El Maestro

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Por Guido Brotto.

Cuando las instituciones establecen las relaciones de reconocimiento adecuadas tanto hacia arriba (de los individuos a la institución) como hacia abajo (de la institución a los individuos), hacen posibles la libertad, en el sentido negativo de liberar a los individuos de «la carga debilitante de la reflexión y negociación constantes de cada norma», así como en el sentido positivo de ofrecer y promover objetivos, actividades y funciones sociales significativas.

De esta forma, se genera un reconocimiento mutuo. Por un lado, los individuos reconocen la legitimidad de la institución (obedecen sus reglas, confían en ella); por el otro, la institución reconoce a los individuos como sujetos con dignidad, derechos y un lugar dentro de la comunidad.

En el artículo 29 de La Declaración Universal de Derechos Humanos, se afirma que «toda persona tiene deberes respecto a la comunidad, puesto que solo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad». La realización humana depende de una relación dinámica entre el individuo y las instituciones que organizan la vida común. La personalidad no se desarrolla al margen de ellas, sino a través de la participación activa en una comunidad que, al mismo tiempo que ofrece reconocimiento y estabilidad, necesita ser transformada por quienes la integran.

Sin embargo, ninguna institución, por bien organizada que esté, puede prever todas las formas futuras de la vida común. Si solo reprodujera sus propias normas, terminaría convirtiéndose en un mecanismo de conservación antes que de desarrollo.

Toda comunidad necesita, por lo tanto, una instancia capaz de introducir una diferencia desde su propio interior. No para destruir el orden que la sostiene, sino para retroalimentar su propio desarrollo y el de su comunidad. Una institución madura no es la que elimina el conflicto, sino la que encuentra la manera de convertirlo en una fuerza creadora.

Ese «excedente» con respecto a la reproducción inerte del orden establecido puede encontrar su lugar en la figura del maestro.

La figura del maestro no debería reducirse a una persona concreta. El maestro no reside necesariamente en quien enseña. Del mismo modo que en el campo de la psicología, el inconsciente no reside «dentro» del individuo, el maestro no es una persona, sino una función.

Su función básica no es proporcionar los argumentos necesarios para adoptar una determinada posición, sino sorprendernos con afirmaciones que van contra nuestra propia opinión -e incluso contra la suya-.

Es, más bien, una función que aparece allí donde el reconocimiento produce un excedente que la estructura ya no puede contener.

No es él quien transmite conocimientos. Tampoco quien posee respuestas mejores que los demás. Su función consiste en mantener abierta la posibilidad de que una comunidad pueda transformarse sin dejar de reconocerse como tal. Así como el inconsciente revela aquello que una estructura no puede decir de sí misma, el maestro introduce preguntas, interrupciones e incluso arbitrariedades que invitan al sujeto a explorar caminos que la comunidad todavía no ha aprendido a recorrer.

La función del maestro solo se revela cuando una comunidad encuentra en su propio seno una verdad que desborda las formas de reconocimiento hasta entonces vigentes. Es entonces cuando el joven tiene razón en discrepar de la línea predominante.

Así, el maestro lo necesita más que a los otros. No para que renuncie a su verdad, sino para que la ponga en juego dentro de la comunidad. Lo que pretende es que uno consienta en poner el propio yo en el nosotros de la identidad colectiva: «Lucha a nuestro lado, lucha para nosotros, lucha por tu verdad contra nuestra línea, pero nunca luches solo, desde fuera».

Solo entonces el artículo 29 deja de ser una declaración de principios para convertirse en una exigencia política: la personalidad solo puede desarrollarse plenamente en una comunidad que no tema ser transformada por quienes la integran y que sea capaz de reconocer, precisamente en esa diferencia, la condición de su propio desarrollo.

 

1 COMENTARIO

  1. Me pareció un texto muy interesante porque plantea que una comunidad solo puede crecer si es capaz de aceptar las diferencias y dejarse transformar por ellas. La idea del maestro como una función que abre preguntas, más que alguien que da respuestas, me resultó especialmente original.

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