Por Hugo Robles Lama.
El maletín y el humo, crítica a la columna La granja de auras
«Entiendo todo perfectamente, excepto lo que has hecho tú y por qué, y qué piensas hacer ahora y cómo»
Cosecha roja / Dashiell Hammett
Hay una escena célebre en la historia del pensamiento del siglo XX que tiene como protagonista a un hombre exhausto, de mirada tristona y anteojos de marco grueso, arrastrando una valija pesada por los senderos empinados de los Pirineos. Era septiembre de 1940. Walter Benjamin huía de los nazis con un único tesoro a cuestas: un maletín repleto de papeles que, según le dijo a su guía Lisa Fittko, contenía su obra definitiva. Todos sabemos cómo termina esa historia: el bloqueo en la frontera de Portbou, la dosis letal de morfina en el hotelito catalán y el maletín que desaparece para siempre en la bruma de la historia.
Años antes de aquel desenlace trágico, Benjamin había escrito en París un ensayo genial sobre la obra de arte y la pérdida del aura: esa distancia irrepetible, ese peso del ritual y de la historia que envolvía a una pintura o a un objeto único antes de que la tecnología aprendiera a duplicarlo todo. El ensayo de Benjamin es una filigrana deslumbrante. Por eso da un poco de pena encontrarse hoy, en la sección de opinión de cualquier semanario, con artículos pretenciosos que citan al filósofo alemán por puro arribismo cultural sin haberse tomado el trabajo de entender qué estaba diciendo.
El último de esos textos titulado con cierto empaque como La granja de auras es un monumento al malentendido. El columnista de turno decide emprender una cruzada contra los políticos modernos y la jerga de las redes sociales. Nos habla de cómo los candidatos actuales «farmean aura» en TikTok o Twitter mediante troles y autómatas cibernéticos. Para darle empaque a su indignación, el autor intenta enhebrar el modismo millennial con la teoría benjaminiana de 1935, asegurando que estos nuevos personajes buscan «fabricar el aura en serie» para recuperar aquel «aquí y ahora» del que hablaba el filósofo judío-alemán.
El problema es que el columnista mezcla las peras con las manzanas de una forma casi entrañable. Quien haya pasado cinco minutos observando cómo hablan los chicos en internet sabe perfectamente que «farmear aura» o tener «aura» no tiene absolutamente nada que ver con el peso histórico de la experiencia humana ni con la pérdida de la tradición sacra. En la jerga de la Generación Z y del mundo de los videojuegos, el «aura» es simplemente la actitud cool, la presencia, la reputación efímera o el carisma cancha de alguien. «Farmear» no es construir una metafísica de la autenticidad: es acumular puntos de popularidad barata en un marcador virtual. Tratar de explicar a un streamer que acumula likes mediante la teoría estética de Frankfurt es como intentar analizar el meme de un gato bailarín usando la Crítica de la razón pura.
Pero el desatino no se detiene en la sociología de cafetín; se extiende a la historia misma.
Como si esto fuera poco, el artículo tropieza con su propia lógica interna en el remate. En un párrafo nos asegura que los políticos, al verse desnudos de sustancia, deciden conscientemente tomar el atajo industrial y «fabricar el aura en serie» como una refinada estrategia publicitaria. Pero al renglón siguiente nos dice que el fenómeno lo ejecutan autómatas cibernéticos que «falsifican la indignación» mediante bucles vacíos que no representan a nadie. ¿En qué quedamos? ¿El aura la fabrica la astucia del candidato, la ilusión colectiva de la masa o el circuito cerrado de dos mil bots conversando entre sí en un servidor desierto?
Al final, la verdadera paradoja de La granja de auras no es la que denuncia su autor, sino la que él mismo encarna. Al intentar empaquetar un concepto filosófico profundo dentro de un diagnóstico apresurado sobre la política de las redes sociales, el artículo termina cometiendo el mismo pecado que critica: produce un texto de estridencia efímera, desprovisto de densidad cultural y lleno de fuegos artificiales. Una réplica defectuosa que habría hecho sonreír con amargura a aquel viejo caminante de Portbou.
