Maria Jose Messina Astigueta.
«Donde hay poder, hay resistencia» — pero primero hay que saber dónde está el poder.
En la nota anterior hablé del tecnoceno como la era en la que la tecnología dejó de ser una herramienta más y pasó a ser el medio en el que transcurre casi todo lo que hacemos. Quiero quedarme un rato más ahí, porque creo que todavía falta la pregunta más incómoda: si vivimos dentro de esa era, ¿qué tipo de sujeto nos está formando? Porque ninguna época estructura solamente objetos y velocidades. También estructura conductas, hábitos, maneras de mirarnos a nosotros mismos.
No es una pregunta menor ni exclusivamente teórica. Cada época produce, junto con sus herramientas, una cierta idea de lo que significa ser una persona razonable dentro de ella.
La pregunta, entonces, no es solo qué tecnologías usamos, sino qué clase de sujeto se supone que debemos ser para movernos con soltura en medio de ellas: alguien disponible, veloz, que decide sin demorarse demasiado. Vale la pena preguntarse cuánto de esa disponibilidad elegimos y cuánto simplemente se nos fue imponiendo como condición para participar del mundo. Y vale la pena, también, sospechar de la palabra «elegir» en esa frase: cuando una condición se vuelve el precio de entrada a casi todo lo que hacemos, hablar de elección empieza a sonar más a formalidad que a descripción real de lo que pasa.
La interfaz como vigilancia sin vigilante
Foucault describía cómo ciertos dispositivos de poder no necesitan a nadie mirando todo el tiempo: alcanza con que sepamos que podríamos estar siendo observados para que empecemos a comportarnos como si lo estuviéramos. La disciplina no depende de la mirada efectiva, depende de la posibilidad de la mirada. Trasladado al tecnoceno, esto se vuelve todavía más preciso: hoy no hace falta que nadie nos vigile activamente, porque cada interfaz ya registra, mide y ordena nuestro comportamiento con una exactitud que ningún vigilante humano podría igualar. Y lo notable es que buena parte de esa vigilancia la ejercemos sobre nosotros mismos, y también entre nosotros: revisamos cuántos pasos caminamos, cuánto gastamos este mes, pero también el perfil ajeno, la foto de alguien haciendo algo ridículo que ya circula sin que nadie haya preguntado. Nos volvimos, sin darnos mucha cuenta, nuestro propio panóptico —y el de los demás.
Esto no es necesariamente siniestro en sí mismo. El problema aparece cuando esa autovigilancia, tan naturalizada entre nosotros mismos, se combina con un diseño que sabe exactamente qué mostrarnos para producir una reacción determinada. No es solo que nos observan: es que, sabiendo que cualquiera puede estar observando, empezamos a limitar de antemano lo que decimos o mostramos, por las dudas. La disciplina ya no viene de afuera con una orden explícita. Viene de una arquitectura que nos ofrece, en cada pantalla, una única forma cómoda de seguir adelante —y de una costumbre, la de vigilarnos unos a otros, que esa arquitectura no inventó pero que le viene extraordinariamente bien. Por eso conviene no dejar todo el peso del diagnóstico en «el sistema está mal diseñado»: también nosotros, con nuestros propios hábitos de mirar y ser mirados, colaboramos a que funcione tan bien.
Lo interesante —y lo perturbador— es que esta forma de poder no necesita prohibirnos nada para funcionar. Nadie nos impide detenernos, pensar dos veces, volver atrás: simplemente el camino para hacerlo está deliberadamente más largo, más confuso, más lleno de pasos intermedios que el camino que la interfaz ya trazó por nosotros. La libertad formal está intacta. Lo que se erosiona es la posibilidad real de ejercerla sin fricción. Y ahí es donde el diagnóstico foucaultiano encaja mejor que cualquier otro: el poder contemporáneo no actúa negando posibilidades, actúa organizando el terreno donde esas posibilidades se ejercen, para que ejercerlas cueste más de lo que la mayoría está dispuesta a pagar.
Vale la pena recordar, además, que nada de esto estaba escrito de antemano. Internet, y las redes sociales en particular, se presentaron durante años bajo la promesa contraria: iban a conectarnos, a acortar distancias, a darle voz a quien no la tenía. Esa promesa no era del todo falsa —todavía hoy sostiene vínculos que de otro modo no existirían—, pero terminó conviviendo, y en buena medida subordinada, a una lógica distinta: la de empresas y estados que encontraron en esas mismas plataformas una herramienta de control mucho más eficiente que cualquier vigilancia anterior. La conexión no desapareció; se volvió, además, la materia prima de otra cosa.
Un poder que ya no necesita paredes
La disciplina clásica se describía a partir de instituciones con paredes bien definidas: la escuela, el cuartel, la fábrica, la cárcel. Uno entraba a esos espacios y, mientras estaba adentro, un régimen preciso de horarios y vigilancia moldeaba su conducta. Pero también podía salir. Terminaba la jornada, se cerraba el portón, y el sujeto volvía a una vida donde ese régimen no lo alcanzaba.
Esta época rompe justamente esa condición: no hay portón que se cierre. La interfaz no es un edificio en el que entramos por un rato, es una superficie continua que nos acompaña de la cama al trabajo y del trabajo otra vez a la cama, sin ningún afuera institucional al que volver. No existe ya el momento de «salir» de la vigilancia, porque no hay una arquitectura con paredes de la cual salir: hay, en cambio, un flujo ininterrumpido de pantallas que se continúan unas a otras sin costura visible.
Esto cambia algo fundamental en la forma en que pensamos la libertad. La disciplina de paredes fijas dejaba, al menos, un tiempo y un espacio de descanso, aunque fuera precario. El poder sin paredes no necesita ese descanso para funcionar: le alcanza con estar siempre disponible, en el bolsillo, encendido, para que la distinción entre «estar adentro» y «estar afuera» del dispositivo deje directamente de tener sentido. Ya no administramos nuestro tiempo entre un adentro vigilado y un afuera libre. Administramos, apenas, distintas intensidades de una misma vigilancia continua.
Mirarnos para poder resistir
Foucault también decía que la resistencia no viene de escapar del poder, sino de conocerlo con precisión: solo entendiendo cómo opera un dispositivo podemos empezar a movernos dentro de él con algo más de libertad. Si ya no hay portón que se cierre, esa resistencia no puede ser tampoco un movimiento de salida: no hay afuera al que escapar. Quizás lo único que de verdad está a nuestro alcance sea otra cosa, más modesta: fabricar, dentro de ese flujo continuo, pausas propias que nadie nos ofreció. No para salir del tecnoceno, algo que ya no parece posible, sino para no dejar que sea él quien decida, todo el tiempo, cuándo empieza y cuándo termina cada cosa que hacemos.

Excelente descripción de esta nueva realidad
“ fabricar, dentro de ese flujo continuo, pausas propias que nadie nos ofreció.” el poder recuperar rituales y rincones de tiempo; el volver a construir intimidad e interioridad ! 👏🏻
👏 👏 Muy buen análisis
Muy bueno!!!!!!!
Dónde estamos y como usarlo para lo que es: una herramienta! Excelente!
Muchas gracias María José,tu razonamiento es impecable y nos ayuda a no quedar atrapados dentro de la tecnología,cómo el celular,sino hacer un uso racional y conservar nuestro derecho de libre elección!!!