Por Fernando Pérez.
Existe en la teoría política un momento bisagra, casi imperceptible mientras ocurre, en el que las herramientas que sirvieron para edificar una hegemonía se transforman, de pronto, en las que terminan acelerando su desgaste. Es el punto de inflexión donde la estética deja de operar como un vehículo de la sustancia para convertirse en su propio obstáculo.
Javier Milei construyó su capital simbólico no a pesar de su excentricidad, sino a partir de ella. La irrupción del economista de melena despeinada y discurso violentamente frontal no fue un mero accidente del ecosistema mediático, sino la respuesta sintomática a un sistema político agotado por la corrección formal y el vacío de contenido. En aquel escenario, el agravio no era leído como violencia, sino como autenticidad; la intemperancia verbal no era vista como impericia diplomática, sino como la rabia moral de una ciudadanía estafada. El histrionismo funcionaba como un contrato de confianza: «Si no habla como los políticos tradicionales, no actuará como ellos».
Sin embargo, el tránsito de la plaza pública a las oficinas del Poder Ejecutivo impone una metamorfosis que la sociología del poder ha estudiado con detenimiento. Max Weber distinguía con claridad entre la legitimidad carismática —sustentada en la devoción a la gracia personal o al heroísmo de un individuo— y la legitimidad legal-racional, basada en la creencia en la legalidad de las ordenaciones establecidas. El problema ético y pragmático que enfrenta hoy la figura presidencial radica en la pretensión de gobernar el Estado mediante los mismos dispositivos emocionales con los que se lo combatió.
Lo que en la campaña era celebrado como «batalla cultural» empieza a percibirse en la gestión cotidiana como una distracción costosa. La sobreexposición en redes sociales, los ataques a periodistas, artistas o legisladores, y la constante apelación a un lenguaje maniqueo —que reduce la complejidad social a una lucha entre héroes y «ratas»— han comenzado a erosionar la paciencia de un sector clave del electorado. No es necesariamente un cambio en la ideología de los votantes, sino una mutación en su nivel de tolerancia. Ante la severidad de la recesión y la dureza del ajuste económico, el espectáculo permanente pierde su capacidad de seducción y empieza a resonar con una nota amarga.
Hay un fenómeno de espejo inverso en la opinión pública. La misma intolerancia que antes se interpretaba como la firmeza necesaria para romper el statu quo, hoy es reprochada como incapacidad para el diálogo y la construcción de mayorías estables. La grandilocuencia que antes generaba entusiasmo, hoy despierta sospechas de fatuidad. El libertario no cambió sus formas; fue el contexto el que alteró el significado de sus actos.
El desafío de la comunicación presidencial en esta etapa no consiste simplemente en «bajar un tono», sino en comprender que el poder devora el artificio. Cuando el grito deja de asombrar, solo queda el ruido. Y en el delicado equilibrio de la política argentina, el paso que separa lo épico de lo grotesco suele ser trágicamente corto.
