La pereza

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Por Leonor Benedetto. 

O de cómo un Pecado Capital deviene condición virtuosa

De mi paso por el colegio Nuestra Señora del Huerto de mi aldea natal, conservo muy vívidos en mi archivo mental, el recuerdo de diez cosas con las que debíamos cumplir, y siete cosas que todo lo contrario. 

No era difícil honrar a los padres, era fácil no matar, y muy claro no robar. El no cometer actos impuros se me complicaba por la dificultad de no entender cuáles serían esos tales actos, y ya en plena edad de la razón, no consentirás malos pensamientos la confusión era total. 

Cuando despertó mi conocimiento a los Siete Pecados Capitales, el cuestionar todo lo conocido hasta ese momento era mi manera de experimentar la existencia. 

No entendí nunca, y sigo sin hacerlo, que no se encuentre la violencia entre las peores cosas que los humanos pueden perpetrar a otros humanos. 

Tampoco entiendo por qué clavarle un cuchillo a alguien en un callejón oscuro es flagrante delito, y el mismo acto en la guerra merece una condecoración. 

La ostentación del lujo es pecado de vulgaridad insostenible, y tampoco se encuentra entre los Siete Magníficos. 

Pero hay un recorrido llamativo de uno de los más repudiados pecados capitales, señalado por la tradición cristiana como el germen de horribles males, que es el de la Pereza, ya que se la consideró siempre responsable, no solo de arrastrar al infeliz humano que la padecía a la miseria en vida, sino también de la tibieza espiritual, incapaz de adherir enérgicamente al bien propio y al de los demás. 

Pero con el transcurrir de la historia, ha acontecido algo anómalo y sin suficiente explicación por la que, en apenas seis siglos, lapso que para la historia del mundo es menos que un pestañeo, la pereza ha pasado a ser algo deseado, recomendable y recomendado, por médicos, terapeutas, sociólogos y filósofos, para no caer en las fauces del capitalismo salvaje que se alimenta de personas hiper activas que dejan sus vísceras sobre la mesa de las oficinas, la banca y la tecnología, ya que su propósito vital es la super productividad. 

Porque saben, y con razón, que si no lo hacen serán expulsados de la Santa Cofradía de los que quieren cambiar el diseño del planisferio en su propio favor. Y allí están, al alcance de nuestra molicie, las palabras e ideas de adelantados que han tomado partido por la vida humana en lugar del automatismo de la máquina. 

Conviene leer alguno de ellos, aunque más no sea para tener argumento, si somos acusados de apáticos sin iniciativa, y poder responder que el tiempo, nuestro tiempo, lo dedicamos al espacio interior, a transformar la inacción en una forma de resistencia, y a ceder al goce de la vida contemplativa.

P/D.1) “En defensa de la Pereza”, Robert Louis Stevenson.

P/D.2) “Elogio de la Ociosidad”, Bertrand Rusell.

P/D.3) “La Sociedad del Cansancio”, Byung Chul Han.

P/D.4) “No hay donde ir sino hacia adentro”, escribió Doris Lessing.

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