Por Catalina Irades.
Una derrota en el deporte suele leerse como un fracaso. Los números son contundentes: uno gana y otro pierde. Sin embargo, las sociedades no viven los resultados únicamente desde la lógica del marcador. Los transforman en relatos, símbolos y memorias. Allí comienza el verdadero partido.
Para muchos, Argentina perdió una final. Para millones de argentinos, en cambio, ocurrió algo distinto: volvimos a encontrarnos.
Esta aparente contradicción invita a una pregunta más profunda: ¿qué hace que un pueblo pueda sentirse victorioso aun cuando el resultado deportivo no lo favorece?
La respuesta no está en el fútbol. Está en la identidad.
La identidad no es una esencia con la que nacemos. Es una construcción permanente. Se configura a partir de la historia compartida, la cultura, el lenguaje, los rituales y los vínculos que nos permiten responder, una y otra vez, a la pregunta de quiénes somos. No se trata únicamente de una definición individual, sino también colectiva. Una nación existe porque quienes la habitan comparten símbolos capaces de trascender las diferencias.
Sigmund Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), explica que los grupos se constituyen mediante procesos de identificación. Identificarse es reconocer en otro algo propio; es tomar a una figura, un ideal o una causa común como punto de encuentro. La cohesión social no depende solamente de convivir en un mismo territorio, sino de compartir aquello que organiza afectivamente a una comunidad.
Durante un Mundial ocurre precisamente ese fenómeno.
La camiseta deja de ser una prenda para convertirse en un símbolo. El himno deja de ser una melodía para transformarse en una emoción compartida. Familias enteras se reúnen, amigos vuelven a encontrarse, desconocidos se abrazan en una plaza. Durante unas horas, las diferencias ideológicas, económicas o generacionales pierden protagonismo frente a una identidad común.
Desde la antropología, Clifford Geertz entendía la cultura como una red de significados construida colectivamente. Los seres humanos no habitamos solamente un territorio; habitamos símbolos. Y esos símbolos adquieren sentido cuando son compartidos. El Mundial es uno de esos escenarios privilegiados donde la cultura deja de ser una abstracción para convertirse en experiencia.
La psicología social ha mostrado que los rituales colectivos fortalecen el sentido de pertenencia, disminuyen la percepción de aislamiento y favorecen la cooperación. Cantar un himno, vestir los mismos colores o celebrar un gol junto a miles de personas no son actos superficiales: son experiencias que consolidan el tejido simbólico de una comunidad.
Quizás por eso las imágenes más conmovedoras de este Mundial no estuvieron únicamente dentro de la cancha.
Estuvieron en un padre abrazando a su hijo antes del partido. En los amigos que volvieron a reunirse después de años. En los abuelos que compartieron un último campeonato con su familia. En quienes lloraron no solo por un resultado, sino porque comprendieron que el tiempo también juega su propio partido.
Perder una final duele. Negarlo sería desconocer la dimensión afectiva del deporte. Pero reducir un Mundial al resultado es olvidar aquello que permanece cuando el marcador se apaga.
Queda la memoria.
Queda la emoción.
Queda la certeza de que, durante semanas, millones de personas encontraron un motivo para sentirse parte de algo mayor que sí mismas.
Vivimos en una época atravesada por el individualismo, donde el éxito suele medirse en logros personales y la identidad parece fragmentarse entre pantallas, algoritmos y discursos enfrentados. En ese contexto, los acontecimientos colectivos adquieren un valor extraordinario: nos recuerdan que seguimos necesitando del otro para construir sentido.
Tal vez esa sea la verdadera victoria argentina.
No la de un trofeo.
La de una cultura que, incluso en la derrota, conserva la capacidad de emocionarse, de abrazarse y de reconocerse en un “nosotros”.
Porque los campeonatos pasan.
Las generaciones cambian.
Pero cuando un pueblo logra sostener su identidad, comprender su historia y convertir una emoción compartida en un acto de encuentro, descubre que existen victorias que ninguna estadística puede registrar.
Y quizás esa sea la más importante de todas.
