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LA VIDA EN CUOTAS

Publicado el

Por Fabricio Falcucci.

Durante mucho tiempo endeudarse fue una forma de anticipar el futuro. Se pedía un crédito para comprar una casa, cambiar el auto, iniciar un negocio o realizar un proyecto que el ingreso presente no permitía afrontar. La deuda tenía una promesa. Era una apuesta sobre aquello que vendría.

Ahora sucede algo distinto. Las familias argentinas se endeudan para sostener el presente.

La tarjeta ya no aparece solamente cuando se rompe un electrodoméstico o surge un gasto extraordinario. Se usa en el supermercado, en la farmacia y en la estación de servicio. También sirve para pagar impuestos, servicios, cuotas escolares y tratamientos médicos. El crédito dejó de financiar proyectos. Financia la vida cotidiana.

Allí se encuentra una de las transformaciones sociales más profundas de estos años. El endeudamiento dejó de ser una excepción para convertirse en una forma habitual de administrar la escasez. El problema no comienza cuando una familia compra algo que no puede pagar. Comienza cuando necesita pedir dinero para comer, encender la luz o llegar al trabajo.

Los números describen una realidad que se percibe en cada conversación doméstica. Según el Banco Central, la mora de los créditos otorgados a las familias alcanzó el 12,8 por ciento en mayo. Un año antes era menos de la mitad. La situación resulta todavía más grave fuera del sistema bancario. Entre las fintech, más de una cuarta parte de las financiaciones presenta atrasos.

Pero la estadística solo registra el momento en que una deuda deja de pagarse. No muestra todo lo que ocurre antes. No cuenta las compras postergadas, las salidas canceladas ni los medicamentos que esperan hasta el próximo sueldo. Tampoco registra el préstamo que se toma para cubrir otro préstamo o el pago mínimo de la tarjeta que permite ganar unas semanas a cambio de agrandar el problema.

Antes de ingresar en los registros de morosidad, una familia ya atravesó muchas renuncias.

El sobreendeudamiento no puede explicarse como una suma de malas decisiones individuales. Esa mirada resulta cómoda porque desplaza la responsabilidad hacia quienes padecen el problema. Supone que millones de personas se volvieron irresponsables al mismo tiempo. No pregunta qué ocurrió con los salarios, el trabajo ni el precio de los bienes esenciales.

Las familias no olvidaron cómo administrar sus ingresos. Sus ingresos dejaron de alcanzar.

La inflación puede desacelerarse y aun así la vida continuar encareciéndose. Que los precios suban a menor velocidad no significa que vuelvan atrás. Mucho menos que los salarios recuperen de inmediato lo perdido. Mientras tanto, la electricidad, el gas, el transporte, los alquileres, las prepagas y los medicamentos ocupan una porción cada vez mayor del presupuesto familiar.

Hay gastos que no admiten sustitutos. Se puede cambiar una marca de fideos o dejar para otro mes la compra de ropa. No se puede prescindir indefinidamente de la luz, del agua, de un remedio ni del colectivo que lleva al trabajo. Cuando los servicios esenciales aumentan por encima de los ingresos, la deuda comienza a cubrir el espacio que antes ocupaba el salario.

A esta presión se suma un mercado laboral frágil. La desocupación volvió a crecer y alcanza al 7,8 por ciento de la población económicamente activa. Quienes conservan un empleo tampoco están necesariamente a salvo. El trabajo informal, los contratos precarios y los ingresos que pierden frente al costo de vida producen una nueva categoría social. Personas que trabajan todos los días y aun así necesitan endeudarse para llegar a fin de mes.

Ese quizás sea el rasgo más inquietante de esta época. La deuda ya no aparece solamente frente a la ausencia de trabajo. También aparece dentro del mundo del trabajo. El empleo dejó de garantizar que una familia pueda sostenerse sin recurrir al crédito.

El mercado comprendió rápidamente esta necesidad. Hoy es posible conseguir dinero en pocos minutos y desde un teléfono. No hace falta explicar para qué se necesita. Tampoco demostrar demasiado. Una aplicación ofrece lo que el salario niega y lo deposita casi de inmediato. La facilidad inicial oculta el costo posterior. Tasas elevadas, intereses acumulativos y refinanciaciones convierten una urgencia pequeña en una obligación que se extiende durante meses o años.

El crédito digital se presenta con el lenguaje de la libertad. En realidad, muchas veces administra la desesperación.

Cada vencimiento organiza el mes. Primero se paga una tarjeta. Después se utiliza otra para cubrir los gastos que quedaron sin atender. Se pide un préstamo para cancelar una cuota y más tarde se refinancia el préstamo. No existe un momento preciso en el que todo se derrumba. Hay un desplazamiento lento. El ingreso deja de pertenecer al presente porque llega comprometido con el pasado.

Esta situación también modifica los vínculos familiares. La deuda produce silencios, discusiones y culpas. Obliga a explicarles a los hijos por qué algo que ayer parecía normal hoy resulta imposible. Hace que una cena, un cumpleaños o una consulta médica se conviertan en decisiones financieras. La economía entra en la intimidad y transforma cada elección cotidiana en un cálculo.

El sobreendeudamiento no afecta solamente el patrimonio. Coloniza el tiempo y la vida emocional.

Existe además una dimensión política que no debería ocultarse. Cuando el ajuste se mide únicamente a través del equilibrio de las cuentas públicas, queda fuera de escena el desequilibrio de las cuentas familiares. El Estado puede exhibir orden fiscal mientras los hogares acumulan cuotas, intereses y vencimientos. Una cifra mejora en una planilla y otra empeora en millones de cocinas.

El discurso oficial suele presentar el sacrificio como una etapa necesaria. Se pide paciencia mientras llegan las inversiones, se recupera la actividad o aparece el crecimiento prometido. Pero el tiempo económico no transcurre de la misma manera para todos. Quien tiene ahorros puede esperar. Quien debe pagar el alquiler, comprar comida o conseguir un medicamento necesita respuestas ahora. La espera también es un privilegio.

Por eso el endeudamiento familiar no constituye un efecto secundario ni una dificultad privada. Es un clima de época. Expresa una sociedad en la que el presente se volvió demasiado caro y el futuro ya llega comprometido. Las familias no toman deuda para vivir mejor mañana. La toman para no vivir peor hoy.

Detrás de cada resumen impago hay algo más que una obligación financiera. Hay un salario que perdió fuerza, un trabajo que desapareció, una tarifa que aumentó o una necesidad que no podía postergarse. También hay una política económica que decidió confiar en que el mercado resolvería aquello que los ingresos ya no podían sostener.

Frente a esta realidad se repite que primero debe ordenarse la macroeconomía y que, tarde o temprano, esa mejoría llegará a la vida cotidiana. La afirmación parte de una separación ficticia. La macroeconomía y la economía de las familias no pertenecen a mundos diferentes. Son dos caras de una misma moneda. No puede considerarse sana una economía en la que las cuentas públicas cierran mientras las cuentas domésticas se vuelven imposibles. Si el equilibrio general se sostiene sobre salarios insuficientes, pérdida de empleo y hogares endeudados, no existe equilibrio. Solo se trasladó el costo de una cuenta a la otra.

La vida en cuotas puede prolongar la apariencia de normalidad. Pero ninguna sociedad puede financiar indefinidamente su vida cotidiana. En algún momento las cuentas vencen. Y no todas las deudas pertenecen a quienes figuran en el resumen.

 

3 COMENTARIOS

  1. Buenos días Profe ,como cada Sábado un placer inmenso leer sus artículos que nos llevan a reflexionar.
    Este artículo me hizo reflexionar mucho porque describe una realidad que hoy viven miles de familias argentinas, y que también siento muy cercana. Lo que más me impactó es cómo explica que hoy las personas ya no se endeudan para cumplir un sueño o mejorar su calidad de vida, sino simplemente para poder vivir. Es muy triste que algo tan básico como comprar alimentos, pagar un remedio o mantener la luz encendida se haya convertido en un motivo de preocupación.
    En mi caso, el ejemplo más claro es el aumento de la boleta de la luz. Recibí una factura tan alta que se volvió prácticamente imposible de pagar con los ingresos que tengo. Cuando una sola boleta representa gran parte del dinero que entra a una casa, uno empieza a preguntarse de dónde sacar el resto para comer, comprar los medicamentos o afrontar los demás gastos. Ahí es donde muchas familias terminan recurriendo a la tarjeta de crédito o a un préstamo, no por un lujo, sino por necesidad.
    Lo más doloroso es que, aunque uno haga todo bien, administre el dinero, deje de comprar cosas para uno mismo y trate de ahorrar, muchas veces no alcanza. Vivir el día a día cuesta cada vez más. Cada aumento obliga a renunciar a algo, y esa incertidumbre genera angustia, miedo y una sensación de que siempre se está corriendo detrás de las cuentas.
    Creo que una economía no debería medirse solo por los números del Estado, sino también por la tranquilidad con la que viven las familias. Porque cuando una persona tiene que elegir entre pagar la luz o comprar comida, deja de ser un problema económico y pasa a ser un problema humano. Y ninguna familia debería vivir con esa preocupación todos los meses.

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