodo para toda la región. Allí se condensan problemas que atraviesan a gran parte de América Latina: dependencia de recursos naturales, fragilidad económica, polarización política y dificultad para construir consensos duraderos. Octavio Paz decía que las sociedades latinoamericanas oscilan entre la fiesta y el desgarramiento. Bolivia parece confirmar esa idea una vez más.

Tal vez esa sea la enseñanza más inquietante del presente. Las naciones no se sostienen únicamente con estadísticas ni con discursos. Se sostienen con confianza. Cuando la confianza se agota, las rutas se transforman en trincheras y la política deja de ser administración para volver a convertirse en una disputa elemental por la posibilidad misma de convivir.

 

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