Por Fer Flores.
«Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene».
— Indio Solari
Cris:
Me permito llamarte así, aunque no te conozca. El peronismo tiene eso: sentir el amor como una forma de vínculo político. Como también, y al mismo tiempo, saber exigir.
Desde el histórico conflicto por la 125 hasta hoy, hice de mi militancia un acto casi heroico. Soy mujer, peronista, docente, sin estructura y vivo en una provincia como Tucumán. Sostener esa militancia exigió una coherencia y una entrega que muchas compañeras conocen muy bien.
Viví cada victoria electoral como una promesa de transformación. Esas victorias impulsaron políticas que devolvieron derechos, derechos que ningún otro espacio, por más que gritara demagogia, habría garantizado. Pero sabemos que no alcanzó. Todo marco jurídico, toda ley, quedó corto. Cada período electoral volvió a encerrarnos en un círculo demasiado breve.
Cuando llegó el momento de resistir, la respuesta fue siempre la misma: no hicimos lo suficiente.
Hoy quiero plantear otra posición. Sin pedir disculpas y plantada en mi lugar, les digo: no hicieron lo suficiente. Con este gesto me saco una mochila histórica de responsabilidad que ya no quiero —ni me corresponde— seguir cargando.
Esa responsabilidad le corresponde a la dirigencia. A quienes se presentaron como promesas de un proyecto político, se apoyaron en las victorias electorales que el peronismo aseguraba y no lograron construir, junto al pueblo, una plataforma real para transformar el país con una mirada federal y de largo plazo.
Nos quedamos administrando lo posible cuando había que disputar lo necesario.
Sabemos que las políticas fueron insuficientes cuando llegamos al punto de denunciar que la propia democracia está en riesgo. La Justicia tiene una responsabilidad enorme, pero no es la única. Durante años postergamos las discusiones profundas para priorizar lo electoral —sobre todo en las provincias— y así le abrimos la puerta al caballo de Troya del pragmatismo.
Sí, ganar elecciones es importante. Ganamos elecciones. Perdimos lo simbólico. Perdimos algo más profundo: la idea del poder como construcción colectiva. La reemplazamos por la ilusión de que el poder es un lugar al que se llega.
Confiamos en dirigentes y en su representación incluso cuando demostraron, una y otra vez, que podían traicionarse entre ellos y traicionar al movimiento. Si la democracia está en riesgo, la responsabilidad no pertenece únicamente al adversario. También alcanza a un espacio propio que confió demasiado, exigió demasiado poco y confundió lealtad con silencio.
Los trabajadores ven. Ven quioscos cada vez más ostentosos, insultantes frente a una pobreza que no deja de crecer. Y aun así me atrevo a afirmar que ese trabajador sigue siendo solidario. Conserva una ética que la política muchas veces abandonó.
Lo político también se erosionó cada vez que un compañero justificó cobrar sin trabajar. Corta la bocha: cuéntenmela como quieran. Que si no cobra uno, cobra otro; que siempre fue así; que no queda más remedio. Amén. Pero no nos quemen más.
Todavía están a tiempo de dar el ejemplo, mirarse al espejo y decidir qué clase de peronistas quieren ser. Sin traicionar al otro. Sin pedirle a la militancia que sostenga con sacrificio aquello que la dirigencia no fue capaz de honrar.
Recuperar la confianza en la política exige reconstruir la idea de que cada representante debe ser fiel a la voluntad del pueblo. Solo desde allí podremos reclamar una transformación real del sistema y una reforma profunda que alcance a la Justicia, hoy convertida en el vértice visible de una crisis que desborda al Poder Judicial.
Y, por las dudas, hacerle el juego a la derecha es no llamar traidor al dirigente que nos vende, no señalar a la compañera que se atreve a ser crítica. La crítica no rompe al movimiento. Lo rompe la obediencia que protege a quienes lo abandonan.
Por último, te amo, Cristina.
Pidamos lo imposible.
Somos peronistas.
