Por Fabricio Falcucci.
“El terror comienza cuando la sociedad acepta que, frente a una emergencia, algunos derechos pueden esperar.”
El cuento de la criada no trata sobre un futuro imposible. Trata sobre la facilidad con la que una sociedad puede retroceder cuando el miedo consigue hablar en nombre del orden.
La República de Gilead, imaginada por Margaret Atwood y llevada después a la televisión, surge sobre las ruinas de los Estados Unidos. Una crisis ambiental provoca la caída de la natalidad. Un grupo fundamentalista promete restaurar la seguridad, la familia y un supuesto orden natural. La Constitución es suspendida, el Congreso desaparece y los derechos de las mujeres son eliminados.
No ocurre todo al mismo tiempo. Esa es la primera enseñanza política de la serie. Antes de las túnicas rojas, las ceremonias y los cuerpos colgados en el muro hubo medidas administrativas, estados de excepción y ciudadanos convencidos de que las restricciones serían transitorias. Gilead no comienza cuando June se convierte en criada. Comienza cuando la sociedad acepta que, frente a una emergencia, algunos derechos pueden esperar.
Carl Schmitt sostuvo que soberano es quien decide sobre el estado de excepción. En Gilead, una crisis real —la infertilidad— sirve para justificar una respuesta política más peligrosa que el problema que pretendía resolver.
La libertad, la igualdad y la autonomía quedan subordinadas a una necesidad superior. El argumento es conocido: primero hay que salvar a la sociedad; después veremos qué derechos pueden devolverse.
Pero la excepción nunca termina. Lo extraordinario se transforma en normalidad. Bajo el pretexto de proteger la vida, Gilead decide quién puede vivir libremente, quién debe reproducirse y qué cuerpos pueden ser utilizados por el Estado.
El poder autoritario rara vez anuncia que viene a destruir la libertad. Suele decir que llega para salvar algo: la nación, la seguridad, la moral, la familia o la vida.
Michel Foucault explicó que el poder moderno no se limita a prohibir y castigar. También administra la vida, disciplina los cuerpos y regula poblaciones. A esa tecnología política la llamó biopoder.
Gilead representa su versión más extrema. Las mujeres son clasificadas según la función que el régimen les asigna. Las esposas reproducen el prestigio social. Las Marthas sostienen el trabajo doméstico. Las tías disciplinan. Las criadas son reducidas a su capacidad reproductiva.
Nada queda fuera de la administración estatal. La vestimenta identifica, la fertilidad determina el destino y la sexualidad deja de pertenecer a la intimidad. Hasta el nombre es expropiado. Offred no designa una identidad, sino una pertenencia: ella es “de Fred”.
Carole Pateman advirtió que detrás del contrato social moderno existe un contrato sexual silenciado. La igualdad proclamada entre ciudadanos convivió durante siglos con relaciones privadas fundadas en la subordinación femenina. Gilead lleva esa contradicción hasta sus últimas consecuencias. Las criadas son necesarias, pero no libres. Son exaltadas como portadoras de vida mientras se les niega toda decisión sobre ella.
Mientras escribía la novela, publicada en 1985, Atwood se impuso una regla: no incorporaría ninguna forma de sometimiento que no tuviera algún antecedente histórico.
Gilead contiene la huella del puritanismo de Nueva Inglaterra, de los procesos por brujería, de los totalitarismos del siglo XX y de las políticas estatales de control reproductivo. En la Rumania de Nicolae Ceaușescu, el Decreto 770 de 1966 restringió severamente el aborto y el acceso a anticonceptivos con el propósito de aumentar la población. El Estado vigiló embarazos, sometió a mujeres a controles humillantes y convirtió la reproducción en un asunto nacional.
Los regímenes totalitarios comprendieron que controlar una sociedad exigía ingresar en las casas, modificar los vínculos y conseguir que cada persona desconfiara de las demás.
Por eso Gilead tiene “Ojos” en todas partes. Nadie sabe con certeza quién vigila ni quién podría denunciarlo. El “panóptico” de Foucault alcanza así su mayor eficacia. No hace falta observar permanentemente a cada individuo. Basta con instalar la posibilidad de que esté siendo observado para que termine controlándose a sí mismo.
Hannah Arendt mostró que los grandes sistemas criminales no funcionan solamente gracias a monstruos excepcionales. Necesitan funcionarios, administradores y personas ordinarias dispuestas a cumplir su tarea sin preguntarse por sus consecuencias.
Los comandantes de Gilead pueden hablar con cortesía, enamorarse y hasta experimentar remordimientos. Esa humanidad parcial no los vuelve menos responsables. Al contrario, los vuelve más perturbadores. El mal político no siempre necesita odio. Muchas veces le alcanza con la obediencia, la conveniencia y la renuncia a pensar.
También existen mujeres que colaboran con el régimen. Serena Joy y las tías recuerdan que ningún sistema de dominación se sostiene exclusivamente mediante la fuerza. Todo poder duradero ofrece pequeñas cuotas de autoridad a quienes aceptan vigilar a los demás.
Gilead construye una pirámide de privilegios relativos. Cada escalón recibe permiso para humillar al que se encuentra debajo. Así evita que quienes padecen el mismo orden se reconozcan como iguales.
Sería demasiado sencillo interpretar El cuento de la criada como una denuncia contra la religión. Gilead no nace de la fe, sino de su apropiación política. Nada desconocido para el mundo en que vivimos. Los comandantes recortan textos bíblicos y los transforman en normas obligatorias. No buscan la salvación espiritual. Buscan una legitimidad que no pueda ser discutida.
Cuando una decisión política se presenta como mandato divino, disentir deja de ser una diferencia de opinión. Se convierte en pecado, inmoralidad o traición.
La ley deja entonces de organizar la convivencia entre personas diferentes y pasa a imponer una única concepción de la virtud. Dios aparece en las fórmulas, los saludos y las ceremonias, pero está ausente de la compasión. Gilead habla permanentemente de la vida mientras construye una sociedad fundada en el miedo y la muerte.
June recuerda que alguna vez pudo trabajar, leer, disponer de dinero y caminar sin autorización. Esa memoria es su herida, pero también su forma de resistencia.
Quienes nacen dentro de Gilead enfrentan un problema diferente. No recuerdan otra vida. Para ellas, el orden impuesto corre el riesgo de convertirse en naturaleza. Todo régimen aspira a llegar a ese momento: cuando sus instituciones ya no son percibidas como una construcción histórica, sino como la única realidad posible.
Los derechos parecen sólidos mientras existen. Después de cierto tiempo, las sociedades olvidan las luchas que hicieron falta para conquistarlos. Entonces comienzan a considerarlos parte del paisaje.
Ningún derecho se pierde completamente el día en que una ley lo elimina. Empieza a perderse antes, cuando su ejercicio se vuelve sospechoso; cuando un grupo debe justificar por qué merece conservarlo; cuando la igualdad comienza a ser presentada como un exceso y la crueldad se disfraza de sentido común.
El centro de la historia no es solamente lo que le hacen a June, sino su decisión de contarlo. Frente a un régimen que le quitó el nombre, la palabra le permite reconstruir una identidad. Narrar es afirmar que hubo otra vida, que el presente no es natural y que el poder no consiguió apropiarse completamente de su conciencia.
Los totalitarismos buscan dominar también el pasado. Necesitan borrar aquello que permita recordar o imaginar una alternativa. Por eso la memoria constituye una forma de acción política. June resiste cuando escapa y cuando desobedece, pero también cuando recuerda su nombre.
El cuento de la criada nos obliga a preguntarnos cuánto puede retroceder una sociedad que se cree definitivamente democrática. La respuesta no depende únicamente de sus instituciones. Depende de ciudadanos dispuestos a defenderlas antes de que la excepción se convierta en costumbre. De ciudadanos dispuesto a cuestionarse hasta sus propios preceptos y convertirlos en tolerancia y empatía. Estos conceptos huelgan en las sociedades actuales y de ahí el peligro que narra el libro y la serie sea tan latente.
Las democracias no siempre mueren bajo el estruendo de un golpe de Estado. A veces se vacían lentamente, entre discursos razonables, emergencias verdaderas y pequeñas renuncias aceptadas en nombre de un bien mayor.
Gilead queda cerca porque no pertenece al futuro. Sus materiales están dispersos en la historia y, en dosis menores, también en nuestro presente. La túnica roja es apenas el uniforme final. Mucho antes hubo personas convencidas de que aquello nunca podía ocurrir.
