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LA GUERRA POR LA REALIDAD

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Por José Mariano.

«El sujeto ideal del gobierno totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino la gente para la cual la distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso, ha dejado de existir.»
— Hannah Arendt

La política ya no discute sobre la realidad. Discute por la realidad. Ese es el cambio decisivo de nuestra época.

Antes las diferencias empezaban después de los hechos. Se discutían las causas, las soluciones, las responsabilidades. Había desacuerdos. Muchos. Pero todos partían del mismo mundo. Hoy ni siquiera eso compartimos. La primera discusión ya no es qué hacer. Es qué está pasando.

Los datos dejaron de terminar con las discusiones. Ahora comienzan las discusiones. Una estadística responde a otra. Un informe desmiente al anterior. Cada evidencia encuentra otra evidencia que dice lo contrario. Ya no discutimos distintas interpretaciones de una misma realidad. Discutimos cuál de todas merece llamarse realidad.

Eso cambió la naturaleza del poder. Quien consigue instalar un diagnóstico gana la mitad de la batalla antes de que aparezca la primera propuesta. Define el problema. Decide qué merece atención y qué puede desaparecer.

Confundimos hechos, datos y relatos todo el tiempo. Y no son lo mismo. Los hechos ocurren. Los datos registran una parte de esos hechos. Los relatos deciden cómo ordenar esos datos.

El problema empieza cuando el relato deja de explicar la realidad y empieza a reemplazarla. Ahí algunos hechos dejan de existir, no porque hayan desaparecido. Sino porque dejaron de ser útiles.

Los datos no hablan. Nunca hablaron. Hablan quienes deciden qué medir. Hablan quienes eligen cuándo publicar un indicador y cuándo esconder otro en la página veinte de un informe. Todo dato siempre deja algo afuera. Los datos pueden ser verdaderos. Eso no los vuelve neutrales. Toda medición ilumina una parte de la realidad y oscurece otra.

Puede bajar un indicador de pobreza mientras cae el consumo de leche. Puede desacelerarse la inflación mientras una familia siente que cada compra en el supermercado cuesta más que la anterior. Las dos cosas pueden ser ciertas. El problema aparece cuando solo una de ellas pretende explicar todo el país.

Los medios hacen ese trabajo todos los días. No necesitan inventar noticias. Les alcanza con administrar la atención. Deciden qué ocupa la portada, cuánto dura una noticia y cuándo deja de existir para la conversación pública. En una época donde sobra información, lo más eficaz no es ocultar un hecho. Es volverlo irrelevante.

Las redes terminaron de romper el mundo que todavía compartíamos. Dos personas viven en la misma ciudad. Caminan por las mismas calles. Usan el mismo teléfono. Pero despiertan en países distintos. Ven noticias distintas. Escándalos distintos. Prioridades distintas. Ya no habitan opiniones diferentes. Habitan realidades diferentes.

Después nos preguntamos por qué dejamos de entendernos. 

La conversación también cambió. Antes se escuchaba un argumento y después se discutía. Ahora primero miramos quién habla. Libertario. Kirchnerista. Progresista. Conservador. Da igual. La identidad llega antes que la idea. El argumento ya viene clasificado antes de ser escuchado.

Opinar distinto dejó de abrir conversaciones, y comenzó a cerrar personas. La misma conducta puede parecernos admirable o intolerable según quién la protagonice. La vara sigue ahí. Cambia el destinatario. La moral dejó de mirar los hechos. Mira la tribu.

Nada de eso ocurre por accidente. Hace falta una realidad fragmentada para que funcione. Cada grupo elige los hechos que necesita, ignora los demás y termina viviendo dentro de un mundo construido a su medida. La pertenencia pesa más que la evidencia.

La propaganda también cambió. Antes buscaba que todos creyeran la misma historia. Hoy alcanza con algo mucho más simple: que nadie comparta la misma realidad.

Una sociedad puede convivir con las diferencias. No puede convivir con la desaparición de un mundo común.

El exceso de información terminó produciendo el mismo efecto que la censura. Ya no hace falta esconder un hecho. Basta con enterrarlo debajo de otros mil. Todo parece urgente. Todo dura unas horas. Todo desaparece antes de que alguien pueda entender qué pasó.

No vivimos una crisis de información. Vivimos una crisis de realidad.

El pasado puede reescribirse. El futuro puede administrarse. El presente también puede ocuparse. Esa es la disputa de fondo.

Las guerras del siglo XXI ya no se libran solamente por el territorio, por la economía o por las instituciones. Se libran por la realidad. Porque una sociedad dividida por opiniones todavía puede discutir. Pero cuando deja de compartir una misma realidad, deja de tener un mundo común sobre el cual discutir.

 

Eso es Fuga.

Edición 57.

3 COMENTARIOS

  1. A veces una buena ilustración también piensa. La portada sintetiza con brillantez la profundidad de esta reflexión. Excelente.
    Es un placer y un lujo leerte!!

  2. Tu lectura de la realidad es correcta y aún más grave , porque dentro de un supuesto mismo grupo hay realidades diferentes , por ejemplo :Los partidos políticos .

  3. Muy buena. Creo que hoy el mayor desafío no es la falta de información, sino poder compartir una misma realidad.

    Un país, muchas realidades..

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