Por Lulú Torrens.
Brillaba tanto el oro encontrado como brillaban mis ojos aquel primer día que lo vi y que nos encontramos. El descubría!, claro!, yo solo era su brújula; me tomaba de la mano y me llevaba de guía como la estrella vigía en el cielo y yo me sentía tan importante, o al menos el así me lo hacía sentir.
Cada disco dorado hallado lo excitaba tanto que teníamos lujuriosos encuentros entre los maizales. Yo era su horizonte! 3 hermoso hijos engendramos.
Cuando los óvalos amarillos sol comenzaron a escasear me advirtió de su regreso. Regreso? A dónde?! Si aquí estaba su norte!
Ni el arsenal de papel de cáñamo con mis rutas doradas mágicas ni las aventuras que relataba de nuestros hijos fueron suficientes para q el regresara.
Hasta aquel día que vi aparecer a uno de sus hombres con sus vestiduras de hojalata!.
Me informaba que traía noticias para mí; que me esperaba a orillas de la crecida del rio que desemboca directo al mar, que llevase a los niños conmigo.
Mi corazón se detuvo inmediatamente, era: El, que se había dado cuenta y que por fin volvía! Q sus hijos le amaban y aquí era su destino!! Aquí estaba el resplandor del nuevo mundo, jamás iba a poder saciar esa sed de lujuria lejos mío!
Vestí a mis hijos con sus mejores harapos y me puse aquel vestido de novia q oculte esperándole; sabía que nuestro encuentro terminaría en festejos y las vestiduras desgarradas de deseo.
Sin embargo lo único que sentí con fuerza desgarrarse fueron los cuellos de mis hijos que se partían como gallina de sancocho!!!!! En una sola maniobra esas manos «enviadas» tenía sujetado sus pequeños cogotes; …y esos ojitos que me miraron por última vez con todo el desconcierto del universo.
Mi grito fue tan profundo como el aullido de una loba recién parida que alerta a la manada sobre la avalancha q se avecina; asi me abalance yo a ese pedazo de metal llamado: hombre!
Pude sentir como el frio cortaba mi aullido como filosa hoja de cuchillo carnicero mientras rozaba el agua y me iba flotando como barquito a la salida del mar, mientras mis hijos se hundían como piedras de pantano!…
¡Hernán, nos ha matado!
