Por José Mariano.
«La mentira no está en las palabras, está en las cosas.»
— Italo Calvino, Las ciudades invisibles
Ciudad Bache está en todos lados y en ninguna parte. No figura en mapas, pero cualquiera reconoce una ciudad de calles destruidas, obras inconclusas e instituciones en crisis permanentes. Ninguna descripción puede abarcarla por completo, porque siempre contiene una forma de desorden que todavía no logramos poner en palabras. Sin embargo, su deterioro más profundo no está en el pavimento. Ciudad Bache es una máquina de fabricar ciudadanía. Forma habitantes individualistas, desconfiados y a la defensiva, entrenados para esquivar obstáculos y resolver por su cuenta cada fracaso del Estado.
Todo funciona aproximadamente. Las calles son aproximadamente transitables. Los semáforos son aproximadamente obligatorios. Las señales son aproximadamente visibles. Los lugares permitidos para estacionar se distinguen aproximadamente de los prohibidos. Los colectivos se detienen más o menos cerca de las paradas y las normas parecen escritas en borrador. Nunca sabemos del todo si las estamos cumpliendo o si acabamos de ingresar, sin advertirlo, en la zona de caza de una grúa.
Manejar por Ciudad Bache exige interpretar indicios, recordar pozos y anticipar movimientos. Avanzamos atentos a las ruedas del auto que va adelante. Una maniobra repentina puede revelarnos un cráter oculto. Miramos hacia ambos lados aunque el semáforo esté en verde. Desconfiamos del cordón despintado y del poste sin cartel. Los encargados del tránsito están ausentes cuando deben ordenarlo y aparecen con una rapidez extraordinaria y una organización impecable cuando pueden recaudar. La ciudad exige obedecer señales ilegibles y aplica sanciones precisas en un espacio organizado por la ambigüedad. La multa es la única forma de certeza que conocemos en Ciudad Bache.
Las obras públicas poseen su propia lógica. Rompen el pavimento, arrojan tierra o escombros y dejan que los autos continúen circulando. Cortan calles sin aviso, señalización previa, desvíos organizados ni rutas alternativas. Los colectivos cambian sus recorridos, los autos quedan encerrados y las motos invaden las veredas. Bajo la excusa de arreglar una cuadra, descomponen media ciudad. Hasta cuando arregla, Ciudad Bache rompe. Puede cerrar una avenida y paralizar el tránsito. No existen dobles turnos ni trabajos nocturnos destinados a preservar el movimiento. Cada actividad se realiza cuando resulta conveniente para quien la ejecuta, como si el tiempo de los demás no formara parte de ninguna decisión pública.
Después quedan los pavimentos levantados, los cercos olvidados, los montículos de escombros y los carteles desteñidos que alguna vez anunciaron progreso. Cada obra comienza con una fotografía y puede convertirse en ruina antes de ser concluida. Nadie informa por qué se detuvo, cuánto costó, cuándo debería terminar ni quién responde por ella. La inauguración pertenece al poder; el abandono queda a cargo de los vecinos.
El desborde de las cloacas expone una dimensión todavía más grave del deterioro. El agua servida corre por las calles, se acumula junto a las veredas y permanece durante días frente a casas, escuelas y comercios. Los vecinos caminan entre residuos cloacales, los autos los dispersan y el olor se incorpora al aire que respiramos. Una emergencia sanitaria termina convertida en una molestia más, como si convivir con excrementos en la vía pública pudiera formar parte de la normalidad urbana. Ciudad Bache alcanza allí uno de sus extremos. Obliga a sus habitantes a naturalizar aquello que ninguna sociedad debería tolerar.
La lluvia transforma el desorden en peligro. El agua cubre los pozos, los canales obstruidos desbordan, los semáforos dejan de funcionar y los cordones desaparecen. Ya no sabemos si avanzamos sobre diez centímetros de agua o sobre una excavación. La basura que había sido desplazada regresa para bloquear el paso. Nada desapareció. Todo aguardaba en otro lugar. La recomendación oficial es que la gente no salga en auto.
Quien debe trabajar, buscar a sus hijos, atender una emergencia o regresar a su casa tendrá que resolverlo por su cuenta. Cuando la ciudad se vuelve peligrosa, el gobierno les pide a sus habitantes que desaparezcan de la calle. La falta de previsión institucional se convierte en precaución individual. Si alguien sale, rompe el auto o queda atrapado, cargará además con la sospecha de haber sido imprudente.
Ciudad Bache tampoco organiza sus tiempos. Los camiones recolectan la basura durante las horas pico en zonas transitadas. Los vehículos que cargan y descargan mercaderías ocupan el centro sin ningún apuro, y en cualquier horario, mientras miles de personas intentan llegar al trabajo o llevar a sus hijos al colegio.
Ciudad Bache desplaza sus costos. Las calles destruidas se pagan con el tren delantero y los amortiguadores; las inundaciones, con las pérdidas de los vecinos; el abandono, con tiempo, dinero y desgaste. También la movilidad se administra desde una experiencia ajena. Quienes deciden cuánto cuesta el boleto o el taxi rara vez dependen de ellos para llegar al trabajo. Las consecuencias de cada decisión terminan en manos de quienes nunca participaron de ella.
Vivimos en la época de la inteligencia artificial. Podemos detectar baches mediante cámaras, producir mapas de calor, geolocalizar cada pozo y clasificarlo según su peligrosidad. El bache tiene coordenadas, dimensiones, fotografías y probablemente un expediente digital. La inteligencia artificial lo conoce como dato. Nosotros lo conocemos como experiencia cotidiana.
La modernización queda reducida a anuncios, aplicaciones y estadísticas que no modifican las condiciones materiales de la ciudad. Debajo continúan los basurales, los canales obstruidos y las obras inconclusas. Ciudad Bache anuncia el futuro mientras repara con tierra aquello que detecta mediante algoritmos.
Quienes la gobiernan parecen habitar otra ciudad, una ciudad limpia, dinámica y luminosa, capaz de caber entera en una publicación. Allí las obras siempre comienzan, los funcionarios siempre recorren y la gestión nunca deja de avanzar. Fuera del encuadre permanecen los escombros, el agua y la basura. El poder confunde exposición con presencia, publicación con acción y repercusión digital con resultado social. La gestión concluye cuando consigue la imagen. Los habitantes conviven con todo lo que queda después.
Cada una de esas experiencias contiene una lección. La ciudad enseña a desconfiar de las reglas, anticipar la conducta ajena, aprovechar cada oportunidad y resolver en soledad aquello que debería organizarse en común. «Si no lo hago yo, lo va a hacer otro» se convierte en una moral de supervivencia capaz de justificarlo todo. No se trata de habitantes naturalmente incapaces de vivir juntos. Sucede que Ciudad Bache los prepara para una vida de adaptación individual, sospecha y sálvese quien pueda.
Así se completa el círculo. Esa ciudadanía mantiene en funcionamiento aquello que las instituciones abandonan y, al mismo tiempo, reproduce las condiciones que la hicieron necesaria. El poder fabrica los hábitos que necesita para sobrevivir y después los presenta como causa de la decadencia. La calle puede repararse, el tránsito puede ordenarse y los horarios pueden regularse. Pero cuando el abandono se convierte en cultura, la obra pública ya no alcanza. Hace falta reconstruir una disposición hacia lo común, porque ninguna ciudad organizada puede sostenerse sin ciudadanos dispuestos a habitarla como una sociedad.
Los baches más profundos de Ciudad Bache no están en sus calles.
Esto es Fuga.
Edición 61.

Un poco largo pero muy bueno . Yo creo que el mundo es un lugar con baches y en lugares impensados . El globo tiene dolores de panza y me temo que es algo grave .