Por Florencia Iramain.
Vivimos rodeados de ficciones.
Algunas son necesarias. Otras inevitables. Nos contamos historias sobre quiénes somos, sobre lo que deseamos, sobre las razones que explican nuestras decisiones. Construimos relatos que nos permiten atravesar el día, justificar ciertas elecciones y convivir con aquello que preferimos no mirar demasiado de cerca.
No se trata de un problema moral. Es una condición humana.
La dificultad aparece cuando esas ficciones comienzan a ocupar todo el espacio disponible.
Entonces dejamos de utilizarlas para comprender la realidad y comenzamos a utilizarlas para protegernos de ella.
Tal vez por eso una de las tareas más difíciles de nuestro tiempo consista en sostener una relación honesta con uno mismo.
No porque la verdad sea evidente. Tampoco porque exista una forma pura de autenticidad esperando ser descubierta debajo de todas las máscaras. La experiencia suele ser mucho más incómoda. Consiste en reconocer aquellas cosas que sabemos pero preferimos no formular. Admitir ciertos cansancios. Nombrar algunas decepciones. Reconocer los límites de historias que durante años nos ayudaron a seguir adelante.
La época tampoco ayuda demasiado.
Vivimos rodeados de incentivos para construir versiones editadas de nosotros mismos. Las redes sociales, los discursos políticos, las exigencias laborales e incluso muchas formas contemporáneas de bienestar parecen empujarnos hacia una representación permanente. Hay que mostrarse exitoso. Hay que mostrarse productivo. Hay que mostrarse feliz. Hay que tener una opinión inmediata sobre todo.
La velocidad se ha convertido en una obligación.
Y cuando todo debe producirse rápidamente, también las identidades comienzan a fabricarse con apuro.
Quizás por eso la lucidez resulte tan incómoda.
Porque obliga a detenerse.
Obliga a preguntarse cuánto de lo que hacemos responde a una convicción y cuánto a una costumbre. Cuánto de lo que defendemos realmente creemos y cuánto repetimos. Cuántas de nuestras certezas sobreviven cuando desaparece el aplauso de los demás.
La lucidez no suele producir tranquilidad. Produce incomodidad.
Nos enfrenta con contradicciones que preferiríamos evitar. Nos obliga a reconocer zonas de nuestra vida sostenidas por inercias, mandatos o temores. Pero también ofrece algo a cambio.
Una forma modesta de libertad.
No una libertad grandilocuente ni revolucionaria. Una libertad pequeña, cotidiana. La posibilidad de dejar de colaborar con aquello que nos daña. La posibilidad de decir que no. La posibilidad de abandonar una explicación que ya no nos convence.
Los grandes cambios rara vez comienzan con gestos heroicos.
Comienzan con una frase mínima.
“Esto no”.
A veces la dignidad adopta exactamente esa forma.
En una época fascinada por la exhibición, quizás la honestidad siga siendo una de las formas más silenciosas de rebeldía. No porque permita cambiar el mundo de inmediato. Tampoco porque resuelva los problemas colectivos que nos rodean.
Sino porque impide algo más elemental.
Impide que terminemos convirtiéndonos en espectadores de nuestras propias mentiras.
Y en tiempos de tanta representación, no mentirse demasiado sigue siendo una forma de ética.
