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Lo que no puede dejar de pasar

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Por Catalina Cervantes.

«Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia.»
— Marcel Proust

Nos gusta pensar que gobernamos nuestra vida mediante decisiones. Elegimos una carrera, una pareja, una ciudad, un trabajo. Elegimos qué hacer con nuestro tiempo y hacia dónde dirigir nuestros esfuerzos. La idea moderna de libertad descansa sobre esa convicción: somos individuos capaces de tomar decisiones racionales y construir nuestro propio destino.

Sin embargo, basta observar con atención algunos momentos decisivos de la existencia para advertir que las cosas rara vez suceden de esa manera.

Los cambios más importantes de nuestra vida no suelen comenzar cuando los elegimos. Comienzan antes. Mucho antes. Empiezan silenciosamente mientras seguimos convencidos de que nada está cambiando. Una amistad que se desgasta. Una vocación que se agota. Una relación que pierde intensidad. Una forma de entender el mundo que deja de alcanzarnos.

Al principio no lo vemos. Después comenzamos a sospecharlo. Finalmente descubrimos que aquello que parecía repentino llevaba años ocurriendo delante de nosotros.

Quizás por eso la memoria resulta tan engañosa. Nos gusta organizar la vida como una sucesión de acontecimientos claramente identificables. Un día conocimos a alguien. Un día nos enamoramos. Un día nos fuimos. Un día cambiamos. Pero la existencia rara vez funciona mediante acontecimientos aislados. Funciona mediante procesos. Y los procesos poseen una característica inquietante: continúan desarrollándose incluso cuando no los advertimos.

Muchas veces creemos estar tomando una decisión cuando en realidad estamos reconociendo algo que ya venía sucediendo. No elegimos cambiar. Descubrimos que habíamos cambiado.

Existe una tendencia profundamente humana a imaginar que nuestra vida está gobernada por actos de voluntad. Nos gusta creer que somos los autores conscientes de cada transformación. Sin embargo, cuando miramos hacia atrás advertimos que las modificaciones más profundas rara vez obedecieron a un plan. Más bien aparecieron como una lenta acumulación de experiencias, pérdidas, encuentros, decepciones y revelaciones que terminaron desplazándonos hacia otro lugar.

La existencia posee una extraña dimensión de inevitabilidad. No porque todo esté escrito de antemano ni porque el destino gobierne nuestros pasos, sino porque ciertos procesos adquieren una fuerza propia. Algo comienza a moverse dentro de nosotros y continúa haciéndolo incluso cuando intentamos ignorarlo. Hay preguntas que una vez formuladas ya no pueden dejar de acompañarnos. Hay ausencias que siguen actuando mucho después de haberse producido. Hay descubrimientos que modifican para siempre la forma en que observamos el mundo.

Quizás por eso los grandes momentos de transformación suelen ser reconocidos demasiado tarde. Cuando finalmente comprendemos lo que nos está pasando, aquello que nos ocurre ya llevaba tiempo ocurriendo. El cambio comienza antes de ser visible. Antes de ser nombrado. Antes incluso de ser pensado.

La nostalgia suele alimentarse de esa dificultad. Miramos hacia atrás intentando encontrar el instante preciso en que todo se modificó. Buscamos una escena fundacional, un acontecimiento decisivo, una causa capaz de explicar el presente. Pero la vida rara vez ofrece explicaciones tan ordenadas. Lo que somos no surge de un único momento. Es el resultado de innumerables acontecimientos mínimos cuya importancia sólo se revela con el paso del tiempo.

Por eso resulta tan difícil comprendernos mientras estamos viviendo. La conciencia siempre llega un poco después. Vivimos primero. Entendemos después.

Tal vez la madurez consista precisamente en aceptar esa condición. Comprender que no controlamos por completo los procesos que nos transforman. Que existen movimientos silenciosos que trabajan en nosotros incluso cuando creemos permanecer iguales. Que la identidad no es una posesión estable sino una tarea siempre inconclusa.

A lo largo de la vida cambiamos muchas veces. Algunas transformaciones son visibles. Otras ocurren en silencio. Algunas llegan acompañadas de entusiasmo. Otras de dolor. Pero todas comparten una misma característica: cuando finalmente logramos reconocerlas, ya forman parte de nosotros.

Quizás la libertad no consista en hacer cualquier cosa. Quizás consista en reconocer aquello que ya no podemos dejar de ser.

Porque existen acontecimientos que llegan desde afuera. Pero también existen transformaciones silenciosas que crecen dentro de nosotros hasta volverse inevitables.

Y cuando finalmente las reconocemos, solemos llamarlas destino.

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