Por Lucía Hoffman.
«Las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando tienen razón como cuando están equivocados, son más poderosas de lo que generalmente se cree. En realidad, el mundo está gobernado por poco más que eso.»
— John Maynard Keynes
Cada época económica necesita una narración capaz de ordenar sus miedos, justificar sus sacrificios y volver creíble su promesa de futuro. Esa narración nunca ocupa un lugar secundario. Constituye una de las condiciones indispensables para que cualquier programa económico pueda sostenerse en el tiempo. Los mercados no reaccionan únicamente frente a variables objetivas. También responden a las expectativas, y las expectativas siempre son el resultado de una determinada manera de interpretar la realidad.
Durante décadas se presentó a la economía como una ciencia gobernada exclusivamente por los datos. El crecimiento, la inflación, el déficit fiscal, el empleo o las reservas parecían hablar por sí mismos, como si los números pudieran prescindir de quien los interpreta. Sin embargo, la experiencia demuestra exactamente lo contrario. Los datos nunca llegan solos. Siempre aparecen acompañados de un relato que explica qué significan, cuáles son relevantes y cuáles deberían quedar en un segundo plano. Antes de administrar recursos, toda política económica administra una forma de mirar.
Desde el regreso de la democracia, la Argentina atravesó proyectos económicos profundamente diferentes. Hubo gobiernos que hicieron de la estabilidad monetaria su principal bandera y otros que colocaron el consumo y el mercado interno en el centro de su legitimidad. Algunos construyeron su autoridad alrededor de la confianza de los inversores; otros la buscaron en la expansión del empleo, el salario o la producción. Hoy vuelve a predominar una narrativa que organiza la discusión pública alrededor del equilibrio fiscal, la desaceleración de la inflación y los grandes indicadores macroeconómicos. Las diferencias entre esos modelos son reales. También lo es el mecanismo que todos comparten: la necesidad de convertir una determinada interpretación de la economía en sentido común.
No existe política económica que pueda sostenerse únicamente sobre decisiones técnicas. Todas necesitan construir legitimidad. Ninguna sociedad acepta sacrificios prolongados si no encuentra una explicación capaz de dotarlos de significado. Un ajuste no se vuelve tolerable porque las planillas de cálculo lo recomienden. Se vuelve tolerable cuando consigue presentarse como el precio inevitable de un futuro mejor. Lo mismo ocurrió con las promesas de crecimiento acelerado, con las expansiones del gasto público o con las políticas de apertura económica. Antes de convertirse en medidas, fueron interpretaciones sobre el país que existía y sobre el país que podía construirse.
Por esa razón, las grandes disputas económicas rara vez se desarrollan alrededor de los datos en sí mismos. Se desarrollan alrededor de la jerarquía que esos datos adquieren. Una administración celebra la baja de la inflación; otra señala la caída del consumo. Un gobierno destaca el equilibrio de las cuentas públicas; la oposición responde mostrando el deterioro del empleo o del salario. Se exhibe el crecimiento de las reservas mientras otros recuerdan el cierre de empresas, la disminución de la actividad industrial o la reducción del consumo de alimentos básicos como la leche. En la mayoría de los casos, todos esos datos son ciertos. La disputa no consiste en producir estadísticas distintas. Consiste en decidir cuáles de ellas representan mejor la realidad.
Allí reside uno de los principales mecanismos de construcción de poder. Gobernar una economía también significa establecer qué merece ser observado y qué puede dejar de verse. Ningún gobierno necesita ocultar todos los hechos. Le alcanza con convencer a la sociedad de que algunos indicadores sintetizan mejor que otros el estado del país. La discusión deja entonces de girar alrededor de los acontecimientos y comienza a girar alrededor del marco desde el cual esos acontecimientos serán interpretados.
La inflación constituye un ejemplo elocuente. Reducirla es un objetivo legítimo de cualquier programa económico. Sin embargo, convertirla en el único indicador relevante modifica inevitablemente la forma en que una sociedad evalúa el resto de los problemas. Del mismo modo, hacer del consumo el principal termómetro del bienestar desplaza hacia un segundo plano otras variables igualmente decisivas, como la sostenibilidad fiscal, la productividad o la inversión. Ningún indicador agota por sí solo la complejidad de una economía. Todos iluminan una parte de la realidad mientras dejan otras zonas en penumbra.
Lo mismo ocurre con la corrupción. Sus consecuencias exceden ampliamente el dinero desviado. La corrupción deteriora el activo más importante de cualquier economía moderna: la confianza institucional. Allí donde las reglas parecen arbitrarias, donde el mérito deja de ser un criterio previsible o donde la cercanía al poder sustituye a la competencia, disminuyen la inversión, la innovación y la disposición a proyectar el futuro. Ninguna economía prospera durante demasiado tiempo cuando sus instituciones pierden credibilidad. La confianza no es una consecuencia del crecimiento. Es una de sus condiciones.
Por eso las economías no funcionan únicamente con capital, producción o consumo. Funcionan, sobre todo, con expectativas compartidas. Una moneda conserva su valor porque millones de personas creen que seguirá conservándolo mañana. Un crédito existe porque alguien supone que podrá cumplir una promesa futura. Una inversión se realiza porque existe confianza en que las reglas mantendrán cierta estabilidad. Incluso los mercados financieros, presentados tantas veces como espacios gobernados por la racionalidad, reaccionan permanentemente frente a percepciones, señales y expectativas. La economía nunca estuvo separada de las creencias colectivas.
El verdadero desafío consiste en no confundir una interpretación con la realidad misma. Toda política económica necesita construir sentido. El problema comienza cuando ese sentido pretende convertirse en la única lectura posible. En ese momento, los datos dejan de servir para comprender la realidad y empiezan a funcionar como piezas de una narración destinada a confirmarse a sí misma.
Las economías cambian cuando cambian sus políticas. Pero también cambian cuando cambian las historias que una sociedad decide creer sobre sí misma. Esa disputa nunca aparece en los balances ni en los informes estadísticos. Sin embargo, allí suele comenzar el destino de cualquier programa económico. Antes de que se muevan los mercados, cambian las expectativas. Y antes de que cambien las expectativas, siempre cambia la manera en que una época aprende a nombrar su propia realidad.
