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La paradoja de las instituciones

Publicado el

Por José Mariano.

«Las instituciones se petrifican cuando dejan de ser interrogadas.»

— Cornelius Castoriadis

Las instituciones encierran una paradoja difícil de resolver. Necesitan reglas para sobrevivir, autoridades para funcionar y procedimientos que les permitan atravesar el paso del tiempo. Necesitan estabilidad. Necesitan conservar ciertas formas para que aquello que representan no dependa exclusivamente de las personas que circunstancialmente las ocupan. Sin esas estructuras, ninguna universidad podría enseñar, ninguna justicia podría impartir justicia y ninguna forma de representación política podría sostenerse demasiado tiempo.

Sin embargo, son precisamente esas fortalezas las que pueden terminar con ellas.

Decir que cuando una institución, alcanza cierto desarrollo, tiende a producir lo contrario de aquello para lo que fue creada. Puede parecer una exageración. Pero basta mirar alrededor para advertir que la idea no es tan absurda como parece.

Hay una frase que suele aparecer cuando ese proceso ya lleva algún tiempo en marcha; «ya no es lo que era».

La escuchamos sobre universidades, medios de comunicación, partidos políticos, sindicatos, y prácticamente cualquier organización humana. Casi siempre la atribuimos a la nostalgia. A la tendencia de cada generación a imaginar un pasado mejor que el presente que le toca vivir. Y muchas veces tiene sentido. Pero no siempre. Porque las instituciones también se deterioran.

No suelen hacerlo de golpe. No necesariamente por una crisis espectacular. No siempre por corrupción o incompetencia. A veces comienzan a hacerlo de manera mucho más imperceptible. Todo parece seguir funcionando. Y, sin embargo, empieza a instalarse una sensación difícil de definir, la sensación de que algo importante se perdió.

Quizás eso ocurre porque toda institución nace para resolver un problema. La universidad existe porque el conocimiento necesita transmitirse, discutirse y ampliarse. La justicia porque los conflictos necesitan una respuesta distinta de la fuerza. Los parlamentos porque una sociedad necesita mecanismos de representación. Los medios porque la información necesita circular. 

Ninguna de ellas existe para sí misma. Al menos no en su origen. Pero ninguna está completamente a salvo de olvidar esa finalidad.

La primera forma de deterioro aparece cuando la institución comienza a considerarse más importante que las personas para las cuales fue creada. Quien busca una solución encuentra un procedimiento. Quien espera una respuesta encuentra una derivación. Quien necesita ser escuchado encuentra un reglamento. Hay una frase que puede reconocerse con facilidad, porque todos la hemos escuchado alguna vez; ”son las reglas”.

No importa si hay mala intención detrás de ella. Muchas veces se trata de algo más viciado: la desidia institucional. Se trata de la incapacidad de advertir que los mecanismos creados para resolver problemas han comenzado a desplazar al problema mismo. Poco a poco la institución deja de preguntarse cómo cumplir mejor su función y comienza a concentrarse en preservar sus procedimientos. La finalidad queda en segundo plano. Lo importante pasa a ser el funcionamiento de la maquinaria.

Es entonces cuando la paradoja empieza a desplegarse. La institución creada para resolver un problema comienza a producir nuevos problemas. La institución creada para servir comienza a exigir ser servida. La institución creada para responder comienza a justificar por qué no puede hacerlo.

Pero también existe otra forma de deterioro.

Ocurre cuando quien dirige una institución comienza a creer que él es la institución. Cuando el cargo deja de ser una responsabilidad transitoria y se transforma en una identidad. Cuando la crítica deja de percibirse como una oportunidad de corrección y comienza a interpretarse como una amenaza personal. Entonces aparece otra frase conocida; «porque lo digo yo».

La autoridad deja de apoyarse en la función y comienza a apoyarse exclusivamente en la persona. Lo que debería pertenecer a todos empieza a girar alrededor de uno solo. Poco a poco el desacuerdo deja de ser una posibilidad legítima y comienza a transformarse en un riesgo. Las observaciones se vuelven silencios. Las críticas se vuelven murmullos. Las personas dejan de hablar con libertad y comienzan a medir cada palabra. Justo cuando aparece el miedo.

Ninguna institución está completamente a salvo de estas deformaciones. Aparecen en la política cuando los representantes terminan representándose a sí mismos. Aparecen en la universidad cuando las estructuras administrativas se vuelven más importantes que la formación. Aparece en tribunales cuando el procedimiento desplaza a la justicia. Aparecen en los medios cuando la conservación de la organización desplaza a la información.

A primera vista parecen problemas distintos. En realidad comparten la misma raíz.

Aunque parezcan procesos diferentes, ambos terminan produciendo el mismo resultado. Primero aparece la desconfianza. Después el hartazgo. Y cuando el hartazgo se vuelve persistente, comienza a erosionarse algo todavía más importante; el prestigio.

No se trata del prestigio que otorgan los edificios, los cargos o las ceremonias. Se trata de algo más difícil de construir y más fácil de perder. La convicción colectiva de que una institución merece ocupar el lugar que ocupa. La creencia de que sigue cumpliendo una función necesaria.

Las instituciones viven de eso. Viven de confianza acumulada durante años, a veces durante generaciones.

Por eso la pérdida de prestigio rara vez se percibe de inmediato. Todo parece seguir en pie. Y sin embargo algo empieza a cambiar. Las personas dejan de defender la institución. Dejan de sentirse representadas por ella. Dejan de considerarla necesaria.

Entonces aparece la indiferencia.

Y la indiferencia suele ser el síntoma de que el deterioro ya está bastante avanzado.

Nos gusta imaginar que las instituciones fracasan cuando se derrumban. Cuando cierran sus puertas. Cuando desaparecen. Pero las instituciones rara vez comienzan a perderse de esa manera. Mucho antes de que eso ocurra empieza a erosionarse algo más importante.

El prestigio.

Porque una institución puede sobrevivir durante mucho tiempo a sus errores. Lo que rara vez sobrevive es a la pérdida sostenida de prestigio.

Y cuando eso ocurre, la crisis ya comenzó.

Aunque todavía nadie la vea.

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